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Educación y era digital

Consecuencias sociales y neurosensoriales, y algunas posibles soluciones

Por Hernán Melana

Imaginen que cada ser humano tiene un compañero que va a su lado y del cual le es imposible separarse. Este ser no tiene corporalidad –en el sentido humano– pero es quien, en los momentos de quietud y de soledad, aparece para llenar el espacio vacío. Cuando surge una incertidumbre, él está presente. Cuando evocamos a alguien, él nos ayuda. Ahora imaginen que esos seres han llegado a la tierra hace tan sólo diez años. Y si bien las personas mayores no pueden encontrarse con ellos con mucha fluidez, los jóvenes los tienen como un aspecto central de su vida: a esos seres los llamamos teléfonos celulares inteligentes.

Han llegado para quedarse y han ocupado un lugar central en las casas, se sientan a la mesa, se acuestan en las camas, van al baño con su humano, tienen espacios propios en los autos y se guardan en las prendas de vestir. Asisten a todos los eventos sociales, tienen preferencia en los recitales, son los más consultados en las vacaciones y capturan los momentos inolvidables, reemplazando a la no siempre confiable memoria humana. Obviamente, concurren a las escuelas.

Allí, desde temprana edad, los seres humanos empiezan a sufrir sus primeros síntomas de abstinencia: ansiedad, imposibilidad de entregar el aparato a un docente, pedir permiso para ir al baño para chequear los mensajes, o simplemente mirar el dispositivo, aunque esté apagado. Hemos entregado a los niños y jóvenes la primera adicción de su vida. La adicción siempre tiende a crecer en sí misma y a ser reemplazada por otra. Hemos dado a los niños acceso a todo tipo de información, de dudosa calidad y moral, y los hemos dejado a la deriva. Pero como los teléfonos celulares han llegado para quedarse, debemos saber con qué nos enfrentamos; la idea no es deshacernos de ellos, sino darles el lugar apropiado: el de una herramienta.

La gran tarea de las familias en cuyo seno viven niños y jóvenes es la de ejercer algún tipo de control o pacto de convivencia frente a la adicción a la tecnología, ya que la extrema fascinación que genera impide socializar de manera adecuada.

Suele suceder que si alguien se acerca a ciertos grupos de jóvenes puede a observar que no tienen grandes temas de conversación más allá de sus entretenimientos en la web: ella se ha vuelto el tema central de sus vidas. Esto empieza a generar entre ellos conflictos de resolución de problemas.

Podemos observar a simple vista cómo las relaciones amorosas entre adultos se han visto afectadas por las redes sociales: hacia el año 2013, según el medio Agencia Europa Press, WhatsApp había causado la ruptura de veintiocho millones de parejas, sobre trescientos millones de usuarios en el mundo, es decir que casi dos de cada diez usuarios (si consideramos las parejas como dos usuarios) había tenido una ruptura amorosa a causa del uso de esa red social. Hoy, esto continúa tanto entre adultos como entre jóvenes. Lo cual nos indica que las redes sociales nos han introducido a un nuevo mundo de relaciones para el cual no estábamos preparados como humanidad. Lo notorio de esto es que les participamos de nuestra vida como si allí hubiesen estado siempre. Ese mismo informe indica que los principales conflictos resultan del doble check y de la vista de última conexión. Es decir, por utilizar las redes como mecanismo de control. Esto nos refleja como sintomatología la falta de confianza en el otro, en el ser amado y posiblemente un problema de autoestima generalizado. Algo similar ocurre entre padres e hijos. Cuando le pregunto a un progenitor por qué ha regalado un celular a un joven (no en tono de reproche, sino en tono de curiosidad estadística) responde: para saber dónde está; o bien, por si le sucede algo; o por si me necesita. Se pueden entender estos argumentos en algunos casos aislados. Pero ¡la juventud sobrevivió miles de años sin teléfono! Este mecanismo de control (que por otra parte no funciona) refleja la inseguridad y falta de confianza en el libre desenvolvimiento del otro, sea menor o adulto. Por lo general es sólo una justificación por parte de los adultos ante el hechizo seductor de la tecnología o la falta de límites para con los niños que hacen un berrinche si no tienen teléfono.

Pero no es sólo el aspecto social el que se ve afectado por el uso intensivo de la tecnología.

Observamos en los jóvenes que el sistema metabólico sufre consecuencias: les cuesta revitalizarse debido a la sobreexposición a estructuras racionales y de impulsos eléctricos que llegan al sistema neurosensorial.

La melatonina es una hormona producida durante la noche por la glándula pineal y esta generación ocurre en la oscuridad, tanto en criaturas diurnas como nocturnas. Es la encargada de promover el estado del sueño. Al revisar el celular caída la noche, el cerebro envía corrientes de luz potente; un mensaje contradictorio que disminuye la secreción de la hormona y, por ende, reduce el cansancio. Esto provoca estrés y falta de atención, tanto como sueño matinal. Además se asocia a los episodios nocturnos llamados parálisis del sueño.

Algo que las facultades de medicina están investigando es la posible afectación de la hormona de crecimiento. Al interrumpirse el ciclo circadiano (ciclo biológico regido por el día y la noche) a causa de la luminosidad de las pantallas, la hormona de crecimiento, que es partícipe de este ciclo, se ve reducida en su actuar, debido al engaño que sufre el organismo al percibir una luz que identifica como la solar.

Sin embargo, la consecuencia más perjudicial es la neuronal, ya que el proceso de aumentar las conexiones sinápticas neuronales empieza en la infancia y continúa durante toda la vida pero empieza a decaer de manera residual hacia la adolescencia. Hay un momento en la infancia en que las conexiones llegan a un máximo, luego empiezan a desaparecer muchas, quedando consolidadas otras, con las que haremos frente a los requerimientos básicos de la vida. Esto se ve claramente en la capacidad de adquirir nuevos idiomas a temprana edad, lo que se va dificultando a medida que las personas tienen más años. Las aplicaciones tecnológicas, el correo electrónico, el procesador de textos, y los buscadores de internet aprenden las preferencias del usuario y las palabras clave que se repiten, para lo que desarrollan esos atajos o macros que conducen a las palabras o frases completas después de pulsar tan sólo dos teclas. A medida que los maleables cerebros jóvenes crean los atajos para acceder a la información, éstos quedan asentados como nuevos caminos neuronales. La cantidad de sinapsis que se producen en el ser humano llega a su nivel superior ya en los primeros años de vida. En el lóbulo frontal la cantidad de sinapsis es máxima alrededor de los dos años. De ahí en adelante los contactos neuronales son podados progresivamente y, en la adolescencia,  las sinapsis se han reducido  en más o menos un 60 %; no obstante hay conexiones prefrontales que, a esta edad, continúan consolidándose (las del auto-control).

La inmensa cantidad de posibles conexiones viables explica la plasticidad del cerebro joven, su maleabilidad y su capacidad de cambio permanente en respuesta a los estímulos que le llegan del entorno. Debemos tener en cuenta que hay neuronas que sólo se activan en “espejamiento” (neuronas espejo) sólo por movimientos biológicos, así como la empatía cognitiva qué sólo se logra con las relaciones interpersonales in situ, no de manera virtual. Esta empatía cognitiva es la que nos hace comprender el pensamiento del otro, entender su posición. Sin ella, la intolerancia se abre paso. En el futuro no tendremos diferencias culturales, tendremos diferencias cerebrales, producto del uso abusivo de las tecnologías.

Depende de nosotros qué será de nuestros jóvenes.

En la actualidad, una persona ve en el lapso de tres o cuatro días, más imágenes que un ser humano hace 100 años en toda su vida. Cuando los jóvenes de nuestro tiempo lleguen a la vejez, habrán visto aproximadamente más imágenes que lo que un hombre hubiera visto en siete mil vidas. Me refiero a imágenes externas, no naturales. Este espacio físico temporal que utilizamos en ver estas imágenes exteriores ¿en dónde se ubica? Seguramente en el espacio físico temporal de las imágenes internas, desplazándolas.

Sin embargo, a pesar del exceso de imágenes, cuando un maestro hace viva su imagen ante un niño, este la recibe con potencia: es agua que convierte en valle el desierto imaginativo. Por eso los docentes deben más que nunca apelar a fuertes imágenes que superen a las que en la noche les ofrecerá la pantalla del teléfono.

El hacer por encima del mero intelectualismo, y el desarrollo del juicio propio, es un camino que puede equilibrar el exceso de racionalismo (empobrecido) que se está desarrollando en nuestra cultura, en donde el alma, vehículo de expresión de lo inherente personal, no tiene posibilidad de enunciarse. Porque sin desarrollo anímico no tendremos desarrollo de capacidades individuales para desplegar y aportar a la sociedad, que tanto lo necesita.

Propiciar encuentros humanos entre jóvenes brindándoles el espacio de participar activamente es el mejor antídoto para esta nueva afección que padece la sociedad. Pero no un encuentro anual, sino muchos. Debemos trascender las aulas. Se hace imprescindible, para contrarrestar la falta de contacto humano. Generar salidas inter grupos, inter escuelas, inter edades, con la cualidad de encuentros en donde se vinculen de manera no demasiado reglada, para que puedan avanzar y re-aprender las relaciones humanas.

De esta manera, aquel compañero incorpóreo que va a nuestro lado, se puede convertir en un amigo confiable a quien podemos recurrir y que tiene un espacio determinado en nuestras vidas.


Hernán Melana es tutor y profesor de Ciencias Sociales de la Escuela El Trigal y profesor del Seminario Pedagogía Waldorf. Actualmente vive en el Valle de Traslasierra, Córdoba, Argentina.



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