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La Serpiente emplumada de Los Angeles

by Daniel A. Olivas

 

Como buenos Mejicanos, sé que vuestros padres les han enseñado que si bien Colon era de Italia, la Corona Española comisionó su viaje al Nuevo Mundo, y así sus tres barcos navegaron bajo bandera española. Y poco tiempo después, llegaron los conquistadores españoles y misioneros con nombres como Hernán Cortés y Fray Bartolomé de las Casas y Alvar Nuñez Cabeza de Vaca y, como ese hijo de puta de Cromwell hizo con los irlandeses, los españoles liberaron al pueblo nativo de sus bárbaras creencias paganas y les dieron el catolicismo. O por lo menos eso creíen los conquistadores y los misioneros españoles.

Porque, como se dice en español, "la zorra mudará los dientes mas no las mientes". Así, aunque los españoles prohibieron los antiguos dioses aztecas, y la gente tuvo que celebrarr su culto en las iglesias, se olvidaron de preguntarles a los dioses si se querían ir. En otras palabras, porque los españoles se olvidaron de sus modales, los viejos dioses aztecas se quedaron por allí, e hicieron todo lo posible para jugar a las travesuras con las vidas de los Mestizos — la nueva gente con cruza de sangre española e india — así los mestizos nunca olvidarían quiénes eran los verdaderos poderes del lugar.

Lo mismo es válido en Irlanda: los antiguos dioses aún alborotan en la noche, o aparecen en una mañana de primavera y hacen travesuras en aquella bella isla verde. Yo lo sé porque cuando era mucho mas joven acampaba por aquella maravillosa isla (me quedaba en Irlanda del Sur porque era demasiado cobarde para enfrentar el tiroteo en el norte) y en mas de una ocasión pude ver las travesuras de los viejos dioses Celtas. Pequeñas cosas, a veces. Como cuando estaba tomando una cerveza en un pub de Galway en la costa oeste -- un lindo vaso de Guinness -- y observé la pared encima del tablero de dardos , y vi una pintura. Era un típico cuadro de los santos patronos de Irlanda: John Fitzgerald Kennedy, su hermano Robert y el Papa. Bueno, justo cuando estaba mirando el cuadro, admirando su calidad, en un abrir y cerrar de ojos el cuadro cambió. Ahora, en vez de John Fitzgerald Kennedy, su hermano Robert y el Papa, ví, claro como el día a John Fitzgerald Kennedy, su hermano Robert y MUHAMMAD ALI! El más grande boxeador que ha subido a un ring! ¡Flota como una mariposa, pica como una abeja!. Miré a mi alrededor y nadie más estaba mirando y quise gritar ¡chingada!, pero me quedé allí con el vaso de Guinness en la mano y la boca abierta. Pero allí estaba, tan claro como una mañana en Arizona, Muhammad Ali, antes el señor Cassius Marcellus Clay, con su sonrisita pícara y mirándome con ese destello que solía tener en los ojos -- antes de enfermarse y comenzar con los temblores -- tú sabes, cuando aparecía en el show de Mike Douglas, y lo molestaba bastante a Mike pues parecía que Mike Douglas no sabía como comportarse con la gente negra. De todos modos, la transformación mágica de aquel cuadro en la pared del pub de Galway, fue la obra de un dios pinche Irlandés.

Bueno, los antiguos dioses aztecas eran igual de malos. No, peores ¡Ay, Dios mío! No me malentiendan. No van a matar o algo así. Pero su idea de una broma puede a veces incluir un poco de dolor físico o emocional. Y no les importa quién será su próxima víctima. Así, cuando vinieron los españoles, los viejos dioses se ocultaron y se escondieron durante el día, pero cuando oscurecía volvían con sus trucos sobre los mestizos y los indios. Aquí es donde comienza mi historia: el dios azteca más enojado era, quién si no Quetzalcoatl. El era el más grande, exactamente igual que Alí, absolutamente el más grande, y él gobernaba a los aztecas y los toltecas con puño de hierro. Su fama continuaba aún en el siglo veinte cuando D.H. Lawrence -- uno de mis escritores favoritos; tu sabes, él está enterrado en Taos, Nueva Méjico -- escribió una novela y la tituló "Quetzalcoatl", pero sus editores tuvieron miedo de que con un título tan extraño el libro no se vendiera y se lo cambiaron por "La serpiente emplumada". Porque eso es lo que Quetzalcoatl es: una serpiente con muchas y bellas plumas alrededor de la cara. El era el dios solar, y como sabes, probablemente el dios más grande que las Américas han conocido.

Ahora Quetzi -- como sus amigos lo llamaban, porque, aceptémoslo, para los mismos dioses "Quetzacoatl" es mucha palabra -- Quetzi era un hijo de puta gruñón porque, y bien, tú también lo serías si fueras un gran dios y después los españoles le dicen a tu gente que adoren a Jesucristo, y lo hacen, pueden creerlo?- lo hacen!. Este Jesús, bramaba Quetzi -- él no requiere sacrificios humanos! Diablos, él se dejó sacrificar él mismo! Que clase de dios hace esto! Y después, encima de todo, otra gente, gente pálida, viene y se apodera del territorio que una vez gobernabas!

Ahora, la mayoría de los dioses aztecas tomaron forma humana, lo mismo que tú harías si estuvieras en su lugar. Dioses con nombres como Huitzilopochtli, Chalchihuitlicue y Tlacahuepan, se transformaron en José, María y Hernán. Observaban a la población humana y encontraron los ejemplares más atractivos que pudieron. A veces juntaban y encajaban distintas partes -- pero eligieron hombres y damas bien parecidos y se transmutaronn en aquella bella gente. Las caras y piernas y brazos mejor parecidos. ¡O, Mama mía! eran los mejicanos mejor parecidos que jamás hayas visto, con piel tan suave y oscura como pulida cerámica indígena, con cabello renegrido que brillaba al sol! Y, a la noche, bien pasada la medianoche, cambiaban a sus formas habituales y volaban a través de México y jugaban sus tretas malignas sobre los pobres desprevenidos mestizos e indios que creían en Jesús.

Pero Quetzi estaba tan enojado que se fue de Tenochtitlán -- tu sabes, Ciudad de México- y vagó sin propósito por casi trescientos años. Finalmente se encaminó al norte hasta que encontró una choza de una pieza, lejos de su hogar en un lugar que con el tiempo se llamaría El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Angeles de la Porciuncula, ahora conocida simplemente como "Los Angeles". Verás, el ya había sufrido mucho una vez y este último insulto era demasiado para soportar. Es una historia dolorosa y lamentable pero tienes que saberla para comprender por qué Quetzi ya no podía vivir en su hogar de Tenochtitlán. Siglos antes de que viniera los españoles, el dios Tezcatlipoca se disfrazó de gran araña velluda y le ofreció a Quetzi su primera experiencia con el pulque que, como seguramente sabrás, es mucho más fuerte que el tequila. Ay! Esa porquería sí que te emborracha! Y a Quetzi le encantó el efecto que le producía el pulque y tomó tanto que, en el calor de la borrachera, se propasó con su hermana, Quetzalpetlatl! ¡Qué vergüenza! Así fue como Quetzi se exiló y se mantuvo errante por el país por muchas generaciones.

Pero este asunto de la conquista española, fue demasiado para digerir para Quetzi. Así, como he dicho, Quetzi dejó Techtitlán, y eventualmente terminó en el viejo Los Angeles, viviendo en una pequeña choza de adobe. Y, para su disgusto, en vez de elegir un bello cuerpo para transmutarse, Quetzi tomó prestada la apariencia de la primer persona que vio después de que los españoles prohibieran la religión azteca.

Lamentablemente, la primera persona en la cual se posaron sus ojos era un borrachín venido a menos, pelado como un mango y con una panza que le colgaba debajo del cinturón. Pero el enojo lo cegaba tanto que no le importó.

De todas formas, un día el pobre Quetzi dejó su choza de adobe para buscar algo para comer. Sí, ahora padecía hambre como todo ser humano. Se encaminó hacia la pequeña choza que pertenecía a esta mujer, una vieja mestiza que comerciaba con cualquiera que quisiera buena comida mexicana y que tuviera algo que ella quisiera. Pero cuando bajaba en cuatro patas sobre algunas rocas para evitar la ruta más larga por el hollado camino de tierra, el estúpido dios azteca se enredó con sus propias piernas y cayó con un PLAF! Justo en los arbustos ralos. Verás, este borracho Quetzi tenía unos enormes pies como Godzilla. Así que era fácil tropezar sólo caminando. Pero bueno, Quetzi tropieza y aterriza fuerte y está atontado y se queda sentado allí unos momentos, tratando de que su cabeza termine de dar vueltas.

De pronto ve a una mujer parada delante de él. Una hermosa mujer! Y por un momento se derritió la amargura y el gruñón que lleva adentro, y por un segundo o dos siente una pequeña alegría en su corazón de roca.

--Quetzacoatl? --pregunta la mujer.

"Maldición!" piensa Quetzi, "Esta hermosa mujer conoce mi nombre!"

--Quetzacoatl? -- pregunta la mujer nuevamente, esta vez con urgencia en la voz.

Antes que pueda contestar, la mujer dice, --Te necesitamos. Te necesitamos ahora!

--Quien? --dice Quetzi, masajeandose sus nalgas mientras se pone de pie con la ayuda de la hermosa mujer.

--Nosotros. Los viejos dioses aztecas. Te necesitamos!

Y en ese momento Quetzi reconoce los ojos de la hermosa mujer. El resto del rostro le era desconocido, pero conocía los ojos de su hermana, Quetzalpetlatl, la que había deshonrado tantos años antes. De pronto sintió enojo y dijo --Vete al diablo --y sacudiéndose el polvo tomó por por el camino de tierra. Pero ella lo siguió.

--Por favor gran Quetzalcoatl! Nuestro modo de vida está siendo amenazado y necesitamos todo el poder de los viejos tiempos para sobrevivir, para ganar! Por favor no te escapes de mí. --De los ojos de la hermosa mujer vertían grandes lágrimas mientras corría al lado de Quetzi.

De pronto Quetzi se detuvo y se volvió hacia la hermosa mujer. Su rostro se enrojeció mientras farfullaba: --¿Dónde estaban mis compañeros y compañeras cuando vinieron los españoles para echarnos? Eh? Dónde?

Quetzalpetatl bajó la mirada, avergonzada: Quetzi continuó: --En ese entonces no lucharon, no? Yo les pedí que lucharen pero ustedes, malditos cobardes sólo se escondieron y dejaron que Jesús y María Y José y todos esos pinches de santos nos reemplazaran! Son unos cobardes! Déjenme! ¿Creen que soy un pendejo? Y con esto, Quetzi comenzó a caminar a paso rápido levantando polvo y piedras.

Quetzalpetatl pensó un momento y, presa del pánico, dijo: --Si ganamos, tu nos puedes volver a gobernar a todos! Lo prometo!

Y esto, mis amigos, hizo que Quetzi se detuviera y pensara. Ah, volver a ser el dios más grande! Podía siquiera recordar como se sentía? Quetzi miró hacia el cielo claro de Los Angeles. Sus ojos se centraron en un halcón que volaba en círculos en el horizonte al este.

Quetzalpetatl vio que su hermano consideraba las posibilidades. Así, para aumentar la apuesta agregó: --Y yo te perdonaré, y ya no tendrás que sentir vergüenza en tu corazón.

¡Que felicidad! penso Quetzi. Lo podré tener todo nuevamente? ¿Será posible? Pero tiene que ser hecho correctamente. Y Quetzi dijo: --Vayamos a conseguir algo de comida, hermana, y a conversar sobre lo que necesitaremos."

Así que fueron a la pequeña choza de la vieja mujer mestiza a buscar algo de comida. La hermana de Quetzi ofreció a la vieja hermosas piedras y a cambio recibió dos platos de madera con pollo en salsa mole y una gran pila de tortillas humeantes envueltas en una toalla húmeda. Encontraron un lugar agradable para sentarse bajo un pino enorme para que Quetzi se enterara de lo que estaba ocurriendo.

La hermana de Quetzi le explicó que el dios cristiano del mal, Satán, había decidido abrir oficina en varias ciudades y pueblos de las Américas. Satán, que era legiones, envió partes de sí a todos los rincones para sentar las bases de una revolución para desplazar a Jesús y gobernar la raza Humana. Pero para derrocar a la cristiandad también tenía que limpiar el lugar de dioses aztecas. Borrar y cuenta nueva quería. Un golpe completo. Y el primer lugar al que iría Satán era el Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Angeles de la Porciuncula. Verán, Satán ama la ironía y qué mejor lugar para comenzar que en un pueblo que lleva el nombre de la madre de Jesús.

Como les dije, Satán es legión y envió a su parte femenina, La Diabla, para organizar la guerra contra los viejos dioses aztecas. La Diabla, según se supo, encontró una pequeña cueva sobre el océano en Malibu y allí hizo sus planes.

--Bien --dijo Quetzi mientras se limpiaba la cara redonda con la manga sucia-- todo lo que tenemos que hacer es matar a La Diabla. ¿Correcto?

Su hermana pensó un momento y dijo --No, a La Diabla no se la puede matar. Pero se la puede debilitar, y darle una buena lección. A La Diabla se la puede seducir. --Cuando dijo esto bajó la mirada y se ruborizó.

--Ah --dijo Quetzi, ignorando a propósito le vergüenza de su hermana--. Debemos ser astutos. --Se rió--. ¿Por qué no utilizamos el truco del pulque que Tezcatlipoca utilizó conmigo hace tantos años y la emborrachamos bien a La Diabla! --Quetzi largó una risotada y después un pedo lo que no le importaba porque después de todo vivió como un ermitaño en su pequeña choza tanto tiempo que sus modales era atroces.

--Quizás --dijo Quetzalpetlatl cubriéndose la nariz lo más disimuladamente posible--. Pero tenemos que ponerte en forma primero.

Quetzi bajó la mirada y se observó, y vio a lo que se refería. Había elegido un pobre ejemplar de forma humana. Pero se sintió necesario nuevamente y dijo: -------Haré todo lo que necesites de mi.

Así comenzó ese día. Quetzalpetlatl fue la entrenadora personal de su hermano. Lo hizo correr y comer pequeñas porciones y levantar grandes piedras bajo el sol del desierto y dejar de tomar alcohol. Y al final de dos meses la panza de Quetzi estaba chata y fuerte y en rostro lucía un bello color tostado y sus brazos y piernas habían desarrollado fuertes músculos. Y, mis amigos, mientras ponían a Quetzi en forma, comenzaron a desarrollar un plan, paso a paso, siempre recordando la sicología de La Diabla.

En su intento de poner en forma a Quetzi, su hermana no pudo hacer nada con su cabeza pelada -- era un pelón total. Pero Quetzi dejó crecer la barba y su hermana le dio forma con un hermoso bigote y barbita de chivo. Luego Quetzalpetatl ayudó a su hermano a encontrar linda ropa para exaltar su nuevo físico. Lo hizo parar delante de un espejo en su pequeña choza y ambos admiraron su poderoso cuerpo. Y la pobre Quetzalpetlatl se avergonzó porque admiraba a su hermano en toda su hombría. Pero se sacudió en su interior dijo: --¡Ya estás listo para seducir a La Diabla y salvarnos!

Como les había dicho, a La Diabla no se la puede matar pero si se puede limitar su poder, y anudarlo. Y le encanta hacer tratos. Es curioso. La Diabla es feroz y malvada pero siempre cumple los tratos. El truco, sin embargo, consiste en seducirla con un trato que se le vuelva en contra y, para hacer esto, hay que confiar en su mayor debilidad: el orgullo. Recuerda, fue el orgullo que condujo a Satán a ser echado del cielo en primer lugar. Y como dicen en América, "no se le pueden enseñar nuevos trucos a un perro viejo." Así concibieron un plan en el cual Quetzi desafiaría a La Diabla a una especie de duelo. Un duelo de dioses. Si La Diabla ganaba, los dioses aztecas dejarían este mundo sin protestar. Pero si Quetzi prevalecía, La Diabla dejaría las Américas para siempre y usaría el resto del mundo como campo de juego.

Pero primero Quetzi tenía que ir a Malibu donde vivía La Diabla. Con regateos, su hermana consiguió un gran semental y una fina montura y Quetzi se preparó para el viaje de veintiséis millas a la costa. Cuando todo estuvo preparado, Quetzalptetlatl ayudó a Quetzi a subir al magnífico caballo. Ella dijo, --Te amo, mi hermano.

--Y yo a ti --respondió Quetzi con orgullo mientras hundía las espuelas en el caballo y enfilaba hacia el oeste.

Ahora bien, los indios Chumash todavía vivían en la costa y, de hecho, la llamaron "umalido" que significa "donde la oleaje es ruidoso" nombre que al final se convirtió en "Malibu". Cuando Quetzi estuvo a pocas millas de la cueva de La Diabla, los Chumash levantaron la vista de su vida cotidiana y vieron con asombro la imponente figura del recién fabricado futuro héroe. Al acercarse al hogar de La Diabla, la nariz de Quetzi se llenó de un hedor a maldad y su caballo se puso espantadizo.

--Vamos, vamos mi belleza --dijo Quetzi con voz tranquilizadora mientras palmeaba el cuello musculoso de su corcel--. Todo va a salir bien. --Y el caballo se fue tranquilizando y continuó su marcha hacia el refugio profano. Cuando llegaron a la entrada de la cueva, Quetzi solo pudo ver una gran oscuridad. Desmontó y sacó un farol del costado de su montura y lo prendió. Lentamente, con precaución por el suelo rocoso, Quetzi entró en la cueva. Caminó, apoyando un pié cuidadosamente enfrente del otro, durante casi una hora. Qué diablos estoy haciendo? pensó. Qué me irá a ocurrir? La oscuridad de la caverna se tragaba casi casi por completo la luz parpadeante del farol. Qué me irá a ocurrir?

De repente Quetzi se detuvo con un ruido de pedregullo bajo las botas. Percibió una presencia aunque no se veía a nadie.

--Qué te hizo tardar tanto? --dijo una mujer invisible.

La piel sobre la cabeza pelada de Quetzi se sacudió de miedo. Aspiró tanto aire como le era posible y dijo, --Soy yo, el gran Quetzacoatl! Sal, para que te vea, Diabla!

Sólo silencio le respondió. ¡Ay, pobre Quetzi! En que se había metido? Pero no llegó ninguna respuesta así que continuó caminando adentrándose más en la cueva. Después de caminar diez minutos se paró y llamó nuevamente: --Soy yo, el gran Quetzalcoatl! Sal para que te vea, Diabla!

Esta vez consiguió lo que deseaba. Sin ningún ruido, La Diabla apareció ante Quetzi. No puedo describirla de otra forma que diciendo que los ojos de Quetzi nunca se habían posado sobre una criatura más bella y seductora. Quetzi no pudo emitir palabra.

--Ah, gran Quetzalcoatl, por favor, ven y comparte un trago conmigo. Me honra estar en presencia de un dios tan importante. --Y con ello apareció ante Quetzi una gran mesa de roble. La mesa crujía con grandes botellas de pulque, enormes canastas de fruta, un lechón asado y muchas otras exquisiteces. Los ojos de Quetzi se centraron en el pulque y se sintió miedo al recordar como había hecho el tonto ante el dios Tezcatlipoca que se había disfrazado de araña y le había ofrecido a Quetzi su primera experiencia con el alcohol. Pero se le hizo agua la boca cuando se recordó la sensación de la bebida en la boca y el maravilloso ardor mientras el líquido se deslizaba por la garganta hasta la panza. Quetzi sacudió la cabeza y cerró los ojos por un momento para sacarse la tentación de la mente.

--No --dijo Quetzi con voz fuerte--. Estoy aquí para ofrecerte un trato."

--No --dijo La Diabla--. Debes aceptar mi hospitalidad y sólo entonces te escucharé."

Así que se sentaron. Quetzi en una punta de la mesa y La Diabla en la otra. Todavía soy un gran dios, pensó, puedo soportar la bebida. No voy a dejar de presentar mi trato. Comieron y bebieron en silencio, ambos observando friamente al otro. Por fin, después de un hora de esto, La Diabla dijo: --¿Bien, cuál es el propósito de esta visita? --Al decir esto, pudo ver que Quetzi se estaba soltando con el pulque. La Diabla sonrió una sonrisa malvada y esperó la respuesta.

¡Ese pobre hijo de su madre Quetzi! No había probado un trago en meses y ahora el pulque debilitaba su poder de decisión y lo hacía pensar en cosas corruptas mientras su mirada envolvía la perfecta y tentadora piel oscura de La Diabla. De nuevo sacudió la cabeza y recordó su noble misión. Quetzi aclaró su garganta de la flema que el pulque suele producir en las gargantas de los hombres y dijo: --No, prefiero escucharte primero.

La Diabla continuó sonriendo. --Bien, magnífico Quetzacoatl, sin duda habrás oído de mi plan de librar a este mundo de los viejos dioses. De otra forma ¿por qué habrías venido aquí?

--Sigue --dijo él.

La Diabla se inclinó hacia delante y comenzó: --Estoy asqueada de los pequeños esfuerzos de tus hermanos y hermanas para mantener su presencia en este país. Son meno que relevantes y no hacen más que causar un bajo nivel de nausea que penetra mi esencia misma.

--Si somos tan poco, ¿por qué te importa? --Quetzi argumentó certeramente, y sacudió la cabeza de un lado a otro para demostrar que todavía estaba al mando.

La Diabla se inclinó aún mas, y la mesa de roble crujió. Sibilante ella dijo: --Porque mientras los mestizos y los indios sepan que aún estan aquí -- y ellos lo saben por las estúpidas bromas que ustedes, los dioses caídos hacen a la noche -- yo no puedo reinar totalmente.

Buena respuesta, pensó Quetzi. Y mientras La Diabla hablaba, Quetzi dejó que su vista bebiera más de su belleza. El corazón le latió fuerte en el pecho y las ingles se le encendieron con el lujurioso ardor de la sangre. ¿Qué debía hacer? ¿Podría abandonar a sus dioses colegas y cerrar un trato para salvarse a sí mismo y quizás acercarse un poco más a esta bella criatura? Se quedó en silencio y dejó que La Diabla continuara.

--Bien, gran Quetzalcoatl, te ofrezco un trato: no te pongas en mi camino y, a cambio, podrás tener un rol bajo mi reinado.

Quetzi pensó por un momento. Desde que los conquistadores llegaran y excluyeran a los dioses aztecas, la suya no había sido vida. Si rechazaba el ofrecimiento de La Diabla y continuaba con su plan de ayudar a sus hermanos y hermanas, quizás podría reinar nuevamente. ¿Y acaso no tenía una deuda con su hermana después que la deshonrara hace tanto? ¿Pero, y qué si fracasaba? Podría ser destruido por esta oscura y poderosa deidad del cristianismo. Quizás se podría salvar a sí mismo y conseguir algo de poder para disfrutar de la vida nuevamente! Quetzi a La Diabla en los ojos. Se podría perder dentro de aquellos ojos. ¡Que se embromen los demás! Qué habían hecho jamás por él? Ni siquiera lo visitaron antes de que este lío comenzara. ¡Que se embromen ellos y su hermana!

--¡Acepto tu trato! --y se tomó otro gran vaso de pulque.

La Diabla se rió y se acrecó a Quetzi y le dijo: --¡Salgamos al mundo exterior y comencemos!

Así dejaron la cálida cueva brazo en brazo y fueron a la costa y permanecieron sobre la arena mirando al este. El cielo de fines de verano, libre de smog, refulgía con un azul que ya no existe y el fresco viento del océano soplaba firme y limpio. La Diabla tocó la manga de Quetzi y en un suspiro estuvieron parados en el Cañón de Santa Ana junto al desierto del noreste. Ella se llevó las manos a la boca y emitió un grito sordo y, en ese mismo segundo, Quetzi vio el verdadero poder de esta diosa. La Diabla soltó un viento caliente que comenzó como mera brisa pero enseguida se transformó en un torrente de calor abrazador. La Diabla sopló y sopló durante exactamente tres horas y Quetzi se quedó allí parado sin poder moverse, porque se sentía intimidado.

Y aquellos tan bellos mejicanos que alguna vez fueron grandes dioses aztecas no pudieron resistir el viento de La Diabla. Se marchitaron y sus formas humanas murieron ne esas tres horas. Sus almas se elevaron a un lugar más allá de la luna, lejos de su hogar terrenal. La Diabla ahora reinaba suprema!

La Diabla respetó el trato con nuestro amigo Quetzi. Lo dejó vivir distintas vidas a través de los siglos para traer su propia clase de miseria a la raza humana. El comenzó como banquero, después gobernador, abogado, productor de cine, editor, asesino de masas, agente literario, plomero, adueño de un equipo de baseball de la liga mayor y ahora mismo, mientras estoy hablando, es el Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Quetzi nunca pudo acercarse mucho a La Diabla, pero su vida sentimantal ha sido agitada y, hasta ahora, Quetzi ha llegado hasta al altar por lo menos una docena de veces.

Y nuestra otra amiga, La Diabla, esta haciendo todo lo posible para estrangular nuestro mundo a su propia manera. Pero debido a su paranoia, y a pesar de haber matado a todos los dioses excepto a Quetzi, ella todavía sopla los vientos de Santa Ana -- los vientos del diablo, como los llamamos hoy -- para asegurarse de que los otrora grandes dioses aztecas no se levanten nunca más.

¿Hay una moraleja en esta historia? Realmente no. Existe un viejo dicho mejicano que dice: Muerto el perro, se acaba la rabia. Pero, mis amigos, les prometo esto: El perro no está muerto. Está viva y bien en un pequeño pueblo llamado El Pueblo de Nuestra Señora la Reina de los Angeles de la Porciuncula.


Traducción del inglés: Donat Hirsch

© 1999 Daniel A. Olivas
olivasdan@aol.com

Daniel A. Olivas is the author of Devil Talk (Bilingual Press, 2004), Assumption and Other Stories (Bilingual Press, 2003), The Courtship of María Rivera Peña (Silver Lake Publishing, 2000), and the children’s book, Benjamin and the Word (Arte Público Press, 2005). His stories, poems, essays and book reviews have appeared in many publications, including the Los Angeles Times, MacGuffin, Exquisite Corpse, THEMA, Tu Ciudad, Southern Cross Review, The Elegant Variation, and The Jewish Journal. He is currently editing an anthology of Los Angeles fiction by Latino/a writers.
Website: http://www.danielolivas.com