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Una visita a las estrellas

 

por Frank Thomas Smith

 

Una noche Nicolás y su hermanita Carolina estaban sentados en el prado cerca de su casa junto al bosque. El cielo sobre sus cabezas parecía una capa de seda negra incrustada de joyas brillantes.

-¿Cuántas estrellas hay en el cielo, Nico? -preguntó Carolina.

-Muchas.

-Sí, ya veo. ¿Pero cuántas? -insistió.

-Millones de millones. Nadie lo sabe.

-Podemos contarlas…

Nicolás se rió.

-Bueno, cuéntalas tú y luego dime cuántas son.

-A ver…-dijo Carolina levantándose para estar más cerca de las estrellas y empezó a contar-. Una, dos, tres, cuatro, cin...Oh no, a ésa ya la había contado.

-No ves, tonta, -dijo Nicolás-. Nunca vas a poder contarlas. Ni siquiera los científicos con sus telescopios pueden.

Carolina se sentó de nuevo en el pasto algo decepcionada. Después de un rato preguntó:

-Nico, ¿qué es una constalión?

-¿Constalión? -Nicolás la miró perplejo-. Ah, ya sé, quieres decir constelación.

-Claro, constelación -confirmó Carolina.  

-Bueno, dijiste otra cosa.

-¿No sabes lo que es?

-Por supuesto que sé lo que es una constelación -dijo Nicolás-. Lo que no sé es qué es una constalión.

Carolina le pegó en el hombro:

-¡Eres malo! -le dijo.

-Pues sí, como mi constelación.

-¿Tu constelación?

Nicolás sonrió:

-Todos tenemos una constelación; incluso tú tienes una. 

-¿De veras, Nico?

-Claro que sí.

-¿Qué es una constelación? Vamos, dímelo -le pidió Carolina.

-Son como dibujos formados por las estrellas. Mira, allá está la mía: Aries –respondió Nicolás señalando hacia el cielo.

-¿Dónde? -le preguntó su hermanita, poniéndose de nuevo de pie-. ¿Y qué es un Aries?

-Es un carnero feroz.

-Yo no veo ningún carnero -protestó Carolina.

-¿Ves las tres Marías? –dijo su hermano señalando con el dedo.

            -Sí, a esas las conozco.

             -Bueno, si sigues la línea de las tres Marías hacia la derecha y hacia arriba -trazó con su dedo una línea imaginaria en el cielo- llegas a cinco estrellas que forman un arco. ¿Lo ves?

             -Sí, creo que sí  -exclamó Carolina.

             -Esa es Aries, mi constelación,

             -Es verdad que parece un carnero -le dijo la niña con una sonrisa-. Ahora sé porque tienes la cabeza dura. ¿Cuál es mi constelación?

             -La tuya es Piscis, pero no sé dónde está. De cualquier manera, mucha gente dice que todo es una superstición, eso de las constelaciones.

             -¿Qué es una superstición, Nico?

            Nicolás suspiró como si estuviera cansado de las eternas preguntas de su hermanita, pero en realidad le gustaba demostrar lo que sabía por tener tres años más que ella.

             -Es algo que la gente cree pero no es cierto, como una ilusión.

             -¿No es cierto lo de las constelaciones, entonces? -le preguntó Carolina, sorprendida.

             -Supongo que no, pero no sé.

             -¿Cuál es la constelación de Papá? -preguntó la niña.

             -Escorpio -dijo Nicolás. -Creo que es esa con la cola larga.

             -Seguro -dijo Carolina.

             -¿Por qué seguro?

             -Porque parece un escorpión. ¿No ves?

             -Mmm...Cierto.

             -¿Y la de Mamá?

             -Cáncer. Pero tampoco sé dónde está –agregó Nicolás.

             -Pero cáncer es una enfermedad -rebatió Carolina.

             -No, esta no tiene nada que ver con la enfermedad. Es un cangrejo. Son todos animales, ¿sabes?

             -¿Y hay más?

             -¿Más? -se rió Nicolás-. Hay muchas, pero sólo hay doce en el... zodíaco, creo que se llama.

             -¿Qué es el zodíaco?

             -Es como un cinturón hecho de estrellas allí en el cielo -contestó Nicolás antes de que ella pudiera terminar-. Todos tenemos una de las constelaciones del zodíaco según el mes de nuestro nacimiento.

             -¡Qué lindo! -dijo Carolina-. ¿Cómo se llaman las demás constelaciones?

             -No sé -dijo el muchacho-. Lo sabía, pero me olvidé. De cualquier manera no tiene importancia, si es una superstición.

            Carolina se quedó pensativa sin decir nada durante mucho tiempo; mucho tiempo para ella, es decir.

            -¡Nico! -exclamó finalmente-. Apuesto a que el Hombre Estrella[1] sabe todos los nombres y dónde están.

             -Mmm… -murmuró Nicolás-. Es posible.

             -¿Alguien me llamó? -dijo una voz profunda desde la espesura del bosque detrás de los niños. Éstos se pusieron de pie y miraron hacia atrás. Y allí estaba el Hombre Estrella en persona -un hombrecillo no más alto que Nicolás-, dirigiéndose desde el bosque hacia ellos. Vestía una túnica blanca con una estrella de oro de seis puntas sobre el pecho, medio oculta por la larga barba blanca.

            Los niños se pusieron muy contentos al verlo, y las caras de los tres se iluminaron con una gran sonrisa.

             -¡Qué bueno que viniste! -exclamó Carolina-. Seguramente tú conoces los nombres de las constelaciones y dónde están ubicadas.

             -Desde luego -dijo el hombrecillo.

             -¿Nos las puedes mostrar? -le preguntó la niña-. Nicolás no las conoce todas.

             -Con mucho gusto –respondió el Hombre Estrella y, poniendo los dos meñiques en la boca, silbó fuerte tres veces.

            Imagínense la sorpresa de los dos niños cuando vieron aparecer desde el cielo un caballo rojizo con alas blancas.

             -¿Me llamaste, Hombre Estrella?  -preguntó el caballo.

             -Sí, Pegaso. Estos dos amiguitos míos quisieran visitar las constelaciones  -contestó el hombrecillo y, dirigiéndose a los niños, dijo-: Pegaso también es una constelación.

             -¿Todas? -preguntó Pegaso con cara de preocupación.

             -Bueno, eso tardaría demasiado -dijo el hombrecillo-. Creo que les interesan más que nada las del zodíaco. ¿No es cierto, amiguitos?

             -Sí, señor, sólo las del zodíaco -contestó Nicolás, que no estaba tan seguro de querer visitar las constelaciones.

             -Bueno -asintió Pegaso-, monten sobre mí.

            -Muchísimas gracias -le dijo el hombrecillo a Pegaso-. Vamos, Carolina, te ayudaré a montar.

            Carolina puso su pie en la palma de la mano del hombrecillo y él la levantó hasta el lomo del caballo como si fuera una pluma. Luego hizo lo mismo con Nicolás, que se sentó adelante de su hermana. Ella lo tomó de la cintura.

             -¿Listos? -preguntó el caballo alado.

            -¡Listos! -contestó por ellos el hombrecillo desde el suelo, y el caballo alado levantó vuelo.

             -¿A qué constelación quieren ir primero? -les preguntó Pegaso cuando ya estaban volando por encima de las nubes.

             A..A..Aries -le contestó el muchacho. (Nicolás sintió miedo al principio, pero poco a poco se dio cuenta de que el viaje sobre el lomo de Pegaso era muy cómodo, no como si estuvieran galopando sobre la tierra.)

             -Bueno -dijo Pegaso sin mucho entusiasmo-. Ojalá que no esté de mal humor hoy. Cierren los ojos, niños, ahora vamos a volar rapidísimo.        

 

Algunos minutos después aterrizaron sobre una pradera llena de flores rojas y los dos pasajeros desmontaron.

             -¿Dónde estamos? -preguntó Nicolás.

             -En la constelación de Aries, por supuesto -le dijo Pegaso-. Miren, ¡allí está!

             -¿Quién? -preguntó Carolina asustada.

            -Aries -contestó Pegaso y apuntó con una pata hacia una colina cercana sobre la cual un enorme carnero estaba parado mirándolos con ojos rojos de ira. De repente, el carnero dio unas coces con las patas traseras y se lanzó a la carrera hacia una roca. En lugar de detenerse al llegar, la embistió con sus cuernos curvados y la hizo estallar en mil pedazos.

             -Me parece que no está de muy buen humor -murmuró Carolina.

             -Oh, eso no es nada -dijo Pegaso-. Está jugando no más. Bueno, ¿quieren esperar aquí hasta que lleguen las demás constelaciones? Yo me tendría que ir…

             -¿Esperar aquí? -exclamó Nicolás.

             -Sí, es un lugar muy agradable; hay bosques, ríos, montañas y muchas estrellas.

             -¿Y cuánto tiempo hay que esperar?

             -Una constelación por mes -le contestó Pegaso-. Hay doce en total.

             -¡Un año! -exclamó Nicolás-. Oh no, no podemos esperar tanto, tenemos que ir a la escuela y...

             -…y Mamá y Papá estarían preocupados -añadió Carolina.

            El caballo alado suspiró.

-Bueno, los llevaré a las otras constelaciones, entonces, pero debemos apurarnos, porque tengo que estar de vuelta en mi lugar antes de que algún astrónomo se dé cuenta de que he desaparecido y arme un escándalo.

             -¿Por qué un escándalo? -preguntó Nicolás.

             -Qué sé yo... dirán que es el fin del mundo o algo por el estilo.

             -¿Ud. tiene su propia constelación, Sr. Pegaso? -preguntó Carolina.

             -Por supuesto, niña – le contestó el caballo algo ofendido-. Soy Pegaso.

             -¿Vamos a visitar su constelación, entonces?

             -No, porque sólo tenemos tiempo para visitar las constelaciones del zodíaco, y yo no estoy allí.

            Carolina le preguntó, entonces, por qué cada persona tiene "su" constelación.

             -Es una manera de hablar –le explicó Pegaso-. Antes de nacer en la Tierra, cada persona pasa por una de las constelaciones en su viaje por las estrellas desde el cielo hasta la panza de su mamá. Al pasar, adquiere alguna característica de la constelación.

             -¿Entonces Nicolás es como un carnero?

             -Un poquito, quizás. ¿O no es así?

             -Un poquito mucho, creo - dijo la niña-. Pero Nicolás es bueno.

            -Claro que sí, y fuerte...Ahora, ¿listos? –dijo Pegaso y sin esperar respuesta levantó vuelo desde Aries.  

            Volaron entre las estrellas hasta que Pegaso gritó:

            -¡Cuidado, vamos a descender!

                                               

Aterrizaron en un campo de hierba amarilla en el que pastaba un toro dos veces más grande que Aries. Al notar que alguien estaba en su campo, el toro levantó la cabeza, parpadeó tres veces, decidió que la visita no era tan interesante y volvió a pastar.

             -Ese es Tauro -explicó Pegaso.

             -¡Un toro! -dijo Carolina-. ¿Es peligroso?

             -Oh, no. Tauro es un caballero. Sólo si lo molestas mucho se enoja. Entonces sí puede ser peligroso.

            Sin desmontar, se quedaron observando a Tauro un buen rato, pero el toro ni siquiera volvió a levantar la cabeza.

 

Encontraron la próxima constelación en el medio de un bosque soleado. La sorpresa de los niños fue grande cuando vieron a dos niños bailando juntos en un claro del bosque mientras tocaban una melodía en sus flautas dulces.

             -Ahora estamos en la constelación de Géminis -dijo el caballo alado.

            Los niños desmontaron.

            -¿Quiénes son esos niños? -preguntó Nicolás.

            -¿Dónde está el géminis? -quiso saber Carolina.

            -Géminis quiere decir mellizos -aclaró Pegaso-, y esos dos niños son los mellizos. Se llaman Castor y Pólux, pero no sé cuál es cuál porque son idénticos.

            Los mellizos dejaron de bailar cuando vieron a nuestros amigos, y uno de ellos,  Castor o Pólux, yo tampoco sé diferenciarlos, exclamó:          

            -¡Mira, tenemos visita!

            -Y qué visita -dijo el otro-. Dos niños y un caballo alado. Es un misterio.

            -Sí, un misterio, pero vamos a resolverlo.

            -Seguro. Fíjate, uno debe ser Pegaso, por ser un caballo con alas, una constelación como nosotros.

            -Pero no del zodíaco.

            -Por supuesto que no.

            -Y los otros deben ser niños de la Tierra, porque...

            -…porque -interrumpió el otro mellizo- el muchacho tiene el gorro puesto al revés y el único lugar donde harían una cosa tan extraña es la Tierra.

            -Correcto. Misterio resuelto –y diciendo esto, los dos saludaron con las manos y se pusieron de nuevo a bailar.

             -Qué inteligentes son -comentó Carolina-. Pero me dijiste que las constelaciones son todas animales, Nico.

             -Bueno, eso es lo que creía.

             -No, no todos somos animales -dijo Pegaso-. Pero la próxima sí, y es un animal bastante extraño.

             -Son todos extraños -dijo Nicolás.

           

Aterrizaron en una playa. Las olas del mar rompían sobre la arena y cubrían las patas del caballo.

            -¿Dónde está el animal? -preguntó Nicolás-. Yo no veo ninguno.

             -Está en el agua. Esperemos la próxima ola. Es muy curiosa, así que seguro que vendrá.

            La próxima ola depositó un cangrejo - o mejor dicho una cangreja - a sus pies. Sus pinzas se abrieron y cerraron en un saludo.

            -Oh -exclamó Carolina-, debe ser Cáncer, la constelación de Mamá.

            -Sí -confirmó la cangreja con voz suave-, soy Cáncer y me encantan los niños. ¿Quieren bañarse?

            -Es muy amable de su parte, Señora -interrumpió Pegaso- pero todavía tenemos ocho constelaciones para visitar y yo debo estar...

            -Bueno, bueno, pero abríguense bien, niños, no vayan a resfriarse -dijo Cáncer y regresó al mar dentro de una ola.

            -Qué amable es -comentó Carolina mientras volaban hacia la próxima constelación.

                        

Esta vez el caballo alado aterrizó en medio de una extensa y hermosa sabana, causando conmoción entre las gacelas y las liebres, que huyeron raudas como el viento. Un animal que descansaba junto a una laguna, en cambio, permaneció impávido; los miró con altivez y lanzó un rugido tan fuerte que los niños casi se caen del lomo de Pegaso.

            -¡Es un león! -gritó Nicolás-.  Mejor nos vamos.

            -No, no, Rey Leo es un amigo -sonrió Pegaso-. Hay que demostrarle respeto, no más.  Buenos días, majestad –agregó, saludando al león.

            -Buenos días, majestad -repitieron los niños al unísono.

            -Buenos días -rugió Leo suavemente-. Os damos la bienvenida.

            -Os agradecemos, majestad -dijo Pegaso-. He venido con estos dos niños en una corta visita a vuestro reino. Ahora, con vuestro permiso, continuaremos el viaje.

            -Tenéis nuestro permiso -contestó Leo. Y cerró los ojos para continuar su siesta.

           

            Pegaso tuvo que buscar un lugar despejado para aterrizar en la constelación de Virgo, porque casi todo el suelo estaba cubierto de trigo.

            -¡Miren! -exclamó Carolina- ¡Por fin una mujer!

            Una mujer de cabellos de oro, la más bella que jamás habían visto, se dirigía hacia ellos. En su brazo derecho llevaba una gavilla de trigo y la seguía un gato del color de las espigas.

            -Tú eres Pegaso, si no me equivoco -dijo Virgo-. ¿Y estos dos niños?

            -Son de la Tierra, amigos del Hombre Estrella.

            -Está bien -dijo la bella mujer con tono frío-. No tengo tiempo para conversar porque tengo que organizar la cosecha -y dando media vuelta, desapareció en el trigal.

             -Debe estar muy ocupada -dijo Carolina, a quien le hubiera gustado hablar un rato con ella.

             -Siempre está ocupada -murmuró Pegaso ofendido y, sin más, levantó vuelo-.  La próxima anfitriona no es así, gracias a Dios.

           

Tenía razón el caballo alado.

            -¡Ah, amigo Pegaso! -exclamó la bella muchacha. Llevaba el cabello azabache recogido en dos largas trenzas y sostenía en su mano izquierda una balanza de platillos-. ¡Qué amable de tu parte venir a visitarme! Bienvenidos, hermosos niños ¿Qué les puedo ofrecer? ¿Una infusión, tal vez? No, apuesto a que los niños preferirían un vaso de leche o quizás una gaseosa. ¿Y un plato de avena para ti, Pegaso?

Antes de que pudieran contestar, la joven miró la balanza y dijo: -¡Epa!, el platillo derecho está otra vez en baja. ¿Tienen algo muy liviano para poner en el platillo izquierdo?

            Nicolás y Carolina se miraron.

            -Yo no tengo nada -dijo el muchacho.

            -¡Espera! -replicó su hermana y, desatando la cinta roja que sostenía su cabello en una cola, se la ofreció a Libra-. Es de seda –le dijo.

            Libra la colocó sobre el platillo izquierdo de la balanza, y éste bajó un poquito.

             -¡Perfecto! –dijo Libra sonriendo-. Te agradezco inmensamente, querida. Yo también quiero darte un regalo –agregó, y quitándose una hebilla que llevaba en una de las trenzas, se la ofreció a Carolina. A la niña le brillaron los ojos al ver que tenía la forma de una balancita de oro.

             -Muchas gracias, Libra –dijo, y se puso la hebilla en el pelo, donde antes había estado la cinta.

             -Tenemos que irnos ahora, niños -dijo Pegaso, y los pequeños montaron de un salto sobre su lomo. (No necesitaron ayuda porque la gravedad casi no existe en el cielo.)

             -Adiós, amigos -les gritó Libra-. Vengan a visitarme más a menudo. Y no se dejen asustar por mi vecino, que no les va a hacer nada si no lo pisan.

             -¿Quién es el vecino de Libra? –le preguntó Nicolás a Pegaso mientras volaban sobre un desierto.

           

Ahí está, respondió el caballo alado y descendió entre dos cactus en flor.

             -¿Dónde? -preguntó Carolina-. Yo no veo nada excepto arena y cactus.

             -Es Escorpio -respondió Pegaso-. Mejor no desmonten porque está casi debajo de mis patas.

            Los niños miraron hacia abajo y vieron un escorpión levantando su cola ponzoñosa hacia ellos. Era casi del mismo color de la arena y por eso no lo habían visto.

            -Estos son niños de la Tierra  –le explicó Pegaso a Escorpio-,

amigos del Hombre Estrella.

            -Me pregunto por qué no anunciaron su visita de antemano -refunfuñó Escorpio.

            -Fue por el apuro que teníamos –se excusó Pegaso.

           -Bueno, quizás quieran ayudarme -dijo Escorpio, aparentemente satisfecho con la explicación-. Estoy construyendo un canal subterráneo para irrigar el desierto.

            -Con mucho gusto te ayudaríamos, pero estos niños quieren ver las demás constelaciones y tenemos poco tiempo.

            -Si prefieren perder el tiempo en visitas inútiles en vez de participar en un proyecto de suma importancia para el universo, me despido de Uds  –dijo Escorpio cortante,  y desapareció.

            -¿Adónde se fue?  -preguntó Carolina.

            -Quién sabe -dijo Pegaso-. Es una constelación extraña. Personalmente, prefiero la próxima.

           

        No fue difícil para los niños entender por qué su amigo Pegaso

prefería a Sagitario antes que a  Escorpio.

           Había aterrizado en un hermoso campo de hierba verde y árboles altos y frondosos  y, enseguida, al galope llegó a recibirlos el dueño de la constelación: Sagitario, medio caballo, medio hombre.

            -Hola, Pegaso -saludó amablemente-. Tanto tiempo sin verte. ¿Has decidido ,por fin, convertirte en medio-hombre como yo? –agregó, señalando a los niños montados sobre el lomo del caballo alado y riendo  alegremente.

            Pegaso también se rió.

            -No, amigo, estos niños volverán a la Tierra hoy mismo. Así que todavía no puedo ser medio-hombre.

            -¡Lástima! Bueno, cuando cambies de idea avísame y te encontraremos unas estrellas para formarte la parte de arriba del cuerpo. Y ahora, ¡adiós!, me voy a cazar -y salió al galope con su arco y flecha listos para disparar.

           

Capricornio, la cabra, no dejó de masticar ni un instante durante la visita de nuestros amigos. Los saludó con una inclinación de cabeza, pero parecía estar meditando sobre otra cosa. Cuando levantaron vuelo hacia la próxima constelación, la vieron subiendo la ladera rocosa de una montaña con paso lento pero muy seguro.

             -Cabra simpática -opinó Nicolás.

             -Sí  -coincidió Pegaso-. No dice mucho pero es buena.

 

Aterrizaron luego en las afueras de una ciudad tropical. Un joven rubio y buen mozo parecía estar esperándolos. Vestía jeans y una camisa azul y llevaba un termo grande bajo el brazo derecho.

            -Ustedes deben tener sed -les dijo a los niños y vertió agua de su termo en una copa que ofreció primero a Nicolás-.  Es el agua del futuro… del futuro cercano.

            Nicolás tomó un sorbo y pasó la copa a su hermanita, que también bebió.

-Mmm… deliciosa -dijo ella.

            -Me alegro de que les guste -dijo Acuario-. Ustedes son los primeros de la Tierra en beberla. Que vuestro futuro sea feliz. Ahora tengo que ir a la fuente por más agua. El termo está casi vacío.

            -Gracias, Acuario -le dijo Nicolás al despegar.

             -Sí, muchas gracias -repitió Carolina.

 

Pegaso transportó a los niños hasta la orilla de un río y los dejó desmontar.

            -Piscis vendrá pronto  -dijo.

            Enseguida, un enorme pez apareció en el río y se deslizó hacia la orilla, abriendo la boca:

            -Hola, Carolina –dijo-. Tú no te acuerdas de mí, pero yo recuerdo muy bien que hace pocos años pasaste por mi río al nacer.

            -Encantada, Piscis -respondió Carolina, que no sabía qué decir porque la verdad es que no se acordaba para nada.

            -Al verte por primera vez, me dije: "Será una buena niña  y su hermano mayor, que no hace mucho pasó por otra constelación, la va a ayudar a crecer".

            -Este es mi hermano, Nicolás -dijo Carolina, sonrojándose ante el elogio de Piscis.

            -Encantado... ¡Uy! La corriente me lleva -exclamó Piscis-. Que te vaya bien, querida –dijo mientras la corriente lo arrastraba.

            -Bueno, hemos terminado, niños -dijo Pegaso-. Un año en una hora. Nunca había volado tan rápido. Ahora prepárense para volver a la Tierra.

            -¿Cuál es la constelación del Hombre Estrella? -le preguntó Nicolás una vez montados.

            -Todas -contestó Pegaso-. El Hombre Estrella es un personaje especial.         

           

Los niños cerraron los ojos y cuando los volvieron a abrir se encontraron de vuelta en el prado cerca de su casa. Desmontaron y cuando levantaron la vista para agradecer al caballo alado, éste ya había desaparecido.

            -Tenía mucho apuro para volver a su lugar en el cielo -dijo Carolina-. ¡Pero qué aventura maravillosa nos ofreció!

            -Sí -coincidió su hermano-. Fue como un sueño. Casi no puedo creer que realmente haya sucedido. Aquí todo está como siempre.

            Carolina, entonces, se llevó la mano a la cabeza y se quitó la hebilla de platillos de oro que le había regalado Libra. Mirándola, ambos supieron que el viaje por las estrellas sobre el lomo del caballo alado había sido real. 

 



[1]Durante una aventura que los hermanos vivieron anteriormente, conocieron al Hombre Estrella en el bosque. Esta historia está relatada en "Aquel Día en el Bosque".

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© Frank Thomas Smith