Formación práctica del pensar

 

Rudolf Steiner

 

Conferencia dada en Karlsruhe, Alemania el 18 de agosto de 1909

 

 

 

Podría parecer extraño que sea Justamente a antroposofía la que se sienta llamada a hablar de la educación práctica del pensar, puesto que con mucha frecuencia se sustenta la opinión, por quienes no conocen la materia, de que la antroposofía es algo eminentemente impráctico y que nada tiene que ver con la vida.

Tal parecer sólo puede quedar en pie para una observación superficial del tema. En realidad, lo que aquí consideraremos, deberá ser una orientación en la vida diaria; deberá poder convertirse cada momento en sensación, capacitándonos para afrontar la vida con seguridad y para encontrar en ella una posición firme.

Los considerados prácticos se imaginan que obran de acuerdo con los principios sustentados. Examinando más cercanamente se notará, sin embargo, muy a menudo que el llamado "pensar práctico" no es tal, sino un seguir cómodamente en opiniones inculcadas y en hábitos de ello.

Si ustedes observan con objetividad absoluta el pensar de los prácticos y si examinan eso que suele llamarse práctica del pensar, notarán que a veces hay tras ella muy poca práctica genuina; lo que se llama práctica, consiste en haber aprendido: ¿cómo ha pensado un maestro, en su oficio?;¿de qué manera pensó el artífice de tal o cual artículo? y ¿cómo se conduce uno mismo conforme a ello? Y quien piense de otra manera será tomado por hombre impráctico, pues su pensar no concuerda con lo que la tradición ha inculcado.

Mas si realmente fue inventada una cosa práctica, esto en modo alguno fue la obra de un práctico propiamente dicho. Consideremos por ejemplo nuestro sello postal (estampilla). Cuán fácil sería creer que un práctico del servicio postal lo hubiera inventado. Mas no es este el caso. Todavía a principios del siglo pasado, el despacho de una carta era algo muy complicado. Para mandar una carta, era necesario dirigirse a la oficina respectiva donde se depositaban las cartas; allí se consultaban varios libros y el procedimiento implicaba buen número de formalismos. El porte unitario, tal como estamos acostumbrados a tenerlo, apenas sí lleva alrededor de sesenta años de existencia. Y nuestro sello postal, al cual debemos esta comodidad, no es invención de un práctico del servicio postal, sino de un hombre ajeno al correo: el inglés Hill. Después de creado el sello, el ministro en cuya jurisdicción caía el servicio postal, dijo en el parlamento inglés: "En primer lugar, no es de suponer que esa simplificación en realidad redunde en un aumento tan enorme del servicio, como lo describe aquel impráctico Mr. Hill, y segundo, dado por supuesto que así, fuere, el edificio de correos de Londres no sería suficiente para ese servicio". Ni por asomo se le ocurrió a aquel gran práctico que el edificio de correos tuviese que amoldarse al servicio y no el servicio al edificio. No obstante, en un cortísimo lapso, logró imponerse lo que en aquel entonces, hubo de ser defendido por un "impráctico" contra un "práctico"; hoy nos es la cosa más natural que la carta sea despachada con su sello.

Algo similar puede decirse del ferrocarril. Cuando, en 1835, se iba a construir el primer ferrocarril alemán de Nuremberg a Furth, el Colegio Médico de Baviera, consultado al respecto, produjo un informe de peritaje en el sentido de que la construcción de ferrocarriles no era aconsejable; si, a pesar de esto, se intentara construirlo, sería necesario al menos erigir una tapia alta de tablas a ambos lados del trazado, para evitar que los transeúntes acaso sufrieran una conmoción nerviosa o cerebral.

Al proyectarse la línea ferroviaria de Potsdam a Berlín, el intendente general de correos Nagler alegó: "Cada día mando dos diligencias a Potsdam y éstas no van completas; si los señores quieren echar su dinero por la ventana, ¿por qué no lo hacen por vía directa?".

Los hechos reales de la vida siempre sobrepasan a los "prácticos", es decir, a los que se creen prácticos.

Ha de distinguirse entre el pensar verdadero y la así llamada práctica del pensar, la que no es sino un dictaminar de acuerdo con un pensar habitual, enraizado en la costumbre.

Quisiera narrarles una pequeña experiencia que tuve hace tiempo, para tomarla como punto de partida de nuestras reflexiones: en mis años de estudios vino a verme un día un joven compañero, lleno de esa alegría que se observa justamente en personas que han tenido una idea muy brillante y me dijo: "Tengo que ir ahora a visitar al profesor Radinger (que en aquel entonces tenía a su cargo la cátedra de construcción de máquinas en la Universidad), pues acabo de hacer una invención magnífica: Inventé una máquina que rinde una cantidad inmensa de trabajo, mediante la transformación de un mínimo de energía de vapor que se emplea una sola vez".

No pudo decirme más, ya que tenía mucha prisa de ver al profesor. Pero... como no lo encontró, regresó para exponerme toda su teoría. Todo el relato me había olido, desde un principio, a "perpetuum mobile" - pero, en fin, ¿por qué tal cosa habría de ser del todo imposible? - Mas, después de que él me hubiera expuesto todo, tuve que decirle: "Pues, mira, todo está ideado con mucha sagacidad, pero en la práctica es algo comparable a que una persona suba a un vagón de ferrocarril, empuje fuertemente y luego crea que el vagón se mueve a su impulso. Tal es el principio del pensar en tu invento". Se convenció por fin y no ha vuelto a visitar al profesor.

Así puede uno encasillarse, por decirlo así, en su pensar.

En casos muy aislados, este proceso se muestra claramente; pero son muchas las personas que así se ubican en la vida, sin que se lo pueda percibir tan fácilmente como en nuestro ejemplo. Pero aquel que observe más íntimamente las cosas sabe que un gran número de los procesos del pensar humano transcurren así: Ve, por decirlo así, a las personas en los vagones, empujando desde adentro y creyendo que son ellas las que mueven el vagón. Mucho de lo que acontece en la vida sucedería de un modo muy distinto si los hombres no fueran tales productores del movimiento en el vagón.

Una práctica real del pensar presupone la adquisición de la justa actitud y del justo sentimiento frente al pensar. ¿Cómo puede adquirirse la justa posición frente al pensar?

No tendrá el justo sentimiento frente al pensar, quien crea que el pensar es algo que sólo se halla dentro del hombre, en su cabeza o en su alma. Al que tenga tal idea, un sentimiento erróneo lo desviará continuamente de buscar una correcta práctica del pensar, de exigir debidamente su pensar. Quien quiera adquirir el justo sentimiento frente al pensar, deberá decirse:

Si puedo formarme pensamientos sobre las cosas, y si por medio de pensamientos puedo averiguar algo de ellas, los pensamientos deben estar previamente contenidos en las cosas.

Las cosas han de ser construidas según los pensamientos; sólo entonces seré yo capaz de extraer (hacer surgir) los pensamientos también de las cosas.

Es preciso imaginamos que con las cosas del mundo sucede lo mismo que con un reloj. La comparación del organismo con un reloj es utilizada muy a menudo, pero la gente suele olvidar lo más importante: la existencia de un relojero. Hay que tener muy en claro que los engranajes no concurrieron, ni se juntaron por sí mismos para hacer funcionar el reloj, sino que antes ha existido un relojero que ensambló ese reloj. ¡No hay que olvidar al relojero! El reloj se realizó por obra de pensamientos, los pensamientos fluyeron, por decirlo así, al reloj, al objeto.

Asimismo todo cuanto es obra o fenómeno de la naturaleza ha de ser visto de este modo. En lo que es obra del hombre, es fácil visualizarlo; en las obras de la naturaleza, por el contrario, no es tan fácil que el hombre lo advierta; y, no obstante, también aquí se trata de actividades espirituales, y tras ello están seres espirituales. Cuando el hombre reflexiona sobre las cosas, sólo piensa sobre aquello que antes ha sido contenido en ellas.

Recién la fe en que el mundo nació del pensar y que todavía continúa haciéndolo, hará fructificar la verdadera práctica interior del pensar.

Siempre es la incredulidad frente a lo espiritual en el mundo la que provoca la peor "mala práctica" del pensar, incluso en el campo científico. Por ejemplo, si alguien dice:

"Nuestro sistema planetario fue formado así; al principio hubo una nebulosa que empezó a girar, se conglomeró para formar un cuerpo central, de éste se separaron anillos y esferas y así se formó mecánicamente todo el sistema planetario", entonces, él que lo divulga, comete un considerable error del pensar. De una manera bonita esta idea es enseñada a la gente en forma de un lindo experimento se la demuestra en todas las escuelas:

Se pone una gota de aceite en un vaso de agua, se la perfora con una aguja y se hace girar todo el conjunto. Entonces se separan pequeñas gotitas de la gota grande, y así se tiene un sistema planetario en miniatura, y se ha demostrado al alumno - al menos así se cree - que este sistema puede hacerse de una manera puramente mecánica. Sólo un pensar no práctico puede ligar tales deducciones con este bonito experimento, pues el que lo aplica al gran sistema universal, suele olvidar algo que en otras ocasiones quizás sea bueno que se olvide; se olvida a sí mismo, olvida que él mismo ha puesto en rotación todo. Sin su intervención, la gota de aceite nunca se hubiera disociado en gotitas. Si el hombre observara esto y lo aplicara al sistema planetario, sólo entonces habría utilizado un pensar pleno.

Semejantes errores del pensar desempeñan en nuestros tiempos un papel preponderante, sobre todo en la así llamada ciencia. Estas cosas son mucho más importantes de lo que comúnmente se supone.

Para poder hablar de genuina práctica del pensar, es necesario saber que sólo pueden extraerse pensamientos de un mundo que ya los contiene implícitamente. Así como sólo se puede tomar agua de un vaso que realmente la contenga, también los pensamientos sólo pueden ser extraídos de objetos que ya los contienen. El mundo está construido conforme a pensamientos; por esta única razón nos es posible extraer pensamientos de él. Si no fuera así, ninguna práctica del pensar podría realizarse.

Pero si el hombre siente lo aquí enunciado en todo su alcance, fácil será para él elevarse por encima de todo pensar abstracto; si el hombre tiene la confianza plena de que tras las cosas hay pensamientos y que los he6hos reales de la vida transcurren de acuerdo a ellos, cuando tiene este sentimiento le será fácil convertirse a una práctica del pensar que esté construida sobre la realidad. '.

Quisiera exponer ahora algo de aquella práctica del pensar que es particularmente importante para quienes tengan como base la antroposofía: El que esté compenetrado de la idea de que el mundo real transcurre en pensamientos, comprenderá la importancia de cultivar un pensar correcto.

Supongamos que 'alguien diga: "quiero enriquecer mi pensar de tal manera que siempre pueda orientarse correctamente en la vida". Tal persona tendrá que atenerse entonces a lo que se expondrá enseguida, y las indicaciones siguientes han de ser consideradas efectivamente como reglas prácticas, que surtirán determinados efectos si en esfuerzos siempre renovados se aspira a ajustar el pensar a ellas; y el pensar se volverá práctico, aun cuando en un principio no pareciese así hasta se presentarán al pensar otras experiencias muy diferentes, si se llevan a la práctica tales reglas.

Supongamos que alguien intente lo siguiente: observa hoy, cuidadosamente, un proceso en el mundo que le es accesible y que puede observar con mucha exactitud; digamos, por ejemplo, las condiciones atmosféricas. Observa la configuración de las nubes al atardecer, el aspecto del sol al ponerse, etc., y graba en su memoria con toda exactitud la imagen de lo observado. Trata de retener en su mente todos los detalles de esta imagen durante cierto lapso; retiene esta representación cuanto pueda y trata de conservarla hasta el día siguiente. Al día siguiente vuelve a observar aproximadamente a la misma hora, o bien a otra, las condiciones atmosféricas y trata nuevamente de adquirir una imagen exacta de las mismas.

Si de esta manera se forma imágenes fieles de estados sucesivos, comprobará con suma certeza que su pensar va enriqueciéndose interiormente y se intensifica; pues lo que hace impráctico el pensar es que el hombre generalmente tiene demasiada inclinación a no fijarse en los detalles de los procesos consecutivos de este mundo, conformándose con vagas representaciones generalizadas. Lo valioso, lo decisivo, lo que fecunda el pensar, consiste precisamente en formarse imágenes fieles de los procesos sucesivos, y decirse luego: "ayer la situación fue tal, hoy es así", y reproduciendo ante el alma en la forma más imaginativa posible esas dos imágenes que en el mundo real se presentan separadas.

En un principio, esto no es sino una manifestación especial de la confianza en los pensamientos de la realidad.

El hombre no deberá sacar conclusiones inmediatas y deducir de lo que ha observado hoy, las condiciones atmosféricas de mañana.

Esto corrompería su pensar. Deberá más bien tener confianza en que las cosas de la realidad están relacionadas entre sí y que las condiciones de mañana están de algún modo conectadas con las de hoy. No deberá especular sobre ello; deberá más bien representarse en imaginaciones interiores y con la mayor exactitud lo que se le presenta en forma sucesiva, dejando después que estas imágenes coexistan y se compenetren.

Este es un principio más, nacido de la confianza de que las cosas y los acontecimientos llevan en sí mismos una necesidad, y que los mismos hechos contienen la fuerza propulsora. Y lo que allí dentro trabaja, de hoya mañana, son fuerzas del pensar. Si profundizamos en las cosas, adquiriremos conciencia de tales fuerzas; mediante estos ejercicios las tendremos presentes en nuestra conciencia; concordaremos con ellas si se cumple lo que habíamos previsto y tendremos entonces una relación interior con la verdadera actividad pensante del asunto. Así nos acostumbraremos a no pensar arbitrariamente sino de acuerdo a la naturaleza intrínseca de las cosas.

Pero también podemos educar nuestra práctica del pensar en otra orientación. Un acontecimiento que sucede hoy, guarda relación también con lo que ha sucedido ayer. Por ejemplo: Un muchacho se ha portado mal; ¿cuáles podrán ser las causas? De los acontecimientos de hoy nos remontamos a los de ayer, y nos imaginamos las causas que no conocemos. Nos decimos: Creo que lo que sucede hoy se preparó ayer o anteayer por esto o aquello.

Después nos informamos respecto de lo que realmente sucedió, y así reconoceremos si hemos pensado acertadamente.

Si se ha encontrado la causa correcta está bien; si se formó una representación errónea, se tratará de reconocer los errores y de descubrir cómo se ha desarrollado el proceso del pensar y cómo ha transcurrido en la realidad.

Realizar estas reglas básicas es lo que importa: que nos tomemos el tiempo para considerar las cosas tal como si estuviésemos con nuestro pensar dentro de ellas, que 'ahondemos en las cosas, en su actividad pensante interior.

Si hacemos esto, notaremos poco a poco que nos identificamos con las cosas, que ya no tenemos la sensación de que las cosas están fuera y nosotros estamos dentro reflexionando sobre ellas; experimentaremos, por el contrario, una sensación de que nuestro pensar se moviese dentro de las cosas. Quien logre esto en sumo grado, podrá dilucidar muchas cosas. Fue Goethe, un hombre que había alcanzado un alto grado de lo que puede lograrse en ese dominio, un pensador cuyo pensar se movía siempre dentro de las cosas. El psicólogo Heinroth dijo en su libro "Tratado de la Antropología" (Lehrbuch der Anthropologie, 1822) que el pensar goetheano era un pensar "objetivo". Goethe mismo apreció esta denominación.

Heinroth quiso caracterizar con esta denominación una actitud cognoscitiva que no se separa de las cosas (de los "objetos"), que queda dentro de ellas y que se mueve dentro de su necesidad. El pensar de Goethe era a la vez un intuir, su intuición a la vez un pensar.

Goethe ha ido lejos en cuanto al desarrollo del pensar. Así es que más de una vez sucedió que Goethe, al tener la intención de salir de su casa, iba a la ventana y decía al que estuviera presente: "En tres horas va a llover". Y así sucedía. El pequeño segmento del cielo que le era visible por la ventana, le permitía pronosticar lo que sucedería dentro de las próximas horas en las condiciones atmosféricas dadas. Su pensar verdadero y apegado a las cosas lo había capacitado para barruntar lo que, como acontecimiento posterior, se estaba preparando en el precedente.

De hecho, mediante un pensar práctico se puede lograr mucho más que lo que comúnmente se supone. El que posea todo lo que fue descrito como reglas para el pensar, comprobará que el pensar se vuelve notoriamente práctico, que la visión se amplía y que las cosas del mundo se conciben mejor que antes. Poco a poco el hombre adoptará una actitud completamente nueva frente a las cosas, y aún frente a los hombres.

Es un proceso real que se desarrolla en él, transformando toda su conducta. Que el hombre trate realmente de identificarse con las cosas mediante su pensar, puede tener una enorme importancia, puesto que la ejecución de tales ejercicios es un principio eminentemente práctico para el pensar.

Hay otro ejercicio que deberían practicar especialmente aquellas personas a quienes no se les ocurre lo oportuno en el momento dado. Lo que tales personas deberían hacer, consiste sobre todo en evitar pensar abandonándose en cada momento a lo que les fluye del mundo accidentalmente, a lo que las cosas traen consigo. Sabemos de sobra que el hombre, al ofrecérsele alguna oportunidad para recostarse por media hora a descansar, suele dar rienda suelta a sus pensamientos, perdiéndose en detalles. O quizás tenga esta u otra preocupación que se introduce súbitamente en su conciencia y se apodera completamente de él. Una persona que así actúa nunca tendrá la idea acertada en el momento oportuno. Para alcanzarla tendrá que proceder como sigue: Al tener media hora para descansar, se dirá a sí mismo: Cada vez que tenga tiempo pensaré sobre algo que yo mismo elija, que yo mismo introduzca intencionalmente en mi conciencia.

Ahora, por ejemplo, reflexionaré sobre algo que quizás me sucedió en el pasado, digamos, en un paseo hace dos años; introduciré intencionalmente en mi pensar mis vivencias de aquel entonces y reflexionaré sobre ellas aunque sólo sea por cinco minutos. ¡Haré abstracción de todo lo demás, durante estos cinco minutos! Yo mismo elegiré sobre lo que quiero pensar o reflexionar. Ni siquiera es necesario que la selección sea tan complicada como en el caso antedicho. Lo que importa no es tanto influenciar el proceso del pensar con ejercicios difíciles, sino esforzarse en salir de la rutina, del acontecer diario. Aquel sin ideas y falto de imaginación, puede ayudarse con una lectura y reflexionando sobre lo que lea a primera vista, o bien puede uno pensar: Reflexionaré hoy sobre lo que vi cuando fui a mi oficina a determinada hora de la mañana y que, de lo contrario, hubiera desatendido. Debe tomarse algo distinto del devenir diario y sobre lo que en otras ocasiones no se hubiera reflexionado.

Si tales ejercicios se repiten siempre sistemáticamente una y otra vez, se comprobará que las ideas acudirán en el momento oportuno y que los verdaderos pensamientos surgen en el momento necesario. Así el pensar adquirirá una flexibilidad que resultará sumamente significativa para la vida práctica del hombre. Hay otro ejercicio que es especialmente apropiado para actuar sobre la memoria.

Comiéncese por recordar un acontecimiento cualquiera, digamos de ayer, de la manera ordinaria en que nuestros recuerdos se suelen presentar. Por lo común los recuerdos de los hombres son vagos; generalmente estamos contentos si tan sólo recordamos el nombre de la persona que encontramos ayer. Mas si queremos cultivar nuestra memoria no basta contentarnos con ello. Tenemos que tener en claro que sistemáticamente debemos practicar el siguiente ejercicio:

Nos diremos: "Recordaré muy exactamente a la persona que he visto ayer, en qué esquina la he visto y qué más había en torno suyo. Evocaré nuevamente esta imagen y me representaré con toda exactitud su saco e incluso su chaleco". La mayoría de las personas notarán que no lo pueden hacer, que no les es posible. Se darán cuenta de cuánto les falta para llegar a una representación realmente pictórica de lo que ayer les sucedió, de lo que ayer experimentaron.

Tenemos que tomar como punto de partida aquellos casos, que son la gran mayoría, en que el hombre no es capaz de evocar en su memoria lo que ha experimentado ayer. En verdad la observación humana es sumamente inexacta. El experimento de un profesor universitario con sus oyentes demostró que sólo dos de los treinta presentes habían observado bien determinada escena; los demás veintiocho habían observado mal.

Pero una buena memoria es la hija de una observación fiel. Para desarrollar la memoria es por lo tanto necesario observar exactamente. Una buena memoria se conquista por medio de la observación fiel; pasando por un cierto proceso anímico nace la memoria fiel como hija de la buena observación. Si en un principio uno no puede recordar exactamente lo que ha experimentado ayer, ¿qué es lo que se hace entonces?

Comiéncese por recordar lo más exactamente posible, y donde falle la memoria trátese de representar algo equivocado, pero sin dejar de completar el todo. Supongamos que ustedes hayan olvidado si una persona que encontraron vestía traje marrón o negro. Imagínense entonces que vestía saco marrón y pantalón marrón; que lucía tales o cuales botones en su chaleco; que la corbata era de color amarillo y allí la situación era tal que la pared era amarilla, a la izquierda pasaba un hombre alto, a la derecha uno pequeño, etc. Lo que se recuerda se pone en el cuadro, y sólo aquello que no se recuerda será completado, para obtener en la mente un cuadro íntegro. Es cierto que así la imagen será inexacta pero por el esfuerzo de llegar a un cuadro completo se verán ustedes estimulados para observar en adelante con mayor exactitud y habrán ustedes de continuar la práctica de tales ejercicios. Si lo han hecho cincuenta veces, entonces la quincuagésima primera vez sabrán con toda exactitud cómo se veía la persona que encontraron, qué traje vestía; recordarán todo, incluso los botones del chaleco. No escapará ya nada a su observación y todo detalle se grabará en su memoria.

Así habrán empezado ustedes a agudizar su sentido de observación mediante los ejercicios y habrán obtenido después, como producto del sentido de observación, un mejoramiento en la confiabilidad de la memoria.

Especialmente debe tratarse de no sólo retener el nombre y algunos rasgos generales de la cosa o persona por recordar, sino esforzarse en obtener una representación pictórica que abarque todos los detalles, y si algún detalle escapa a la memoria se intentará completar el cuadro para que forme una totalidad. Veremos que de esta manera aparentemente indirecta, nuestra memoria se vuelve cada vez más fiel.

Vemos pues, que es posible señalar un manejo sencillo a través del cual el hombre convierte su pensar en algo cada vez más práctico.

Muy importante es lo siguiente: Al reflexionar sobre algo el hombre siente cierto anhelo por alcanzar un resultado. Medita cómo tiene que hacer esto o aquello, y llega a este o aquel resultado. Es este un deseo muy comprensible; mas no es lo que conduce al pensar práctico. Toda precipitación en el pensar no nos hace prósperos, sino que nos retarda. En estos asuntos es absolutamente esencial la paciencia.

Por ejemplo: Debe ejecutarse este o aquel trabajo. Existe este o aquel método para llevarlo a cabo. Téngase ahora la paciencia de figurarse qué sucedería al ejecutarlo de una manera, e imagínese también cómo resultaría según la otra.

Seguramente que siempre existirán motivos para preferir uno u otro método. Pero ahora, absténgase de tomar una resolución inmediata; esfuércese en imaginarse las dos posibilidades y en decirse luego: "¡Basta por ahora!, dejo de reflexionar sobre el asunto".

Habrá personas que aquí se pondrán impacientes y les será difícil dominar su impaciencia. Es extremadamente útil dominarla y decirse: "Se puede hacer de esta manera o de aquella, pero me abstengo de pensar en esto durante cierto tiempo". Postergue la acción hasta el día siguiente, si es posible, y considérense de nuevo las dos posibilidades. Se comprobará que las cosas habrán cambiado entretanto y que la resolución se tomará de un modo distinto, o al menos con mejor fundamento que si la hubiéramos decidido el día anterior. Las cosas llevan una necesidad inmanente, y si nosotros no actuamos con impaciencia y terquedad, sino que permitimos que esa necesidad inmanente opere en nosotros ¡y seguro que lo hará! entonces ella habrá enriquecido nuestro pensar hasta el otro día y nos facilitará una resolución más adecuada. ¡Esto es de suma utilidad!

Si, por ejemplo, le piden un consejo sobre esto o aquello que ha de ser resuelto: tenga la paciencia de no manifestar su decisión de inmediato, sino de considerar en primer término varias posibilidades. No tome una conclusión inmediata, sino tranquilamente permita que las posibilidades actúen libremente.

Con razón dice el proverbio popular que antes de resolver una cosa, debe ser consultada con la almohada.

De cualquier manera esto no es suficiente. Es necesario tomar en consideración dos o aún más posibilidades, las cuales seguirán obrando en uno, en ausencia, por decirlo así, del Yo consciente. Más tarde se volverá sobre el asunto. Se verá que de esta manera se activarán fuerzas inmanente s del pensar, volviéndose éste cada vez más práctico y adecuado a la realidad.

Es así que dondequiera se desempeñe el hombre en el mundo, ya sea que trabaje en el banco de carpintero o con el arado, o que ejerza una de las profesiones: si practica estas reglas, siempre será un pensador práctico aún sobre las cosas más comunes de la vida cotidiana. Ejercitándose así, emprenderá y considerará las cosas del mundo de un modo distinto. Y por muy íntimos que parezcan estos ejercicios en un principio, servirán precisamente para el mundo externo; encierran el mayor significado justamente para este mundo exterior, y tendrán consecuencias decisivas.

Les mostraré con un ejemplo cuán necesario es pensar sobre las cosas de un modo verdaderamente práctico: Alguien trepó a un árbol efectuando algo allí arriba. Cae del árbol, da en el suelo y queda muerto. Ahora bien, es fácil pensar que murió por la caída. Se dirá que la caída fue la causa y la muerte, el efecto. Parece existir una correlación entre la causa y el efecto.

Ahora bien, aquí pueden ocurrir conclusiones erróneas. Puede ser que aquel hombre haya sufrido allá arriba un paro cardíaco y que se haya caído como consecuencia de éste. El resultado final es absolutamente idéntico que si se hubiera caído vivo; pasó por los mismos sucesos que realmente hubieran podido ser la causa de su muerte. Así es posible confundir radicalmente causa y efecto.

Aquí se trata de un ejemplo evidente; pero a menudo hay casos donde es menos palpable en qué se ha errado. Tales errores del pensar se dan con una frecuencia constante e incluso tenemos que decir que en la ciencia moderna día a día se establecen juicios que efectivamente confunden causa y efecto tal como se ha descrito. Pero la gente no lo comprende, ya que no toma en cuenta la posibilidad de pensar.

Para ilustrarles sobre cómo ocurren tales errores del pensar, quisiera darles un ejemplo más, el cual a la vez les demostrará que quien haya practicado los ejercicios aquí señalados ya no podrá incurrir en estos errores. Supongan ustedes lo siguiente: Un sabio afirma que el hombre, tal como hoy se nos presenta, desciende del mono; él dice: lo que conozco del mono, las facultades del mono, se perfeccionan, dando por producto el hombre. -Ahora, para exponer la importancia del pensamiento sobre este caso, partamos de la siguiente premisa: Imaginémonos que el hombre que debiera enunciar esa conclusión, se viera completamente solo en esta Tierra por una circunstancia cualquiera. Además de él, sólo están presentes aquellos monos, de los cuales, según su teoría, puede nacer el hombre. Estudia estos monos con toda exactitud y se forma, bien detalladamente, un concepto de todo cuanto haya en el mono. Y ahora tratará de hacer surgir de su concepto del mono, el concepto del hombre, sin haber visto nunca en su vida un hombre. Verá que nunca lo logrará: Su concepto "mono" nunca se metamorfoseará en el concepto hombre.

Si cultivara hábitos de pensar correctos, debería decir: "Mi concepto del mono no se concibe para una transformación que hiciese surgir del concepto mono el concepto del hombre; luego, aquello que veo en el mono no puede metamorfosearse en hombre; pues, de lo contrario, mi concepto también debería transformarse. Por lo tanto, entra en juego un factor que no puedo ver". Ese hombre debería pues, percibir algo invisible suprasensible tras el mono físico, algo de lo que no se puede percatar y que podría conducir hacia el hombre.

No entramos aquí en la imposibilidad del caso, sino que nos limitaremos a señalar el error del pensar que domina aquella teoría. Si el hombre pensara correctamente, se vería llevado a admitir que no es correcto pensar de la manera caracterizada sin presuponer algo suprasensible. Si ustedes reflexionan sobre el asunto, descubrirán que una cierta cantidad de hombres ha cometido, en este punto, un excesivo error del pensar. Estos errores los evitará quien ejercite su pensar de acuerdo con el método señalado.

Para quien sepa pensar correctamente, gran parte de nuestra literatura contemporánea, (sobre todo del dominio de las ciencias naturales) será, por tales pensamientos increíbles y erróneos, una fuente de efectos que hasta provocan dolor físico al leerlos. Con ello en absoluto criticamos el inmenso tesoro de observaciones obtenidas por estas ciencias naturales y sus métodos objetivos.

Ahora consideraremos lo que se relaciona con la estrechez de miras del pensar. Por lo común, el hombre efectivamente no sabe que su pensar no es muy adecuado a la realidad, sino que en la mayor parte sólo es un resultado de hábitos del pensar. De allí que quien comprenda plenamente el mundo y la vida, formará juicios muy distintos de quien no la comprenda en su plenitud, como por ejemplo el pensador materialista. No es fácil convencer a tal persona mediante razones, por sólidas y buenas que fueren. Tratar de convencer a quien conoce poco de la vida, es un esfuerzo estéril, ya que aquél no podrá apreciar las razones que conducen a esta o aquella afirmación. Si por ejemplo se ha acostumbrado a considerar sólo la materia en todo, quedará pues, apegado a este hábito del pensar.

Por lo general, hoy en día no son las razones lo que lleva a una persona a tal o cual afirmación, sino que detrás de las razones están los hábitos del pensar adquiridos, que influencian todo su sentir y su vida emocional. Cuando alega razones, sólo ocurre que la máscara de su pensar habitual se antepone a su sentir y a su vida emocional. Es así que a menudo no sólo el deseo es el padre del pensamiento, sino que todos los sentimientos y hábitos del pensar son los autores de los pensamientos. El que conoce la vida sabe con cuán poca probabilidad se puede convencer a alguien con razones lógicas, ya que aquí resultan decisivos ciertos factores que residen más en lo profundo del alma que las razones lógicas.

Existen pues, buenas razones para la existencia de nuestro movimiento antroposófico y para el estudio en sus grupos y ramas. Cada cual notará que, por haber colaborado durante cierto período en este movimiento, habrá asimilado un pensar, un sentir y una sensibilidad nuevos; pues por el trabajo en nuestras ramas uno no sólo se ocupa de encontrar las razones lógicas de algo, sino que adquiere un sentir y un percibir más amplios.

Cómo se burlaba acaso, hace algunos años, un hombre que por vez primera asistiera a una conferencia sobre la ciencia espiritual... y hoy, cuántas cosas que poco tiempo atrás quizás hubiera considerado como extremadamente absurdas le son evidentes y transparentes. Al trabajar en el movimiento antroposófico no sólo transformamos nuestros pensamientos, sino que aprendemos a llevar nuestra alma toda a una perspectiva más amplia.

Tenemos que tener en claro que los matices de nuestros pensamientos surgen de regiones mucho más profundas de lo que comúnmente se supone. Ciertas emociones, ciertos sentimientos, son los que nos impelen a una opinión. Las razones lógicas son a menudo una mera cobertura para los más profundos sentimientos, emociones y hábitos del pensar.

Para llegar a considerar importantes las razones lógicas es necesario aprender a amar la lógica como tal. Recién cuando se aprenda a amar la objetividad, las razones lógicas serán decisivas. Paulatinamente se aprende a pensar objetivamente, sin dejarse influir por la predilección por este o aquel pensamiento, la visión se ampliará y el hombre se volverá práctico; práctico no en el sentido de que sólo siga juzgando por métodos trillados, sino en el sentido de aprender a pensar a partir del objeto mismo.

La verdadera práctica es el producto del pensar objetivo; del pensar que fluye de las cosas mismas. Recién aprendemos a dejarnos estimular por las cosas cuando practicamos estos ejercicios con cosas sanas, como aquellas en las que la cultura humana participa lo menos posible y que no están alteradas los objetos de la naturaleza.

Ejercitamos con los objetos de la naturaleza, tal como hoy lo hemos descrito, es lo que nos conduce a ser pensadores prácticos. Esto es verdaderamente práctico. La ocupación más corriente de la vida cotidiana será encarada de manera práctica si cultivamos el elemento básico: el pensar. Al ejercitar el alma humana, tal como ha sido trazado, damos al pensar una orientación práctica.

El fruto del movimiento de la ciencia espiritual ha de consistir en realmente ubicar a personas prácticas en el mundo. No es tan importante que el hombre considere cierto esto o aquello, sino que llegue a una visión plena de las cosas. El modo en que la antroposofía penetra en nosotros para ampliar nuestra actividad anímica y nuestra mirada, es mucho más importante que seguir teorizando acerca de lo espiritual más allá de las cosas exteriores. En este sentido la antroposofía es algo realmente práctica. Una misión importante del movimiento antroposófico es que a través del mismo el pensar humano comience a moverse, a ser educado de manera que el hombre piense que el espíritu está detrás de las cosas.

Si el movimiento antroposófico genera este modo de pensar establecerá una cultura de la que ya nunca surgirá semejante pensar que para mover el vagón, la gente quiera empujar desde adentro.

Este pensar fluirá por sí mismo dentro del alma. Si el alma ha aprendido a pensar sobre los grandes hechos de la vida también pensará correctamente acerca de la cuchara sopera. Y los hombres se volverán más prácticos no sólo respecto a la cuchara sopera; también aprenderán a clavar un clavo y colgar un cuadro en una forma más práctica que antes.

Es de suma importancia que aprendamos a considerar la vida anímico-espiritual como un todo, y a través de tal forma de ver, aprendamos a hacer las cosas de una manera cada vez más práctica.


Revisación de la versión castellana: Elisabeth Schellhammer