Evolución: el hilo oculto

por John Davy

 

Traducido por María Teresa Gutiérrez

Quienquiera que estudie las enseñanzas de Rudolf Steiner habrá de notar enseguida que las descripciones que él da sobre la forma en que ha evolucionado el hombre no son fáciles de conciliar con las descripciones que da la ciencia moderna. El propósito del presente artículo es tratar de mostrar cómo se pueden resolver algunas de las dificultades.

            Cuando Darwin nació, la idea de la evolución ya se estaba filtrando, por así decirlo, en las mentes humanas. El gran logro de Darwin fue proponer una teoría para explicar la evolución y reunir un gran número de datos para respaldarla. Planteó que la evolución podía resultar de la “selección natural”. Es decir que cualquier variación de la “norma” que se diera  en un animal le conferiría al mismo una ventaja o una desventaja en la “lucha por la existencia”. Los animales con variaciones ventajosas tendrían más probabilidades de sobrevivir y de transmitir sus ventajas a su descendencia. En otras palabras, serían “seleccionados”. Y la acumulación de tales rasgos ventajosos a lo largo de generaciones produciría finalmente, según suponía Darwin, nuevas especies.

            En tiempos de Darwin se sabía muy poco sobre el “registro fósil”, y Darwin pensó que los animales superiores del presente debían haber descendido de animales muy similares a los actuales animales inferiores. Sin embargo, a medida que la paleontología fue avanzando, quedó en claro que, en el pasado, se habían desarrollado muchos tipos de animales, hoy extintos. Por otro lado, el registro fósil pareció confirmar el postulado de Darwin, que causara tanto escándalo en su momento, sobre que el hombre desciende de los animales superiores –puesto que si se recorre el registro fósil hacia atrás, se llega a un punto en el que ya no aparecen restos humanos, y  más atrás aún, ya no hay restos de mamíferos, ni de reptiles, ni de anfibios, y por último tampoco restos de peces.

La genética

Hacia fines del siglo XIX se redescubrió la obra de Mendel, y empezó a desarrollarse la ciencia de la genética. Se descubrió que las variaciones podían resultar de mutaciones genéticas –cambios en los “genes”, que son considerados los portadores de las características heredadas –y que dichas variaciones podían ser transmitidas sin alteración a los descendientes. Durante algún tiempo,  la teoría genética no resultó ser del todo fácil de conciliar con la idea de un cambio evolutivo gradual causado por selección natural. Pero, en 1930, R.A. Fisher publicó The Genetical Theory of Natural Selection. Esta obra fue, a su manera, un hito de casi tanta magnitud como la de El origen de las especies de Darwin. Fisher explicó cómo mutaciones aparentemente insignificantes podían conferir una ventaja selectiva si la “presión selectiva”, por insignificante que fuera, se mantenía durante largos periodos de tiempo geológico. (Presión selectiva es el término utilizado para describir la “presión” que ejerce el ambiente sobre el animal y que lleva a la selección natural). Fisher mostró que tales ventajas selectivas aparentemente insignificantes eran suficientes para explicar la formación de nuevas especies, el desarrollo de nuevos sub-grupos, e incluso las adaptaciones más improbables, como las que aparecen en todo libro sobre “maravillas de la naturaleza”.

            El trabajo de Fisher, que en los últimos años ha sido ampliamente respaldado y desarrollado en detalle por científicos tales como H.J. Mueller, B.S. Haldane y Sewall Wright, lleva aparejada mucha matemática estadística complicada. En realidad, toda la teoría genética moderna es tan compleja que no es posible tratarla aquí. Tres puntos habrán de bastar.

            Primero, Fisher describe a la selección natural como “un mecanismo para generar un grado de improbabilidad extremadamente alto”. Su teoría, pues, socava efectivamente el argumento empírico de que las probabilidades en contra de que la evolución haya ocurrido “al azar” son casi inimaginablemente altas. 

            Segundo, las ideas actuales sobre la escala del tiempo geológico dan un amplio marco para la lentitud de la evolución que demanda la teoría de Fisher.

            Por último, vale la pena recordar que, si bien la teoría es altamente consistente y convincente –ha convencido, por cierto, al 99% de los biólogos que la han estudiado –es y ha de seguir siendo una teoría. Podría corresponder a la realidad, así como alguna matemática recién inventada, pero no necesariamente si se piensa que hay razón suficiente para buscar una alternativa.

            La teoría moderna de la evolución es pues una estructura formidable y coherente, que continuamente es corroborada por el trabajo realizado en muchas ramas de la ciencia. No obstante, algunas de las adaptaciones y patrones de comportamiento dentro del reino animal son tan extraordinarios que los que no son científicos sienten a menudo que explicar su evolución simplemente por la acción de la selección natural sobre variaciones fortuitas es inverosímil –y que, por lo tanto, debe haber algo mal en la teoría. Sin embargo, es importante entender la actitud del científico ante este tipo de objeción. Casi ningún científico duda hoy que la teoría evolutiva moderna es en general correcta, y normalmente no se le ocurriría considerar, por ejemplo, a la organización social de las hormigas o al extraordinario comportamiento de muchas aves en cuanto a la construcción de sus nidos, como una refutación de dicha teoría. Más bien, tales fenómenos son considerados como un desafío al ingenio del biólogo para concebir de qué manera dichos fenómenos pudieron haberse desarrollado gradualmente, por medio de la variación y la selección, durante periodos de tiempo geológico medidos en millones de años. Por cierto, en más casos de los que el lego normalmente se imagina, se han pensado esquemas evolutivos muy plausibles para muchas “maravillas de la naturaleza”, y no parece haber ninguna razón a priori por la que no se vayan a encontrar esquemas similares para otros casos. La idea básica de que incluso las adaptaciones especializadas más extraordinarias se desarrollan a partir de la interacción entre el organismo y el ambiente es, en mi opinión, fundamentalmente sólida –aunque, como lo empiezan a indicar algunas investigaciones en genética y embriología, la interacción quizás no sea tan simple como lo pretende la clásica visión darwinista.

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A esta altura uno podría, con razón, preguntarse por qué, si la teoría de la evolución ampliamente aceptada parece ser tan convincente e indiscutible, uno debería prestarle atención a la opinión disidente de Rudolf Steiner.

            Hay dos razones. La primera es simplemente que existen ciertos aspectos de la teoría moderna que presentan algunas dificultades. Pero la segunda razón es más importante.

            La teoría evolutiva no es, en última instancia, nada más que una cierta interpretación de los datos. Con la ayuda de la obra de Rudolf Steiner, uno puede interpretar los mismos datos de una manera totalmente distinta. Esta interpretación deja lugar para entender al hombre como algo más que un simple animal superior, y para entender al proceso evolutivo como algo más que la acción del azar. Consideremos ahora más detenidamente algunos de los datos.

            Los datos más sólidos, por así decirlo, de la evolución son los fósiles del registro fósil. ¿Cómo se distribuyen estos fósiles a través de los distintos estratos? En los estratos del Paleozoico, por ejemplo, abundan restos de peces y plantas de todo tipo. Los restos de reptiles son especialmente abundantes en el Mesozoico. Los mamíferos dominan en los estratos del Triásico. Pero lo que es especialmente distintivo es que grupos bien definidos de animales tienden a aparecer en el registro de manera comparativamente súbita, a prosperar durante algún tiempo, desarrollando mientras tanto todo tipo de variaciones y especializaciones de su forma básica, y luego a extinguirse.

            Por ejemplo, los reptiles, que empiezan a aparecer en el registro fósil a comienzos del Mesozoico, gradualmente llegan a ser muy abundantes, y se inicia un proceso llamado “radiación adaptativa”. Es decir, el tipo “básico” de reptil se divide en tipos más especializados adaptados a modos de vida particulares –reptiles reptantes, reptiles corredores, reptiles nadadores, reptiles voladores, reptiles carnívoros. Es como si se hubiera estado elaborando toda clase de variaciones complicadas sobre un mismo tema. Al final del Mesozoico se extingue prácticamente todo el inmenso y variado grupo, y comienzan a aparecer fósiles de mamíferos, que gradualmente se vuelven, a su vez, el grupo dominante. Este proceso se repite, en mayor o menor escala, a través de todo el registro fósil.

Aquí nos encontramos con un problema en la teoría moderna de la evolución. Los últimos representantes de la mayoría de los grupos de animales del registro fósil son extremadamente especializados. Al mismo tiempo, los representantes tempranos de un nuevo grupo son en general relativamente no especializados. Resulta muy difícil entender cómo los animales especializados de un grupo pudieron haber originado a los animales no especializados del grupo siguiente en la escala evolutiva. Es más, estudiados en detalle, incluso los representantes tempranos no especializados de un grupo a menudo parecen estar ya demasiado especializados como para ser ancestros directos de un grupo más alto en la escala evolutiva.

La neotenia

Se trata de un verdadero problema, y la biología moderna es muy consciente de ello. No es que simplemente falten “eslabones” fósiles reales entre la mayoría de los principales grupos de animales. Un obstáculo importante es la dificultad para imaginar cómo los animales pudieron salirse de sus carriles especializados para dar origen a animales superiores. En un reciente ensayo titulado “The Evolutionary Process” [1], el Dr. Julian Huxley escribe: “Así un resultado del perfeccionamiento especializado es, al final, una restricción de todo posterior perfeccionamiento. Además, una alta especialización para un modo de vida restringe las posibilidades de cambiar a otro…. La especialización, entonces, empuja casi invariablemente a los organismos a un surco evolutivo cada vez más profundo, del cual se les hace cada vez más imposible salir.”

            Una propuesta interesante para evitar este dilema aparece en el mismo libro en un ensayo de A.C. Hardy titulado “Escape form Specialisation”. Hardy se apoya en un fenómeno llamado “neotenia”. Neotenia es el proceso por el cual una forma larvaria o embrionaria, que puede por sí misma evolucionar y desarrollar características especiales con independencia del adulto, adquiere madurez sexual y se puede reproducir. El ejemplo más citado es el ajolote de Méjico, que tiene branquias externas y vive en el agua. Pero también es idéntico, salvo por su madurez sexual, a la etapa larvaria de la salamandra norteamericana, Ambystoma tigrinum, que vive en tierra firme y respira por medio de pulmones. Es más, se puede inducir experimentalmente al ajolote a postergar la madurez sexual, continuar su desarrollo y convertirse en una salamandra norteamericana.

            Este fenómeno permite concebir que un animal pueda escapar de un carril especializado a través de una etapa pre-adulta; durante esa etapa desarrollaría ciertas innovaciones evolutivas y, entonces, luego de adquirir madurez sexual por neotenia, daría origen a una nueva raza, menos especializada, y con nuevas oportunidades de radiación adaptativa.

            El Dr. Hardy finaliza su ensayo diciendo: “No importa cuán especializada haya llegado a ser en su condición adulta normal una raza de animales, siempre y cuando tenga una forma joven o larvaria (que naturalmente estará bien adaptada a su modo particular de vida), y posea un complejo de genes que pueda tarde o temprano producir neotenia, tendrá entonces, dado el tiempo suficiente, la posibilidad de escapar de su ruta a la extinción. En la mayoría de las razas el fin ha de llegar antes de que pueda darse esta rara oportunidad, pero en una minoría muy pequeña, las posibilidades llegan más temprano, antes de que sea demasiado tarde, y tales líneas toman nuevos caminos, con nuevas posibilidades de radiación adaptativa… Es probable que estos escapes de la especialización, por raros que sean, hayan producido algunas de las innovaciones más fundamentales en el curso de la evolución.”

            Este cuadro de la evolución es en muchos aspectos muy distinto al de Darwin. La idea de la selección natural, originalmente invocada como proceso para explicar la evolución progresiva de tipos cada vez más elevados de animales, parece ahora estar cumpliendo el rol opuesto como proceso que tiende a llevar a los animales a la extinción cuando se vuelven demasiado especializados. Invocar a la neotenia como medio de escape de este callejón sin salida hace necesario imaginar que los ancestros reales de los principales grupos de animales, y presumiblemente también del hombre, tenían ciertas cualidades similares a las de las larvas o los embriones.

            La neotenia es, pues, considerada hoy por muchos biólogos como el medio que, en definitiva, ha hecho posible el progreso evolutivo. Pero ¿qué significa, en realidad, “progreso evolutivo”? Durante muchos años la ciencia ha estado buscando a tientas una respuesta clara para esa pregunta. ¿Significan realmente algo los términos “superior” e “inferior”  aplicados a los animales? La mera complejidad no es un criterio definitivo –¿es un hombre más o menos complejo que un leopardo o que un escarabajo? No existe una respuesta verdadera.

            Huxley, en el ensayo citado más arriba, aborda esta pregunta, pero sólo llega a una conclusión bastante vaga. “El progreso biológico –dice– consiste en perfeccionamientos biológicos que permiten o facilitan más perfeccionamientos… Es el proceso por el cual se originan tipos ‘superiores’, el proceso activo en la sucesión de tipos dominantes, el proceso por el cual el nivel superior de perfeccionamiento o éxito biológico se fue elevando constantemente durante el tiempo geológico”.

La emancipación

Pero hay una característica particular del “progreso biológico” a la que no se le ha otorgado hasta ahora ninguna importancia evolutiva fundamental. Esta característica es que si se considera en general el espectro animal desde el tipo “más inferior” hasta el “más superior”, se puede observar que los animales se han vuelto progresivamente menos dependientes de su entorno ambiental.

            Tomando el grupo de los vertebrados, el pez, por ejemplo, es dependiente de un medio acuoso para que lo sostenga, pero los reptiles y los mamíferos pueden sostenerse con sus extremidades por su propio esfuerzo. No obstante, los reptiles se mantienen a casi la misma temperatura que su entorno, mientras que los mamíferos pueden mantener una temperatura corporal constante independientemente, dentro de ciertos límites, de la temperatura de su entorno. Los mamíferos pequeños, para comenzar, se desarrollan dentro del cuerpo de sus progenitores, con lo cual son independientes de su entorno externo durante sus primeras etapas.

            Este proceso se puede rastrear en todo el reino animal, hasta en los detalles anatómicos, donde se refleja como una especie de individualización y consolidación de los órganos. En esto también, el proceso es evidente incluso dentro del grupo de los vertebrados, en el cual la estructura básica es relativamente similar en los distintos tipos.

            Comparemos el sistema circulatorio del pez con el de los mamíferos, en los que el corazón está dividido en cuatro cámaras y la circulación hacia los pulmones es independiente de la circulación hacia el cuerpo. La cabeza del pez está fusionada con el tronco, mientras que en los animales superiores, la cabeza tiene mucho más independencia de movimiento, y las mandíbulas constituyen un aparato triturador independiente en lugar de sólo una especie de puerta hacia el interior de la boca. Los ojos de los peces son más o menos como “ventanas” estáticas –en los animales superiores, son mucho más activos y móviles. El sentido del oído del pez se extiende por todo el cuerpo en el sistema de la línea lateral, y es casi lo mismo que un sentido del tacto o de presión. Los huesos de algunos arcos branquiales de los peces se metamorfosean, en los animales superiores, para formar los huesecillos u osículos auditivos que forman parte del oído, órgano altamente independiente y especializado.

El efecto final y más impactante de este proceso es la postura erecta del hombre. De esta manera, la cabeza, los brazos y las manos se emancipan en cierta medida del medio ambiente. No están forzadas a funcionar en estrecha conexión con la tierra como lo están las patas delanteras y los hocicos de los animales. La cabeza puede, por así decirlo, sentarse a pensar. Las manos se liberan de la limitada función de ayudar a transportar el cuerpo de un lado a otro.

Una fuerza contraria

Existe una clara conexión entre las ideas de emancipación del medio ambiente y de neotenia, por el hecho de que la neotenia produce un animal que es menos especializado y, por ende, capaz de vivir en un ambiente más generalizado. Tanto un animal neoténico como uno “emancipado” serían menos dependientes del medio ambiente para su supervivencia. La diferencia entre ambos conceptos es que mientras se presume que la neotenia ha ocurrido repetidamente en muchos grupos de animales, la emancipación parece ser un proceso que ha estado operando siempre ininterrumpidamente. Ya veremos cuál es la verdadera relación entre ambos.

            La emancipación proporciona claramente una suerte de fuerza contrapuesta a la selección natural. La tendencia de la selección natural es empujar gradualmente al organismo hacia un medio ambiente cada vez más estrecho y especializado, hacerlo cada vez más dependiente de una combinación especial de circunstancias externas, atarlo con más fuerza a la tierra. La emancipación opera en dirección opuesta.

¿Por qué, entonces, la radiación adaptativa y la especialización desempeñan un rol tan importante en la teoría evolutiva moderna, mientras que el concepto opuesto de emancipación del medio ambiente, no? Hay dos razones. En primer lugar, se pueden observar instancias concretas de adaptación y selección –Darwin reunió muchos ejemplos –mientras que la emancipación, por haber ocurrido gradualmente a lo largo de todo el curso de la evolución, es más difícil de definir e identificar.[2] En segundo lugar, mientras que se puede encontrar una explicación “natural” para la radiación adaptativa en la idea de selección natural, no existe una explicación similar realmente satisfactoria para la emancipación. La tendencia es, pues, suponer que realmente no ha ocurrido, o al menos no de manera consistente. Pero podemos encontrar una explicación en las enseñanzas de Rudolf Steiner.

Resulta curioso que la ciencia, al mismo tiempo que propone todo tipo de entidades no observables para explicar fenómenos, especialmente los atómicos y subatómicos, se espante si se le pide proponer entidades espirituales suprasensibles para explicar otros fenómenos. Pero, para comenzar,  lo que Rudolf Steiner pide de la ciencia no es más de lo que la ciencia se pide a sí misma, y esto es que las descripciones que él  da de los hechos y seres de un mundo espiritual, no inmediatamente accesibles a los sentidos, no sean aceptados ni rechazados de entrada, sino que sean puestos a prueba, analizándolos junto a los fenómenos naturales para ver si ambos se esclarecen mutuamente. En consecuencia, si estamos dispuestos a examinar algunas de las cosas que dice Rudolf Steiner sobre el aspecto espiritual de la evolución del mundo y del hombre, el fenómeno de la emancipación comienza a cobrar sentido, y el registro fósil, el concepto de neotenia y la relación del hombre con el reino animal aparecen desde una nueva perspectiva.

El descenso a la materia

Lo que distingue al hombre de los animales, dice el Dr. Steiner, es su posesión de un Yo. Éste es una entidad espiritual, la individualidad espiritual fundamental del hombre, que reside en cada ser humano. Lo que percibimos oscuramente como la “personalidad” central de una persona es el reflejo de su Yo. Para vivir sobre la tierra, el Yo debe contar con un vehículo físico adecuado –el cuerpo humano. Este vehículo tuvo que desarrollarse gradualmente, a lo largo de un extenso período de tiempo. La evolución es, en realidad, la historia del descenso gradual del Yo a la materia, y del desarrollo gradual de un cuerpo físico capaz de contenerlo. La única forma física en la que el Yo puede expresarse libremente, a la que puede descender  completamente, es la forma humana.

¿Cuál es, entonces, la conexión entre las formas animales preservadas en el registro fósil y la evolución del cuerpo humano?  La ciencia moderna acepta que la mayoría de los fósiles conocidos se encuentran ya tan especializados que representan, evolutivamente, una vía muerta. En consecuencia, resulta necesario proponer, en el origen de cada grupo importante de fósiles, una forma neoténica no especializada, que no ha dejado rastros fósiles.

Esto implica que la neotenia debe haber ocurrido de manera repetida –es decir, que cada forma neoténica se relaciona con la que le sigue más arriba en la escala evolutiva únicamente por vía de una forma más especializada que luego, en algún punto, experimenta un proceso de neotenia. Los problemas que presenta este proceso bastante improbable  desaparecen si se invierte el razonamiento. Es decir, si consideramos a la serie de formas no especializadas (que la ciencia propone pero que no aparecen en el registro fósil), no como resultado de repetidos procesos de neotenia, sino como parte de una línea evolutiva continua, que se ramificó en diferentes etapas  dando lugar al desarrollo de los grupos fósiles especializados.

Esto presenta una nueva dificultad –que, para mantenerse no especializada, esta línea “embrionaria” debe haber evitado, de algún modo, estar sujeta a la “presión selectiva” del medio ambiente. Al mismo tiempo, debe haber estado constantemente sujeta al proceso de emancipación descripto más arriba, puesto que los nuevos grupos fósiles especializados presentan un grado mayor de emancipación que sus predecesores.

Esta dificultad se resuelve si reconocemos que esta línea de formas embrionarias representa, en realidad, las etapas a través de las cuales ha evolucionado el cuerpo humano. En el proceso de emancipación, podemos ver  el accionar de fuerzas cósmicas espirituales preparando el vehículo para el Yo humano,  el elemento de individualidad independiente.

Empieza aquí a emerger un cuadro más dinámico de la evolución, con el Yo arrancándole gradualmente a las fuerzas terrestres un vehículo físico adecuado. Ya no se necesita a la neotenia para justificar el escape de la especialización, y, en verdad, es evidente que la ciencia ha introducido dicho concepto en gran parte para poder explicar la existencia de una “línea embrionaria” de evolución –que los mismos datos fósiles demandan– sin tener que admitir, en su esquema de la evolución,  ningún proceso rector que no sea la selección natural.

Sin embargo, no es fácil imaginar claramente este proceso de encarnación gradual del Yo a menos que se lo asocie con una concepción que la ciencia moderna ha de encontrar inevitablemente muy difícil de aceptar. Todas las teorías modernas de la evolución se basan en la presunción de que las condiciones físicas en el pasado eran esencialmente las mismas que en la actualidad, y que las leyes físicas que son válidas hoy se pueden extrapolar indefinidamente a épocas pasadas. Según Rudolf Steiner, esto no es así. Tanto las sustancias físicas como las leyes que las rigen han pasado también por una evolución.

            Debemos imaginar, dice el Dr. Steiner, que,  antes del comienzo de la evolución de la tierra, la sustancia misma existía en una condición puramente espiritual. La primera manifestación “física” fue una especie de sutil interacción de diferentes estados de calor. Más adelante, se alcanzó un estado gaseoso, etéreo; luego, una condición vaporosa, acuosa. No fue sino hasta la aparición de la sustancia sólida que, por así decirlo, se inició la geología. Pero la característica singular de este proceso es que se debe imaginar a la tierra como un gran organismo viviente. Toda la sustancia estaba más viva entonces de lo que hoy lo está, y hay que imaginar que los minerales “muertos” que hoy conocemos se fueron depositando gradualmente dentro de la tierra viva, de manera muy parecida a la forma en que el hueso mineral se deposita en el embrión en desarrollo. Cuando la sustancia sólida apareció por primera vez, dice el Dr. Steiner, tomó formas córneas, cerosas, coloidales y gelatinosas.

Esto hace más fácil imaginar el tipo de condiciones bajo las cuales se debe haber desarrollado la “línea embrionaria”, el cuerpo humano. Estas deben haber sido, en cierta manera, similares a las condiciones bajo las que se desarrollan hoy los embriones: en el embrión, incluso el hueso, la parte más mineral del organismo adulto, está vivo y es cartilaginoso.

Uno podría, pues, concebir que el reino animal  se haya originado a través de una serie de nacimientos prematuros de la forma viva que finalmente devino en el cuerpo humano actual. Un Yo que no resistiera la tracción de las fuerzas físicas de la tierra el tiempo suficiente, por así decirlo, se encontraría con que su vehículo físico a medias formado se volvía demasiado atado al ambiente físico, desarrollando formas especializadas y volviéndose irremediablemente mineralizado y rígido. Un Yo así habría perdido la posibilidad de construir un vehículo físico al cual poder descender completamente. El resultado sería una forma animal.

De esa manera, cuando, en el registro fósil, aparecen  peces fósiles, se trata en verdad de un signo de que el germen humano estaba en ese momento atravesando por una fase “de pez”. Pero sólo nos podemos formar una idea de cómo era realmente ese germen humano si imaginamos cómo habrá sido el embrión del pez fósil –pues el adulto está ya demasiado especializado y endurecido en una dirección específica.

Ley de Haeckel

La ciencia moderna ha reconocido esto de manera indirecta por la forma en que ahora interpreta la famosa “ley biogenética” de Haeckel. Haeckel propuso que la “ontogenia repite la filogenia” –es decir que en su desarrollo embrionario un animal repite, de manera modificada y condensada, su historia evolutiva. Esto se interpretaba como que la etapa de pez en la embriología humana, por ejemplo, cuando el embrión posee sacos branquiales, representa una “repetición” de un ancestro pez adulto. Pero la embriología moderna se ha dado cuenta de que esta etapa del embrión humano es comparable sólo con la etapa embrionaria de un pez, no con la etapa adulta. En un excelente análisis de la “ley biogenética”, el Profesor G. de Beer escribe en relación con esto: “Todo lo que se puede decir es que el pez conserva y desarrolla sus hendiduras branquiales, mientras que los reptiles, las aves y los mamíferos no las conservan como tales, sino que las convierten en otras estructuras tales como la trompa de Eustaquio, las amígdalas, y la glándula del timo”.[3]

            Sin embargo, a la luz de las enseñanzas del Dr. Steiner, podemos tomar a la ley de Haeckel casi literalmente, ya que el desarrollo embrionario del hombre sin duda revela su historia evolutiva con mucha mayor exactitud que la línea de animales fósiles, pues en ella se refleja la “línea embrionaria” que dio origen a los fósiles animales.

El otro hilo

Desde la perspectiva de las enseñanzas de Rudolf Steiner resulta claro, por lo tanto,  que la biología moderna se ha limitado hasta ahora a estudiar uno de los dos hilos de la evolución  –aquel que es visible en el proceso de radiación adaptativa y en el desarrollo de especializaciones. Las fuerzas del medio ambiente que dan lugar a la selección natural, y las fuerzas de la genética que atan al organismo a la tierra y mantienen una continuidad física de generación en generación, representan las fuerzas de la tierra. Pero la teoría evolutiva moderna está necesitando cada vez más una comprensión de las fuerzas cósmicas, celestiales, que han obrado sobre la sustancia para crear un vehículo para el Yo del hombre.

Tal como está en el presente, la teoría es en realidad media teoría, ya que explica al hombre sólo como el más elevado de los animales. El trabajo de Rudolf Steiner hace posible completar la teoría, y comenzar a entender al hombre como un ser que es también el “más bajo de los Ángeles”. El libro de Darwin, The Descent of Man(*), está bien titulado, aunque su tema en realidad sea el ascenso del cuerpo humano, puesto que la evolución del hombre es la historia del descenso de un ser espiritual a la tierra. Los animales representan a seres que han descendido demasiado pronto y demasiado lejos –y de todos los animales, quizás los más trágicos sean los simios y los monos, que descendieron justo antes de llegar a ser hombres.

Entre la multitud de seres espirituales que componen los mundos espirituales, Rudolf Steiner solía describir al yo humano como un Espíritu de Libertad. El hombre, dijo alguna vez, no es libre todavía, pero están en camino hacia la libertad. La primera tarea del Yo humano fue desarrollar un cuerpo en el cual se pudiera lograr la libertad –y esto es lo que subyace en el proceso de emancipación, que desde el punto de vista físico culmina con la forma del cuerpo humano, como se ha descripto anteriormente en este artículo.

Resulta interesante ver que los biólogos modernos han llegado a una conclusión parecida –que el hombre ocupa una posición única sobre la tierra: ha alcanzado una posición en la cual no es sujeto pasivo de las fuerzas externas, sino que puede tomar el futuro en sus propias manos y moldear su propio entorno. En el ensayo que ya hemos citado, Julian Huxley escribe: “La situación presente representa un…punto verdaderamente extraordinario en el desarrollo de nuestro planeta –el punto crítico en el cual el proceso evolutivo, ahora personificado en el hombre, por primera vez ha tomado conciencia de sí mismo… y comienza a vislumbrar sus posibilidades de guiar o controlar en el futuro. En otras palabras, la evolución está al borde de ser internalizada, de volverse consciente y auto-dirigida”.

El “punto verdaderamente extraordinario” que menciona Huxley es sorprendentemente similar al que a menudo describe Rudolf Steiner desde muchos puntos de vista diferentes, a saber: que el Yo humano está ahora empezando a ser capaz de ejercer control sobre la evolución, trabajando con plena conciencia dentro del cuerpo.

El curso futuro de la evolución será así afectado directamente por las ideas que el hombre tenga sobre su propia naturaleza y sobre el proceso evolutivo.  Si continúa teniendo conciencia de sólo uno de los dos hilos de la evolución, si persiste en verse a sí mismo básicamente como un animal superior, habrá de moldear su vida y su sociedad en consecuencia. Pero si permite que sus ideas sean fructificadas por la Antroposofía, y por ende se vuelve consciente del otro hilo, del aspecto cósmico espiritual de la evolución y de su propia naturaleza, habrá de comprender que su tarea es llevar el espíritu a la materia y transformarla.

***

(*) NdelT: El título en español es “El origen del hombre”. En inglés el término “descent”, usado aquí en su acepción de “ascendencia”, también significa “descenso”, lo que permite el juego de palabras con “ascent” (ascenso). 

[1] Incluido en el libro Evolution as a Process, colección de ensayos de varios autores (Allen & Unwin, 1954)

[2] Quizás el ejemplo más conocido de selección natural que ocurre en la actualidad sea el “melanismo industrial”. En los últimos cien años, formas negras u oscuras de varios tipos de polillas se han difundido y llegado a ser cada vez más comunes en las zonas industriales de Inglaterra y Alemania, mientras que sus variedades “normales” se han vuelto cada vez más raras. Todas estas polillas tienen el hábito de posarse sobre superficies expuestas, tales como troncos de árboles, de modo que las variedades oscuras resultan casi invisibles sobre los troncos ennegrecidos por el hollín de las zonas industriales. Además, parecen ser en general más resistentes y más capaces de sobrevivir a la vegetación contaminada y al aire sucio de su entorno. Los detalles de la genética del melanismo industrial son todavía materia de discusión y experimentación entre los entomólogos, pero no hay duda de que su rápida propagación está relacionada con el ennegrecimiento y la contaminación del paisaje. En las zonas rurales, las variedades oscuras siguen siendo bastante raras. Ver E.B. Ford, Moths (Collins, New Naturalist Series, 1955)

[3] Embryos and Ancestors (Oxford University Press, 1952)


Una continuación de este artículo aparecerá en el próximo número de SouthernCrossReview.org.

John Davy, O.B.E., M.A. (1927-1984), fue co-director del Emerson College, Forest Row, England, y encargado principal del año introductorio sobre fundamentos de la  Antroposofía para los alumnos del profesorado Waldorf. Fue también conferencista internacional y director de la Sociedad Antroposófica de Gran Bretaña. Luego de cursar estudios de zoología en Cambridge, se desempeñó como editor científico del Observer de Londres. La Reina Isabel II le confirió la O.B.E. (Orden del Imperio Británico) en 1965 por sus escritos sobre ciencia.

El presente artículo fue publicado por primera vez en “The Golden Blade”, Londres, 1956

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