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La libertad y la Iglesia Católica


La Inmaculada Concepción - Bartolomé Murillo

por Rudolf Steiner

Conferencia 2 de 3 para los miembros de la Sociedad Antroposófica

Dornach, Suiza, 6 de junio de 1920 – GA 198



Es mi intención hoy continuar con el tema que comenzamos aquí el domingo pasado y me gustaría, en primer lugar, volver sobre las palabras que dije en esa oportunidad con respecto al Juramento anti modernista. Me referí a su naturaleza diciendo que, desde que fue instituido, cualquiera que desempeñe una función docente dentro de la Iglesia Católica Romana, ya sea como teólogo o predicador, tiene que hacer este juramento que prohíbe a cualquiera que se dedique a la enseñanza del catolicismo desviarse de lo que la Iglesia Católica Romana reconoce como verdad dogmática –esto significa, en realidad, lo que la Curia Romana reconoce como dogma.

Ahora bien, ante este hecho la pregunta importante que uno debe hacerse es: ¿Qué hay, en verdad, de nuevo en este Juramento anti modernista?

No hay nada nuevo en la adhesión de un predicador o de un teólogo católico a las doctrinas de la Iglesia Católica Romana; por favor, que esto quede en claro. Lo que es nuevo es que la persona en cuestión tiene que jurar su adhesión a la doctrina de la Iglesia. Quiero que tengan esto en claro primero y que luego lo vean en relación con el hecho de que ha habido una prodigiosa acumulación de acontecimientos históricos en la Iglesia Católica Romana durante los últimos cincuenta años. Comenzó con la definición del Dogma de la Inmaculada Concepción; luego se dio un nuevo paso extraordinario, sutil e ingenioso, con la Encíclica y el Syllabus de los años sesenta, en los cuales el Papa Pío IX, en sus ochenta Artículos, declaró herético a todo el pensamiento moderno. Encima de eso vino luego la definición del Dogma de Infalibilidad, nuevamente un avance muy importante y extraordinariamente hábil y sutil. El siguiente paso, sumamente lógico, fue la Encíclica “Acterni Patris”, que declaró a la doctrina de Tomás de Aquino doctrina oficial de la Iglesia Católica Romana. La culminación de toda esta estructura es, por el momento, este juramento contra el modernismo, que, de hecho, no es nada más que la transferencia de algo que siempre estuvo presente de manera intelectual a la esfera de la emoción humana, a la esfera de la voluntad y a la del sentimiento. Aquello que siempre debía ser reconocido, ahora, desde el año 1907, tiene también que ser aceptado bajo juramento.

Cualquiera que comprenda este acontecimiento grandioso y drástico seguramente no subestimará su importancia, pues revela la única conciencia despierta dentro de nuestra dormida civilización. Me interesaría saber cuántos sintieron como si los hubiese picado una víbora al leer cierta oración en el último número del “Basler Vorwarts”, que ilumina como con un relámpago toda la situación actual. ¡Realmente me gustaría saber cuántos sintieron como si los hubiera picado una víbora al leer esto! La oración dice: “La religión, que representa un fantástico reflejo de las mentes de los seres humanos en lo que respecta a sus relaciones entre sí y con la naturaleza, está condenada a la descomposición natural a través del victorioso desarrollo de la comprensión científica, clara y naturalista de la realidad que con seguridad se ha de producir paralelamente con el establecimiento de una sociedad planificada.” Esta oración se encuentra en un artículo que todavía no ha aparecido en su totalidad, sino que aún debe ser concluido. Se encuentra en un artículo sobre las medidas tomadas por Lenin y Trotsky contra la Iglesia Católica rusa y las comunidades religiosas rusas en general. Este artículo es al mismo tiempo indicación de lo que se considera como programa para el futuro aquí.

Sabemos con certeza que el número de opositores a Lenin que se sienten como picados por una víbora al leer tal oración es muy pequeño. Quiero enfatizar esto como algo que no carece de importancia, porque revela en qué medida la humanidad actual pasa las cosas por alto, dormida por lo común – cómo pasa por alto los hechos de mayor peso, hechos que son decisivos para la vida de la humanidad sobre esta tierra. No es, por supuesto, una cuestión de una única oración como esta; el punto es que en ciertos ámbitos se ocuparán de que el contenido de lo que en ella se expresa sea conocido en todo el mundo, que en los más amplios círculos de la población europea surja una visión que se puede expresar de la siguiente manera: “La religión, que representa un fantástico reflejo de las mentes de los seres humanos en lo que respecta a sus relaciones entre sí y con la naturaleza, está condenada a la descomposición natural.” La así llamada humanidad “ilustrada” de la actualidad está aún profundamente dormida ante el hecho de que tal visión se aproxime. Pero la Iglesia Católica Romana está despierta; es, en realidad, la única que está despierta y está trabajando sistemáticamente contra la tormenta que se aproxima. Trabaja contra ella a su propia manera. Y es muy importante que entendamos esa manera, pues he hablado mucho sobre los ataques que se están pergeñando desde ese ámbito contra todo aquello que nosotros debemos defender. Entretanto se aproximan los nubarrones. El más reciente es que la empresa encargada de la cartelería tuvo que notificarnos que al hombre que esta mañana tenía que poner en Reinach los afiches anunciando la conferencia del sábado se los quitaron y los quemaron. Como ven, las cosas se están poniendo peor, hasta aquí se están poniendo sistemáticamente peor.

Lo que escribió un hombre que con frecuencia se esconde tras los arbustos y se llama a sí mismo “Spectator” –una sarta de puras mentiras; la última vez les conté sobre las más graves –ahora se esparce por toda la prensa católica romana, y esta quema de nuestros carteles realmente nos saca totalmente de los tiempos modernos y nos lleva hacia atrás.

Ahora bien, ya he planteado la cuestión de por qué el clero de la Iglesia Católica Romana en la actualidad debe hacer un juramento de aceptación de algo que ya estaban comprometidos a sostener. Nadie ha de negar que la obligatoriedad de dicho juramento aumenta el control externo en el asunto. Ni tampoco se ha de negar que si se considera necesario obligar a las personas a hacer este juramento, la presunción es que sin tal juramento ya no continuarían con la misma firmeza. Pero, desde luego, hay aún un tercer punto, que sería conveniente considerar. ¿No ha de estar ya en cierta medida rota la confianza en algo si es que hay que jurar sobre ello? ¿Es posible aplicar un juramento con respecto a la verdad? ¿Existe tal posibilidad? ¿No es forzoso suponer que la verdad por su propia fuerza intrínseca es su propia garantía en el alma humana? Quizás no sea tan importante preguntarnos sin un juramento es moral o bueno o útil; quizás sea mucho más importante históricamente preguntarnos si se ha vuelto necesario, y en ese caso, ¿por qué?

En vista de este juramento, hay algo más que es ahora necesario. Es necesario que cierto número de seres humanos sientan cómo sin la ciencia espiritual Europa se verá inevitablemente afectada por las consecuencias de la mentalidad expresada en las palabras “La religión, que representa un fantástico reflejo de las mentes de los seres humanos en lo que respecta a sus relaciones entre sí y con la naturaleza, está condenada a la descomposición natural a través del victorioso desarrollo de la comprensión científica, clara y naturalista, de la realidad que con seguridad se ha de producir paralelamente con el establecimiento de una sociedad planificada.”

¿Qué es lo que ha de causar la descomposición de todas las viejas religiones? Todo lo que ha surgido durante los últimos tres o cuatro siglos como ciencia moderna, ciencia ilustrada – todo lo que se enseña como ciencia objetiva en las instituciones educativas de la humanidad civilizada. La enseñanza burguesa y los métodos burgueses de administración han sido adoptados por el proletariado. Lo que los profesores de las universidades y los colegios secundarios e incluso hasta los de las escuelas primarias han vertido en las almas de la gente, se deja ver en Lenin y en Trotsky. Ellos no aportan otra cosa que lo que ya se enseña en las instituciones de la humanidad civilizada.

Existe hoy una antítesis que se debe considerar sin prejuicios. Es la siguiente. ¿Qué ha de hacerse para impedir que la influencia de Lenin y Trotsky se expanda por todo el mundo civilizado? La primera necesidad es no permitir más que se les enseñe a nuestros niños y a nuestros jóvenes lo que se viene enseñando incluso en el siglo XX en nuestras universidades y en nuestras escuelas secundarias y primarias. Para entender esta aparente contradicción se requiere coraje y, porque no quiere tener tal coraje, la gente duerme. Por eso hay que decir que quien lea una declaración como la que acabo de citar, aunque se trate sólo de unas pocas líneas en un artículo, debe sentirse como picado por una víbora; pues es como si la situación de la civilización actual, en su totalidad, fuera iluminada por un relámpago.

Enfrentada con esta situación, ¿qué se propone hacer la ciencia espiritual? Voy a caracterizar lo que se propone la ciencia espiritual de la siguiente manera. La Iglesia Católica Romana, como poderosa corporación, representa los últimos restos marchitos de la civilización de la cuarta época post-atlante [la época greco-romana] Se puede probar con todo detalle que la Iglesia Católica Romana representa el último vestigio de lo que constituía la civilización adecuada para la cuarta época post-atlante, lo que se justificaba hasta incluso el siglo XV, pero que ahora se ha vuelto una sombra. Desde luego, los productos de una evolución posterior a menudo anuncian su arribo en un período anterior, y los productos de épocas anteriores perduran en una época posterior; pero, en lo fundamental, la Iglesia Católica Romana representa lo que era justificable para Europa y sus colonias hasta mediados del siglo XV.

En cambio, la ciencia espiritual según la entendemos tiene que favorecer las necesidades de la quinta civilización post-atlante. La Iglesia Católica Romana, como estructura independiente que está muerta pero que aún existe como cadáver, representa en una serie de dogmas algo que se sostiene internamente por medio de una lógica bien construida, una lógica de la realidad. En esta estructura hay espíritu, el espíritu de una época pasada, pero espíritu al fin. De qué manera el espíritu está contenido en ella, lo he explicado, creo, en las conferencias que di aquí sobre Santo Tomás de Aquino. Había espíritu en estas enseñanzas, en estos dogmas de la Iglesia Católica Romana, un espíritu que había sido percibido por aquellos grandes entre cuyos representantes más lejanos encontramos a Plotino, y con el que San Agustín había aún de luchar de manera interesante.

Desde mediados del siglo XV, lo que ha aparecido como filosofía, ciencia, opinión pública, cosmovisión, aparte de la Iglesia Católica Romana, está, en su mayor parte, desprovisto de espíritu. Pues el espíritu de la quinta época post-atlante sólo comienza a emerger con principios tales como los de Lessing y Goethe. Y quiere penetrar en lo que la tendencia científico-natural inaugurada por Copérnico pudo producir sin espíritu, y de lo que Darwin, Huxley y otros han eliminado el último vestigio de espíritu. Quiere penetrar en eso y llenarlo de espíritu. Y la ciencia espiritual quiere poner de manifiesto el espíritu, el cual tiene que ser el espíritu de la quinta época post-atlante.

Una institución impregnada de un determinado espíritu que constituya su alma, si ha de mantenerse como institución, sólo puede luchar por el pasado. Exigirle a la Iglesia Católica que luche por el futuro sería una locura, pues una institución que llevaba el espíritu de la cuarta época post-atlante no puede de ninguna manera llevar el espíritu de la quinta. Lo que la Iglesia Católica se ha vuelto, lo que se expandió por el mundo civilizado como configuración de la Iglesia Católica, y tiene su otro aspecto en la ley romana y en lo abstracto de toda la cultura latina, todo eso pertenece a la cuarta época cultural. Y la configuración de la Iglesia Católica ha impregnado a la totalidad de la civilización mucho más de lo que se piensa. Las monarquías, incluso si eran protestantes, en su estructura eran, en el fondo, instituciones católicas latinas. Para la cuarta época era necesario que las personas se organizaran de acuerdo con principios abstractos, y que ciertas ordenanzas jerárquicas formaran la base de la organización. Pero lo que ha de venir como el espíritu de la quinta época post-atlante, lo que buscamos cultivar a través de la ciencia espiritual, no requiere una estructura tan firme, no necesita una estructura organizada según principios abstractos, sino que requiere una relación entre los seres humanos como la que se describe en mi Filosofía de la Libertad como individualismo ético. Lo que ese libro dice sobre la ética se contrapone con la estructura social sustentada por la Iglesia Católica Romana de la misma manera en que la ciencia espiritual se contrapone con la teología católica romana.

La Ciencia Espiritual nunca fue pensada para aparecer en un rol beligerante, sino sólo para expresar lo que veía como verdad. Cualquiera que examine nuestras actividades aquí tendrá que admitir que nunca, nunca yo he asumido una posición agresiva. Por supuesto, uno ha tenido que defenderse constantemente de los ataques que provenían de afuera, y ese es el punto esencial. Pero es simplemente un requerimiento de la época que lo que la ciencia espiritual tiene para ofrecer sea expresado de manera absolutamente concreta. Se debe recordar que la civilización moderna está dormida, y que Roma está despierta. Que Roma está despierta, lo revelan el tremendo drama desplegado en la definición del dogma de la Inmaculada Concepción; la publicación de la Encíclica de 1864, con su Syllabus condenando ochenta verdades modernas; la declaración de la Infalibilidad del Papa; la designación de Tomás de Aquino como filósofo oficial del clero católico; y, por último, el juramento anti-modernista para el clero docente.

Frente al creciente avance del darwinismo, frente al creciente avance del naturalismo en los años cincuenta, se hizo algo que, aunque sólo puede entenderse como proveniente de los requerimientos espirituales de la cuarta época post-atlante, lo mismo arroja el guante ante todo este creciente materialismo. El resto del mundo lo deja venir o, en el mejor de los casos, lo rebate con argumentos estúpidos como los de Eucken. Roma, en cambio, establece el dogma de la Inmaculada Concepción, que expresa claramente: “Naturalmente, nadie puede aceptar la Inmaculada Concepción y al mismo tiempo adherir al darwinismo; así pues establecemos la incompatibilidad de las dos cosas.” Una década después a lo sumo, toda la estructura de la visión moderna del mundo, desprovista de espíritu, es condenada por el Syllabus. La definición del dogma de la Inmaculada Concepción se apartó ya de toda la evolución tradicional anterior de la Iglesia Católica. ¿En qué consistía la definición de un dogma por parte de un Consejo Ecuménico en épocas anteriores? Dentro de la Iglesia Católica, una condición fundamental para la definición de cualquier dogma – estoy relatando, no criticando – era que los Padres reunidos en el Consejo en el que el dogma había de ser definido estuvieran iluminados por el Espíritu Santo; de modo que, en realidad, el originador del dogma es el Espíritu Santo. Se trata en realidad de reconocer si el Espíritu Santo es quien inspira el dogma a ser definido. ¿Cómo se sabe, cómo lo sabían ellos? Porque lo que estaba por ser definido como dogma por un Consejo Ecuménico ya era la opinión de toda la Iglesia Católica. Ahora bien, eso no sucedió con la doctrina de la Inmaculada Concepción; en consecuencia, se rompió uno de los principios fundamentales de la Iglesia Católica, el principio que requería que una doctrina sólo puede ser convertida en dogma si los fieles han previamente manifestado una inclinación hacia ella. Por supuesto, en cuanto a estas definiciones de dogma en la actualidad, ya se estaba viviendo en los hechos de la quinta época post-atlante, y ya no resultaba tan fácil como en la Edad Media preparar a los fieles de tal manera que prevaleciera entre ellos una opinión en común, que luego podía ser definida como dogma. No obstante, se había preparado bien el terreno – las preparaciones para estas últimas revelaciones, es decir las últimas hasta ahora, se habían venido realizando durante los últimos tres o cuatro siglos. Ya entonces estaba despierta la Iglesia Católica; y si ustedes recuerdan cuándo se fundó la Orden Jesuita, deducirán fácilmente que la fundación de dicha Orden está esencialmente conectada con el hecho de que era necesario encontrar algún medio para superar las dificultades de trabajar sobre los fieles en los tiempos modernos y tener en cuenta dichas dificultades en general. Uno debería prestarle atención al curso que han tomado las cosas. Estoy sólo relatando, no estoy criticando. 1574 fue el año en que los ciudadanos de Lucerna expresaron que deseaban el jesuitismo. Permítanme repetir que fue Canisio, el discípulo cercano a Ignacio de Loyola, quien fundó el Colegio Jesuita de Friburgo en 1580 que luego estableció una colonia en Solothurn [Suiza]. También quisiera agregar que, luego de la supresión de la Orden Jesuita por parte de Clemente XIV, los jesuitas tuvieron, por supuesto, que desaparecer de Suiza y entonces continuaron sus actividades sólo en los países de Federico II de Prusia y de Catalina de Rusia, a quienes la Orden Jesuita realmente les debe haber continuado su existencia.

Pero en este extraordinario interregno entre la supresión de la Orden Jesuita en 1773 por parte de Clemente XIV y su rehabilitación por parte de Pío VII en 1814, sucedieron sin embargo cosas extrañas. Verán ustedes, por ejemplo, que durante este intervalo, en Sion [Suiza], la institución que había sido conducida por los jesuitas continuó naturalmente; y, de hecho, en su mayoría, también continuaron en ella los mismos profesores; sólo que hasta 1773 estos profesores eran jesuitas y desde esa fecha en adelante ya no eran jesuitas, pero se decía que en esas instituciones enseñaban los Padres de la Fe. Por lo tanto, no es sorprendente que después que Pío VII hubiera derogado el decreto de Clemente XIV, estas colonias jesuitas fueran reinstituidas – en Brigue, el mismo año; en Friburgo, en 1818; en Schwyz en 1836. [Suiza]

No es mi tarea criticar estas cosas, pero quiero que ustedes las conozcan, y quisiera agregar lo siguiente. Por mis explicaciones ustedes sabrán que desde el 21 de julio de 1773, cuando Clemente XIV promulgó la Bula “Dominus ac redemptor noster” hasta que Pío VII emitió su Bula “Solicitude omnium ecclesiarum”, la Orden Jesuita estuvo oficialmente suprimida. Ahora viene algo extraordinario. Existen unas memorias escritas por un hombre llamado Cordara, un jesuita, uno que había pasado por todos los grados de la Orden Jesuita. De sus memorias, resulta evidente que no era un ignorante como el Conde Hoensbruch –cuyos discursos y escritos carecen de importancia –dado que, por supuesto, los jesuitas son inteligentes y Hoensbruch is muy tonto. Se trata hoy de no estar dormidos ante estas cosas, sino de saber cómo distinguir entre lo importante y lo no importante. Quisiera mencionar un punto de las memorias de Cordara, en el que observa que era extraño que la Orden Jesuita hubiera sido suprimida por el Papa Clemente XIV, quien sentía gran aprecio por los jesuitas y era a la vez un hombre sumamente tolerante y no era ningún tonto. Así pues, Cordara le atribuye al Papa Clemente una personalidad excelente, lo elogia casi hasta las nubes, a pesar de que suprimiera a los Jesuitas. Cordara entonces se pregunta naturalmente cómo fue que hubieron de ser suprimidos por este bondadoso Papa. “Uno debe preguntarse,” dice Cordara, “¿cuáles fueron las intenciones de la Divina Sabiduría en la supresión de los jesuitas y por qué se permitió que esto ocurriera?” Ahora bien, Cordara era jesuita, desde luego, pero era un hombre que había sido formado por ellos para pensar lógicamente y, por lo tanto, no hace preguntas abstractas sino muy concretas. “Tenemos que buscar,” dijo, “lo que era censurable en la Orden.” Y agregó: “Pienso que, en cuanto a la moralidad, la Orden Jesuita se ha desempeñado admirablemente; en lo que concierne a la falta de castidad u otras cosas por el estilo, somos muy estrictos, nadie lo puede negar. Pero somos muy indulgentes hacia todo lo que sea difamación, calumnia e insulto.” Cordara dice, en realidad, que probablemente Dios permitió la supresión de la Orden Jesuita por parte del Papa Clemente XIV porque gradualmente se había filtrado dentro de la Orden un cierta tendencia hacia la difamación, la calumnia y el insulto. Ahora bien, no estoy criticando esto, solamente estoy contando los hechos. Sólo quisiera agregar que el jesuita Cordara dice además: “Una de nuestras principales faltas es el orgullo, que nos hace considerar a todas las otras Órdenes como carentes de valor e importancia, y a todo el clero secular como sin ningún valor.”

Ahora, si reunimos todo lo que se dice en estas memorias, no como reproche a la Orden Jesuita sino como una suerte de mea culpa, como el examen de conciencia de un jesuita, uno encuentra en primer lugar, lucha por el poder político; en segundo lugar, orgullo, arrogancia; en tercer lugar, desprecio por las demás Órdenes y por los sacerdotes seculares; en cuarto lugar, acumulación de riqueza. Pero si uno gradualmente se da cuenta de lo que significa mantener verdades muertas, marchitas, por medio del poder, no puede hacer cosa mejor que usar tal Orden para asegurar su mantenimiento. Con Pío VII, la Iglesia Católica Romana sabía bien lo que estaba haciendo. Pagó su deuda de gratitud con la historia mundial, historia hecha por Federico II, Rey de Prusia, y por Catalina de Rusia, ambos ya muertos, al rehabilitar a la Orden Jesuita. Y entre los primeros jesuitas “extranjeros” que volvieron a enseñar aquí en Suiza se encontraban muchos de los que habían sido protegidos por Catalina, muchos que habían regresado de Rusia. Pueden leer todo esto en los documentos históricos sobre el tema.

Pueden ver ustedes, entonces, que Roma estaba bien despierta y que hizo con antelación las preparaciones necesarias. Se hizo una preparación bien despierta. Viene ahora el próximo paso, la condena de toda esa creciente ola de ciencia –lista para la condena dado que luego de cuatro siglos de esfuerzo para eliminar al espíritu, permanecía vacía de espíritu y la humanidad permanecía dormida. El siguiente paso fue la Encíclica de 1864 con su Syllabus. Si la definición del dogma de la Inmaculada Concepción ya había constituido una ruptura con todas las normas anteriores de la Iglesia Católica Romana, lo que se promulgó en la doctrina de la Infalibilidad constituyó, sin dudas, una ruptura mucho mayor. Pues se necesitó toda la sagacidad de la consumada lógica de la Iglesia Católica para justificar la afirmación de que el Papa es infalible después de que el Papa Clemente XIV hubiera suprimido la Orden Jesuita en 1773 y que su sucesor el Papa Pío VII la hubiera rehabilitado en 1814. Se podría aducir un número considerable de tales ejemplos. Pero la lógica que había sido tan bien cultivada no fue aplicada para producir conceptos nítidamente definidos. Lo que se necesitaba era un concepto bien formado que pudiera justificar la infalibilidad. No es lo que el Papa expresa como su opinión privada lo que se considera infalible, sino sólo lo que expresa “ex cátedra”. Entonces no era necesario decidir si Clemente XIV o Pío VII eran infalibles, sino si Clemente XIV o Pío VII habían hablado “ex cátedra” o en privado. ¡Clemente XIV debe haber hablado en privado cuando suprimió la Orden Jesuita y Pío VII debe haberlo hecho “ex cátedra” cuando la rehabilitó! Pero el problema es que el Papa nunca dice si está hablando “ex cátedra” o en privado. ¡Hasta ahora jamás lo ha dicho! Se debe admitir que en el caso individual es difícil distinguir si está sujeto al dogma de infalibilidad, pero el dogma está allí, y con él se le asestó un buen golpe a lo que puede surgir como cultura fundamental de la quinta época post-atlante. Luego fue necesario aceptar las consecuencias, y eso fue bien hecho por el Papa León XIII, un hombre de gran visión y mucha inteligencia. El Papa León XIII intentó adoptar la filosofía de Tomás de Aquino tal como era en la cuarta época post-atlante. La Iglesia necesitaba esa filosofía que es tan grande pero grande para la última época cultural, pues, por supuesto, objetivamente todo lo que ha surgido subsiguientemente como filosofía es pequeño en comparación con lo que floreció como Filosofía en el Escolasticismo. Pero lo que es pequeño es todavía un comienzo, mientras que lo que fue durante el Escolasticismo fue un final, un clímax.

Ahora, debemos recordar que, no obstante, la humanidad está tratando de progresar y, en consecuencia, sucedió que, tanto en la esfera de la investigación científico-natural como en la de la investigación histórica, aparecieron extrañas extravagancias entre el clero católico. Muy bien, pues, resultó entonces necesario adoptar enérgicas medidas en apoyo de la doctrina católica derivada de San Agustín. De ahí el Juramento contra el modernismo.

Por supuesto, no se puede decir nada en contra de todo eso si es lo que una comunidad busca por su libre impulso, pero cuando en 1867 los jesuitas fueron aceptados nuevamente en Munich, un sacerdote jesuita dijo en su primer sermón que las Reglas de la Orden prohibían a los jesuitas meterse en política, que jamás un jesuita ha tenido participación alguna en política. Me parece no muy probable que la gente de hoy se crea eso.

Lo que realmente estoy tratando de hacerles ver es que todos aquellos que seriamente quieran el conocimiento, el progreso y el bien de la humanidad tendrán que reconocer la naturaleza tripartita del organismo social. Pues lo poco que pueden las medidas políticas contra la Iglesia Católica Romana ha sido demostrado en el curso de la campaña “Kultur” en Alemania. Pero lo que principalmente quiero que ustedes entiendan es cuán lenta es la gente para ver lo que, como consecuencia necesaria del esfuerzo científico-natural, debe ingresar al mundo como impulso para el orden tripartito de la sociedad. Eso es lo que necesitamos, una comprensión bien despierta de los fenómenos de la época.

Ahora me he metido en un tema que ciertamente no habría abordado si no hubiera sido por los acontecimientos recientes aquí, que seguirán su curso. Como ustedes saben, el sábado he de dar una conferencia pública sobre “La verdad sobre la antroposofía y su defensa contra la mentira”. Pero, de todos modos, tengo que lograr el próximo domingo continuar con los comentarios que no puedo completar hoy. De modo que el próximo domingo a las siete y media nos encontraremos de nuevo aquí. En estos tiempos agitados no se puede hacer otra cosa, y por eso el sábado, a pesar de la quema de nuestros carteles, también se realizará aquí la conferencia pública.


Continuará en la próxima edición de SCR.

Traducción (del inglés): María Teresa Gutiérrez

Conferencia 1

Nuestro agradecimiento al Rudolf Steiner Archive.



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