Tenía una resaca galopante cuando desperté, ya bien pasado el mediodía, en una cama que no era la mía. Una botella de agua mineral y un vaso vacío se erguían en la mesita de luz y había toallas limpias en la cómoda. Me levanté lentamente, bebí dos vasos de agua, abrí las persianas y miré hacia afuera. El brillante cielo, que se unía a la verde planicie de pasto en el horizonte, atacó mis doloridos ojos. Después de una ducha y dos aspirinas que encontré en el armario del baño, me deslicé hacia el piso de abajo donde los Prietos almorzaban en el comedor. Ambos tenían sesenta y pico de años, la señora Prieto tal vez un poco menos. Hizo sonar una campanita y una mujer obesa de rasgos nativos entró en silencio desde la cocina. Acepté gustoso las tostadas con dulce y el café con leche que me ofreció la señora Prieto para desayunar. La criada se retiró contorneándose hacia la cocina.
—Nuestro hijo Pedro no nos dio detalles sobre el problema que a usted lo aflige, y nosotros jamás le preguntaríamos —dijo la señora Prieto–. Solo podemos ofrecerle nuestra hospitalidad y esperamos que encuentre en su estadía la tranquilidad que está buscando.
Lo dijo con mucha amabilidad y con evidente sinceridad, pero su sonrisa parecía algo forzada. Mi colega Pedro Prieto había insistido en que venga a pasar unos días a la finca de sus padres en El Chaco porque, según él, yo estaba perdiendo la razón a causa de una mujer. Es cierto que estaba bastante mal, bebiendo de más y esas cosas, pero bueno… no hay necesidad de adelantarme a los hechos.
—Aunque me temo que no podremos pasar mucho tiempo con usted —añadió el señor Prieto—. Verá, estamos pasando un momento algo difícil —dijo mientras doblaba la servilleta aplastándola contra la mesa y la alisaba repetidamente—. Por favor no piense que siempre somos así de sombríos. Sucede que estamos de duelo. ¿Se acuerda del hombre que fue a buscarlo al aeropuerto anoche?
Asentí, aunque tenía apenas un vago recuerdo del hombre.
–Su nombre era Gumersindo Kaiser. Una hora o dos después de traerlo a usted tuvo un desafortunado accidente.
—¡No fue un accidente!
No había oído a la criada volver a entrar a la sala. Dejó mi comida sobre la mesa y cruzó los brazos sobre un inmenso busto.
—No fue un accidente en el sentido que suele dársele a la palabra, —concedió el señor Prieto, lanzando una mirada a la criada—. Pero sí en el sentido de que fue algo inesperado.
—Tampoco fue inesperado —insistió ella, que claramente no estaba en lo más mínimo intimidada por su empleador.
—Era mi capataz —continuó el señor Prieto, ignorándola—. Por lo que su muerte es para mi, además de dolorosa, muy inconveniente. Es por eso que no podré dedicarle a usted todo el tiempo que quisiera.
—De todas formas —agregó la señora Prieto dirigiéndome una mirada maternal—. Él vino aquí a olvidar y a descansar. Por lo que no debe querer que lo molesten.
—Por supuesto —estuvo de acuerdo su marido.
–Por favor no se preocupe por mi, señor —dije–. Sé lo que es estar ocupado.
El señor Prieto apartó su silla de la mesa con un empujón y se levantó. —Debo subir a descansar un rato antes de ocuparme de las tareas de la tarde sin mi capataz—.
Apoyó su mano en mi hombro. –Le sugiero que salga a dar un paseo cuando termine de comer, pero no se aleje mucho de la sombra de los arboles o se va a freír como un huevo–. Y añadió en un susurro, encorvándose hacia mi oreja: Después de eso escape a su cuarto con un buen libro o estas mujeres lo aburrirán hasta la muerte con sus estúpidas supersticiones. Besó a su mujer en la mejilla y se retiró a dormir la siesta.
La criada regresó a la cocina y la señora Prieto esperó a que terminara mi desayuno. —¿Más café? —preguntó.
—No, muchas gracias. Estaba delicioso.
—Me alegro de que le gustara. Creo que voy a descansar también. Es nuestra costumbre, ¿sabe? Por favor, Marcos, siéntase como en su casa—.Se despidió con una sonrisa dulce, desmintiendo así la predicción de su marido, al menos por el momento.
Hice caso al consejo del señor Prieto y salí a dar un paseo. La casa estaba en una pequeña región arbolada mas allá de la cual comenzaba una vasta extensión de pampa verde. El sol quemaba y el aire del campo me agotó así que me acomodé debajo de un eucalipto a saborear la paz. A lo lejos, las vacas echaban miradas o dormitaban en el suelo como bolas de billar en un paño interminable. El único sonido era el zumbido de los insectos. Mi mente divagó, primero hacia mi ex-prometida en Nueva York y el hecho de que se iba a mudar con el que yo creía que era mi mejor amigo. El tema era muy doloroso, así que mi mente se desvió hacia mi trabajo en Buenos Aires.
Al final, inevitablemente, llegó al hombre que me había ido a buscar al aeropuerto la noche anterior, el que estaba muerto pero aún no enterrado, la victima de un “accidente desafortunado” que no era tal. Traté de recordarlo parado en la terminal del aeropuerto, vestido de gaucho, con el sombrero en la mano. El agitado viaje hasta la finca. ¿Cuál era su nombre? Gumersindo. El señor Prieto que, aparentemente no quería hablar mucho del tema, había despertado mi curiosidad. Negros nubarrones aparecieron en el horizonte y parecían acercarse rápidamente.
Regresé a la casa, abrí la puerta de mosquitero y caminé por el pasillo hacia las escaleras. Escuché voces provenientes de la cocina y al mirar hacia adentro me encontré a la señora Prieto y la criada sentadas a una mesa pequeña, mate y termo de por medio.
—Hola Marcos —llamó la señora prieto–. ¿Como estuvo el paseo? ¿quiere tomar un té?
Asentí, agradecido de que no me hubiera ofrecido un mate amargo.
—¿Se lo llevo al comedor?
—Aquí se ve agradable —respondí, entrando a la cocina—. Si me permiten.
—¡Por supuesto! Por favor tome asiento. ¿Quiere una tostada para acompañar?
—No, gracias. Aún estoy lleno de el desayuno.
—¿Que le parece nuestra finca? La parte que vio, al menos. Es grande ¿sabe? Victorino lo llevará a conocer cuando tenga tiempo. En estos momentos esta muy ocupado a causa de el.. como llamarlo.. destino de Gumersindo.
Aproveché la oportunidad. —Me intriga saber que sucedió. Después de todo, el hombre falleció justo después de dejarme. Claro que no quisiera entrometerme. En especial si el señor Prieto prefiere que no lo sepa.
—Oh, no es intromisión ¿verdad, Faustina?
La criada, que estaba de espaldas a nosotros mirando hacia la cocina, murmuró algo. Solo pude entender las palabras “conectado” y “Gumersindo”.
—Quiere decir que estuvieron juntos tan cerca de su muerte que debe existir una relación entre ambos —explicó la señora Prieto.
—Pensaba lo mismo —respondí.
—¿De verdad? Eso es muy interesante ¿no lo crees, Faustina?
La criada se encogió de hombros y vertió agua caliente en la tetera.
—¿Cual fue la causa de su muerte? —pregunté.
—Faustina se lo puede explicar mejor que yo —respondió la señora Prieto.
Faustina trajo el té y las tostadas y las colocó frente a mí, bailoteó hasta la heladera de la que sacó mermelada y manteca, las dejó sobre la mesa y se sentó. Como estábamos en la cocina, no existía un impedimento de etiqueta a que se sentara con nosotros. Echó agua al mate y cerro los ojos sorbiendo lentamente la bombilla que desde su interior sobresalía. Abrió los ojos, lo más que podían ser abiertos, y me miró.
—Mireya suele dominar a los que tiene alrededor: sus padres, sus amigos, su marido...
—Muy hermosa e inteligente. Pero cabeza dura. —interrumpió la señora Prieto. Estuvo casada pero su marido huyó.
Faustina volvió a llenar el mate con agua y la empujó hacia la señora Prieto. —Con una mujer así —continuó—, el único recurso que tiene un hombre es dominarla antes de que lo haga ella a él. Hizo una pausa y me miró. Asentí para que siguiera hablando.
—Gumersindo Kaiser cortejó a Mireya, y la ganó, o eso creía él. Se fue a vivir con ella. Pero ¿quien sabe, señor, lo que sucede en la intimidad del hogar de las personas? Sonrió por primera vez y le devolví la sonrisa, reconociendo una verdad tan obvia como que los insectos zumban.
—Me sonrojo al hablar sobre lo que se sabe (y digo que se sabe, no que se rumorea) de la insaciabilidad de Mireya, —continuó–. No hay dudas de que al principio a los hombres les gusta, pero pronto los sobrepasa, y mas pronto aun si la insaciable no puede o no quiere cocinar para alimentar la fuerza y el espíritu de su hombre. Le digo con toda sinceridad que ser insaciable, el deseo de dominar, y la ausencia de habilidades culinarias son cualidades que no gustan a los hombres en una mujer, no importa cuan hermosa o inteligente. Y las tres juntas en una sola mujer es intolerable.
Me taladró con una mirada inquisitiva. —Espero que nunca esté en posición de probar que lo que digo es cierto, señor Marcos.
—Ciertamente recordaré sus palabras, Faustina —respondí, divertido pero cuidando de que no se note.
—Después de un año con Mireya, Gumersindo era un desastre. No es sorprendente que se sintiera entonces atraído a su joven prima, Dominga, que era la personificación de todas las cualidades que le faltaban a Mireya: gentileza, domesticidad, obediencia y, sobre todo, habilidad en la cocina. Ella no era linda ni inteligente, es cierto, y ciertamente no era insaciable, mas bien lo contrario, pero Gumersindo estaba cansado de todo eso. Necesitaba descansar la cabeza sobre un pecho dócil.
–Cuando Mireya se enteró, lo maltrató sin piedad y rompió toda la vajilla que había en la casa, la mayoría sobre su cabeza. Faustina aceptó el mate humeante que le ofrecía la señora Prieto y sorbió el agua por la bombilla.
–El era un hombre fuerte y podría haberla golpeado hasta someterla. Pero tenía miedo, porque la fuerza verdadera es la de adentro y no la de afuera como la de él, así que huyó y se refugió con Dominga.
—Es entendible
—Tal vez, pero también un grave error, porque entonces naturalmente Mireya buscó a San La Muerte.
—¿Quién?
—Es el ángel de la muerte —explicó Faustina.
Con razón el señor Prieto me había advertido sobre estas conversaciones.
—Mireya, siguiendo las leyes antiguas, talló en madera la figura de San La Muerte, y le colocó en las manos una guadaña de hojalata —continuó Faustina—. Luego la llevó a una iglesia a que la bendigan. A los curas no les gusta hacer esto, piensan que es superstición, así que muchos le piden a algún amigo que haga el ritual. Pero Mireya estaba determinada en hacer que un cura de verdad bendiga la figura. El domingo la escondió entre sus pechos y fue a misa. Al final del sermón, cuando el cura se dirigió a la congregación para dar la bendición, la sacó rápidamente de su escondite y la levantó frente a sus ojos, de cara al altar. El cura, un joven de Buenos Aires, vio la aparición, pero no podía interrumpir el sermón sin causar un escándalo. Mireya volvió a guardar la figura junto a su galopante corazón, sin cuidarse de no cortarse con la filosa guadaña de hojalata. La apretó contra ella mientras salia de la iglesia, infligiendo una herida sacrifical en su pecho izquierdo. La sangre que corría por su cuerpo debía sentirse cálida y confortante.
Tragué con fuerza, fascinado.
—Todos sabían lo que ella estaba tramando, señor Marcos. Sabían que iba ubicar a San La Muerte mirando hacia la vivienda de Gumersindo, o hacia una foto suya, o las dos cosas. Y sabían que entonces iba a recitar la Oración de Muerte de San La Muerte.
Cerró los ojos y respiró pesadamente. La señora Pietro también tenia los ojos cerrados. Mantuve los míos abiertos y esperé. De repente Faustina cantó:
Oh, noble espíritu de dulce muerte,
Canto de amor, a él lo cito,
Has que venga esta noche a verme,
Si se niega y tres veces repito,
Déjale probar tu guadaña mortal.
Acto seguido abrió los ojos y levantó sus cejas espesas.
—Gumersindo estaba asustado y nervioso. Empezó a beber mucho, un hombre que casi no bebía en absoluto.
—Esa era una de las razones por las que era capataz —dijo la señora Prieto. Por supuesto que su trabajo se vio afectado.
—¿Cree el señor Prieto en San La Muerte?
—Claro que cree, todos creen. Pero dice que los efectos son a causa de la sugestión.
—Puede que tenga algo de razón —murmuré.
Faustina no me escuchó, o fingió no hacerlo.
—Mireya rezó la plegaria de muerte el viernes, el sábado y el domingo, pero Gumersindo no regresó a ella. El Lunes a la noche...
—El día que llegaste, Marco —interrumpió la señora Pietro.
—...un extraño apareció en la taberna y pidió un trago en el bar. Todos los hombres de la finca y también algunos del pueblo estaban ahí. Ellos sabían que día era y que Gumersindo estaba desafiando a Mireya y a San La Muerte.
—El extraño llegó a caballo —continuó Faustina, abriendo los ojos cada vez más.— Lo que significa que no venia de muy lejos. Era alto y delgado, la nariz en forma de gancho le colgaba sobre un bigote canoso… como el suyo señor Marcos.
—¿Quién creyeron que era? ¿San La Muerte?
Faustina frunció el entrecejo. —Por supuesto que no. San La Muerte no se parece a ese extraño. ¿Pero su emisario? Ciertamente. ¿Quien más podía ser?
Me encogí de hombros.
—Se tomó su grapa de un trago, pidió otra y se quedo parado, encorvado sobre ella, pensando en Dios sabe qué. Todos estaban en silencio, observándolo con atención. Finalmente Gumersindo no aguantó más la presión y se levantó de un salto, volteando la mesa, y le gritó.
Faustina dejó de tomar un mate, tomándose un buen tiempo. —¿Y? —pregunté impaciente—. ¿Que fue lo que le gritó?
—Nada, solo gritó y sacó su cuchillo. El extraño se sacó el poncho por sobre su cabeza con un solo movimiento y lo enrolló en su brazo derecho a modo de escudo. Con la mano izquierda sacó un cuchillo que tenia en la espalda, metido en el cinturón. Gumersindo hizo un escudo con el poncho, se abalanzó hacia adelante pero el extraño dio un paso al costado, enterró el cuchillo en el pecho del pobre Gumersindo y lo sacó antes de que caiga al piso. Después limpió la hoja en el poncho del finado y salió. No habló una palabra y nadie lo volvió a ver.
—¿Quién era?
—Resultó ser un peón nuevo de una finca vecina. Los emisarios rara vez son conscientes de su rol. El extraño probablemente desapareció escapando de una venganza de parte de los familiares de Gumersindo. No era necesario, nadie se atrevería a vengarse de un emisario de San La Muerte.
—¿La policía no hizo nada?
—¿Y qué iban a hacer? Era inevitable.
Retumbó un trueno y unos instantes mas tardes comenzó la lluvia. Faustina se levantó pesadamente de la mesa y comenzó a lavar los platos en la pileta. Me excusé con la señora Prieto alegando que estaba cansado del paseo, aunque mi persistente resaca y una sensación ominosa eran las verdaderas razones.
—Mañana es el funeral —escuché decir a Faustina mientras subía las escaleras hacia mi cuarto.
A la mañana siguiente me senté en la galería y observé a los Prieto partir hacia la iglesia en su camioneta Ford último modelo, seguido por un pequeño grupo de mujeres en en un camión y detrás los trabajadores de la finca vestidos con su mejor ropa de gaucho.
Ya no llovía pero el cielo estaba cubierto y opaco. Unos minutos más tarde Faustina salió silenciosamente de la casa vestida de negro, incluidos sombrero y velo. Se paró a lado de mi silla, como esperando.
—¿No se le va a hacer tarde? —pregunté.
—No voy a la iglesia, solo al cementerio. ¿No va a venir?
No había ninguna razón para no decir simplemente que no, pero Faustina era una persona intimidante.
—Sería una falta de respeto, casi no lo conocía. —A esto no respondió nada, pero tampoco se movió.
—¿Como planea ir? —le pregunté.
—El cementerio está a solo una legua en dirección al pueblo, podemos ir caminando y estar ahí cuando lleguen de la iglesia–. Bajó de la galería y giró hacia mi, mirándome fijamente a través de sus ojos que asemejaban rendijas.
Caminamos por el camino campestre a través de la niebla matinal. Todavía no sé cuan lejos es una legua, pero es mas lejos de lo que suena. Llegamos al pequeño cementerio justo cuando entraba el coche mortuorio, seguido de una limusina negra y la procesión de la estancia. Faustina se unió con ellos alrededor de la tumba recién hecha. Yo me quedé al fondo, cerca del portón, sintiéndome fuera de lugar. Después de que bajaran el ataúd y el cura dijera algunas palabras, una mujer extraordinariamente hermosa dio un paso al frente. Desprendió una rosa roja que traía abrochada en su vestido negro y la tiró dentro de la tumba de Gumersindo. Seguidamente dio media vuelta ignorando las miradas de los demás dolientes, que la creían responsable de que Gumersindo mirara las flores desde abajo. Pasando por mi lado, salió del cementerio y se dirigió a un caballo que la esperaba a un lado del camino. Se arremangó el vestido, montó y se alejó cabalgando. Faustina giró y me hizo un gesto con la cabeza. No era necesario, era obvio que esa mujer era Mireya.
Por la tarde del tercer día después del funeral, me salteé la siesta y esperé a Faustina en la cocina. Ella no mostró sorpresa alguna al verme y prosiguió a hacer el mate.
—¿Té, señor Marcos?
—No, gracias, Faustina. Creo que hoy prefiero un mate.
Llenó el mate casi hasta el tope de yerba, metió la bombilla de acero decorada y vertió el agua encima de la yerba. Después, siguiendo la costumbre, tomó el primer mate ella misma, envolviendo la boca de la bombilla con sus grandes labios violáceos y sorbiendo silenciosamente. Recargó con agua y me lo pasó.
—¿Quiere azúcar señor?
—No, lo prefiero amargo—. Tomé un sorbo y no lo encontré desagradable.
—¿Quería preguntarme algo? —soltó Faustina de repente.
—Yo… Sí, de hecho sí.
—¿Es sobre San La Muerte?
Solté una risa nerviosa. —Acertaste otra vez. Quería preguntarte si él también haría un trabajo para un hombre.
—Claro que si. Aunque las mujeres lo necesitan más, siendo las cosas como son. Hace algunos años sucedió el caso de Carlita Menéndez, que dejó a su marido por un acróbata de circo. Bonito circo era aquél. Decían ser italianos pero todos sabían que eran más criollos que nosotros. Acá si decís que algo es extranjero automáticamente todos piensan que es mejor. El acróbata era pequeñito y refinado como un pájaro y volaba en el aire igual que uno. El pobre Oscar Menéndez, su marido, estaba hecho pedazos. Aunque probablemente el orgullo le dolía mas que el corazón roto.
—¿Qué hizo al respecto? —pregunté, con profundo interés —¿Le pidió…?
—El acróbata era un temerario, como su profesión lo exigía, así que Oscar Menéndez llamó a San La Muerte. Como era hombre no sabia el procedimiento correcto, y tuvo que pedir ayuda.
—¿Lo ayudaste?
—Era lo menos que podía hacer —respondió modestamente—. El acróbata era un personaje encantador, pero era de afuera.
—¿Y funcionó?— Me incliné hacia delante, casi tumbando el mate, el cual Faustina agarró justo a tiempo.
—Claro que funcionó.
—Entonces la mujer tuvo un… ¿un accidente?
—No hubo “accidente”, como le dice usted. Carlita no tenía un señor Prieto para darle malos consejos. Volvió arrastrándose de rodillas a su marido.
—Señor Marcos...
—¿Si?
—Usted tiene un problema parecido ¿no es verdad?
—Parecido, pero distinto.
—¿Porque distinto?
—Para empezar la mujer vive en los Estados Unidos.
—La distancia no es obstáculo para San La Muerte.
—Pero nunca escuchó hablar de San La Muerte y aun si lo hubiera hecho no creería en él.
Faustina meditó unos momentos. —Escúcheme señor Marcos, sé de lo que hablo. San La Muerte es generoso. Solo es necesario que uno de los involucrados crea. Y usted cree.
Sentí el sudor empapando mi camisa mientras me hundía en la silla.
—De todas formas no estaré aquí por mucho tiempo —dije—. Mi trabajo en Argentina terminó, al menos por ahora, así que no tendré tiempo de hacer todos los pasos.
—¿Pasos?
—Ya sabe, tallar una figura, hacer que la bendigan y todo eso.
Faustina me miro como se mira a un insecto interesante. Luego cerró los ojos por lo que pareció una eternidad. —Hacer una figura es fácil, yo le enseño —dijo entreabriendo los ojos—. Pero debe hacerlo usted, y también conseguir la bendición.
—No esperará que utilice el mismo método que Mireya.
—No, usted tiene dinero, puede pagarle a un cura. Después puede irse a casa. El próximo viernes colocará a su San La Muerte mirando en dirección a la morada de la mujer o frente a una foto suya y recitará la oración de San La Muerte.
Hice lo que debía hacerse, siguiendo las instrucciones de Faustina, y volé de vuelta a casa. No tenía sentido quedarse esperando en Buenos Aires ya que mi cliente aún tenía dudas sobre mi propuesta. ¿Y la plegaria de San La Muerte? Si, la recité frente a una foto de Dagmar, sin creer realmente que funcionaría. Entonces sucedió algo asombroso. El día siguiente, un sábado, me llamó Dagmar llena de arrepentimiento diciéndome que había cometido un terrible error, y me rogó que volviera con ella. Incluso sugirió el matrimonio y yo acepté al instante. Al parecer era feliz con su nueva pareja pero, según ella, el deseo de volver conmigo era irresistible.
Poco tiempo después de la boda me di cuenta de que aquello no servía. Si San La Muerte fue el responsable ciertamente me había dado lo que pedí, pero no era lo que quería en absoluto. El velo se levanto de mis ojos y vi a Dagmar por lo que era, una insulsa, nada insaciable, rubia aburrida. Sentí un alivio inmenso cuando me llegó un telegrama de mi cliente informándome que habían decidido implementar mi propuesta, y pidiéndome que regrese a Buenos Aires inmediatamente. Redacté una carta para Dagmar en el vuelo. Romper con alguien es mucho mas fácil tomando champaña en primera clase, a once mil quinientos metros del suelo.
El primer fin de semana en Argentina volé a el Chaco y tomé un taxi hasta el pueblo de Mireya. En una estación de servicio de un solo surtidor indagué sobre ella a un playero barbudo que estaba sentado a la sombra de su casucha tomando mate. Me observó entrecerrando los ojos durante un rato, escupió el suelo y me dijo donde encontrarla.
Vivía apenas saliendo del pueblo en una casa de block de dos ambientes con un techo de loza torcido. No había timbre así que golpeé las manos. Mireya abrió la puerta inmediatamente y me sonrió. Me invitó a pasar y preparó un mate. Tenia puesto un vestido negro que le llegaba bastante arriba de las rodillas. Mi corazón latía como el de un adolescente. Me dijo que se acordaba de verme en el entierro y que sabia que era amigo de Pedro Pietro. Le lancé mi propuesta: ella vendría a Buenos Aires a vivir conmigo en el Sheraton, todo pago por supuesto. Mas tarde me acompañaría a Nueva York cuando se terminara mi empleo en Buenos Aires.
—Está bien —me contestó. Entró en la habitación, que no tenía puerta, agarró una valija de cartón de abajo de la cama y empezó muy calmadamente a llenarla con ropa que sacaba de un ropero. Quería arrojarla en la cama y poseerla ahí mismo, pero esperé a llegar a mi habitación en el Sheraton en Buenos Aires, después de almorzar un bife de chorizo con una botella de champaña escuchando un tango suave de fondo.
El mes en Buenos Aires pasó rápido. Estaba muy ocupado y salía del hotel temprano mientras ella aún dormía. Hacíamos el amor todas las noches después de ir al teatro, al cine, a la opera o a bailar. Traté de explicarle este nuevo mundo y empecé a enseñarle inglés. Era una alumna excelente.
Pensé que podía controlar a Mireya que era, después de todo, una simple chica de campo, pero estaba equivocado. Una vez que se instaló en mi departamento en Nueva York se volvió dominante. Si no se hacía lo que ella quería empezaba a revolear cosas. Una vez salí del departamento después de una discusión particularmente caldeada y lanzó mi afeitadora eléctrica desde la ventana del piso cuarenta y ocho. Cayó en el techo de mi auto dejando una abolladura de cinco centímetros de profundidad. Si me llegaba a caer en la cabeza… bueno no puedo decir que Faustina no me hubiera advertido.
Cuando empecé a no desear sexo diariamente, me acusó de ser impotente y me dijo que tenía que ir al medico. Y que si nadie podía ayudarme en Nueva York, ella conocía un curandero en la Argentina. Me leí todo el Tao de Amor y Sexo, pero no tenia ni el tiempo para perfeccionar las técnicas ni la “cariñosa paciencia” de mi compañera. Ella empezó a rescatar gatos callejeros. Al principio pensaba, o mas bien me engañaba pensando, que lo hacía por compasión hacia los animales, pero ninguno sobrevivía mas de una semana. Mas de una vez llegaba a casa cuando ella había salido de compras (su pasatiempo favorito) y encontraba un gato muerto en nuestra cama. No sé como los mataba, no había rastros de violencia, pero sospeché de algún tipo de magia negra. No pregunté, no quería saber. En vez de eso empecé a inventar formas de alejarme. Sin embargo no me animaba a discutirlo con ella por miedo a que me matara o me hiriera seriamente.
Me encontré escondiendo el cuchillo del pan cuando lo veía sobre la mesa por miedo a Mireya lo agarrara en uno de sus ataques y lo usara para atacarme. Es de baja estatura pero tiene una fuerza increíble.
Finalmente un día que ella había salido, junté todo mi coraje (si se puede llamar coraje), empaqué algo de ropa y unos libros y me fui. La nota que le dejé en la mesa de la cocina decía que aun la amaba (lo cual era, y aún es, trágicamente cierto) pero ya no soportaba vivir con ella, que debía perdonarme, y demás... Dejé una considerable suma de dinero y le sugerí que regresara a Argentina. Esta vez la ruptura por carta no se debía a no querer enfrentar a quién estaba hiriendo, sino al terror que le tenía.
Hoy pasó algo horripilante. Me estaba afeitando en el baño del hotel cuando lo vi en el espejo: detrás mio estaba San La Muerte. No tenía piel en su rostro pero si tenía ojos, unos ojos rojo-incandescente que me observaban desde el espejo. Debo de haberme desmayado ya que cuando desperté estaba en el suelo, al lado del inodoro, con un feo corte en la cabeza.
He contemplado la posibilidad de volver con ella. Esa es, después de todo, la finalidad de San La Muerte, pero a esta altura considero que la muerte es mejor destino. Supongo que de algún modo estoy resignado. Enviaré esta carta ahora. Si sobrevivo, la muerte de Gumersindo Kaiser y el arrepentimiento de mi esposa no habrán sido más que coincidencias tenebrosas, la aparición de hoy una alucinación y San La Muerte un mito. Si ese es el caso confío en que me regrese esta carta o, mejor aun, que la queme. Pero si en cambio algo me llegara a suceder, sabrá usted que los responsables son Mireya y San la Muerte.
*
Después de leer en voz alta la increíble carta de Marcos Barragán al Detective Sargento Donally, le expliqué que mi amigo Marcos era un consultor de informática que solía trabajar en Latinoamérica, era de descendencia cubana y hablaba español fluido. Su prometida lo había abandonado por otro hombre pero se habían reconciliado, casado y vuelto a separar. Me había enterado de que había empezado relación con una mujer argentina, pero nunca la llegué a conocer.
—Será mejor que guardes esto, —le dije, alcanzándole la carta—, como evidencia.
—¿Evidencia de que? —preguntó el detective. Al cabo de un momento sin recibir respuesta suspiró resignado. Debe haberle resultado tan obvio que quería deshacerme de la carta como a mi que él no quería saber nada con ella.
–Le preguntaré al fiscal si la quiere en la documentación. Pero tengo mis dudas. No podemos arrestar a San La Muerte.
—¿Y Mireya?
—¿Qué hay con ella? No hay ninguna evidencia de que ella lo haya matado, parece un típico asalto en el Central Park. Y de todas maneras, probablemente ella ya esté en Argentina.
—Pero tenia motivo, esta carta lo deja claro.
—Bueno, si… le preguntaré al fiscal.
Se levantó y guardó la carta de Marcelo Barragán en el bolsillo.
—Siempre digo que no hay que acercarse a las mujeres extranjeras —dijo mientras se dirigía a la puerta. Ya bastantes dolores de cabeza nos dan las nuestras.