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Hacia la transformación social – un bosquejo


por Frank Thomas Smith

El objetivo de cualquier cambio consciente de las estructuras de la sociedad, si es que ha de ser positivo, debe consistir en proporcionar un medio social en el que la humanidad sea capaz de realizar su potencial en libertad –con respeto por los demás seres humanos y otras criaturas, y por la naturaleza. Para crear las condiciones dentro de las cuales este objetivo pueda ser logrado, es necesaria una transformación estructural.

El mito del capitalismo

Quienes poseen y/o controlan los medios de producción han creado el mito de que su sistema de propiedad privada es la única alternativa al totalitarismo y el único camino hacia el bienestar (“la búsqueda de la felicidad”). Que este mito es falaz es evidente para cualquiera que le dedique un mínimo de análisis. Aunque es cierto que los regímenes marxistas de Rusia, Europa oriental y Asia eran totalitarios, también es cierto que los regímenes facho-capitalistas de Europa y Latinoamericana y los pseudo-religiosos del Medio Oriente no fueron o no son menos totalitarios. También es una realidad que la pobreza y la violencia son rasgos prevalentes y permanentes de las sociedades capitalistas.

Es absurdo equiparar al capitalismo con la libertad cuando la única manera de ser libre dentro de ese sistema es abrirse camino hacia el privilegio (o nacer dentro del mismo) o encontrarse en la envidiable posición de poder vivir fuera del sistema, dentro del cual un gran porcentaje de la riqueza está concentrado en manos de unos pocos individuos o corporaciones y enormes segmentos de la población, a menudo la mayoría, son condenados a la pobreza. Sólo los cínicos o los que tengan el cerebro lavado pueden hablar de libertad en una sociedad en la que un pequeñísimo número de “CEOs” al tope de organizaciones jerárquicas al estilo militar todavía compran trabajo humano en el “mercado laboral”. Hablar de igualdad, ni que decir fraternidad, cuando la función principal del estado es proteger los intereses de la industria capitalista, es el colmo de la arrogancia y degrada el concepto de democracia.

El fin de la historia

Si los ciudadanos de las sociedades democráticas industrializadas se preguntaran por qué ha habido revoluciones violentas en Europa, en Asia, en Latinoamerica y, más recientemente, en el Medio Oriente, y si se resistieran a la propaganda política, podrían ver que las revoluciones del pasado, del presente y del futuro son reacciones a nuestro propio sistema explotador y que la propiedad privada de los medios de producción es la herramienta más eficaz de dicho sistema.

Aunque Karl Marx acertó en gran medida en su análisis y crítica del primer capitalismo, su solución no pudo haber sido más desacertada: arrancar la propiedad privada de manos individuales y pasársela al estado en su encarnación como “dictadura del proletariado”, destinado a “atrofiarse” ***por arte de magia en alguna futura encarnación. Tales dictaduras en efecto se produjeron y sus desastrosos resultados son parte de la historia.

Teníamos razón después de todo, exclaman los economistas políticos neoclásicos. La bestia ha muerto y ha llegado el fin de la historia. Nuestros amos no sólo han sobrevivido, han triunfado para siempre. La historia ha terminado. Tal actitud indica una asombrosa inocencia o una astucia diabólica, o ambas. ¿Somos realmente tan cínicos e inmorales o simplemente tan estúpidos como para aceptar la esencia de la filosofía capitalista –la codicia –para siempre?

La revuelta contra el feudalismo

Es importante destacar que las revoluciones comunistas “exitosas” (Rusia, China, Cuba) estuvieron dirigidas contra formas feudales de opresión en sistemas agrícolas y no de industria capitalista, como lo predecía Marx (aunque es posible que la industria capitalista se salvara raspando con la ayuda no despreciable de dos guerras mundiales), y lo mismo ocurrió con las muchas revoluciones no exitosas, las de Latinoamerica, por ejemplo. Esto indica que el elemento más importante de la explotación es la propiedad, y que la propiedad de tierra productiva es su manifestación más patente.

La tierra como derecho básico

El libre uso de la tierra para la agricultura es un derecho esencial del ser humano. Cuando una persona es propietaria de la tierra y otra la trabaja, y aquella recibe los beneficios del trabajo de ésta, se trata de una flagrante violación de los derechos de esta última. El trabajador rural, si tiene la oportunidad, abandonará la tierra y tratará de subsistir en la ciudad. La agricultura se convierte entonces en agroindustria, en manos de corporaciones, y el trabajo lo realizan las máquinas con ayuda de los pesticidas y los fertilizantes, que de a poco envenenan a la población.

La tierra, considerada económicamente, también es un medio de producción.. La propiedad privada de la tierra ya es un abuso de los derechos fundamentales, de la misma manera que la propiedad privada de otros tipos de capital, como las unidades fabriles, es injusta y puede llevar a levantamientos violentos.

¿Si los medios de producción no han de ser pasados de sus dueños al estado, como en el marxismo, qué ha de hacerse con ellos? En el caso de la agricultura, la persona o personas que efectivamente trabajan la tierra, ya sea para subsistencia o como negocio, deberían seguir haciéndolo. Pero no deberían poder vender la tierra a ninguna otra persona o entidad que no la trabaje, ni tampoco pasarla como herencia a los hijos que no la trabajen. La persona o personas que trabajen la tierra debería tener sobre ella derechos de concesionario, válidos hasta su muerte o hasta que deje de trabajarla. Podría nombrar un sucesor –a sus hijos, por ejemplo –pero sólo en caso de que dicho sucesor continúe trabajando la tierra. Los trabajadores serían co-concesionarios en el sentido en que participarían de las ganancias (y las pérdidas, aunque sólo hasta un nivel estipulado). En caso de que el concesionario dejara la tierra, tendría derecho a su inversión original más lo que pudiera haber aumentado en valor debido a su trabajo, lo que le sería pagado por el nuevo concesionario. Pero en ningún caso, la tierra podría ser transferida a una corporación.

Los nuevos bancos

¿De dónde conseguirá el dinero el nuevo concesionario? Si es que ya no lo tiene, lo obtendrá de un banco, que habrá de decidir si el riesgo es válido. Pero el banco no podrá tomar la tierra como garantía, la única garantía será la firma del nuevo concesionario en el contrato de préstamo. Si se produjera un default en el pago, la tierra sería transferida a otro concesionario, que estaría obligado a pagar el préstamo. Obviamente, muy pocos bancos tal como están actualmente constituidos estarían dispuestos o tendrían la capacidad de realizar este tipo de transacciones. Los nuevos bancos, sin embargo, serían organizaciones sin fines de lucro y la diferencia entre el interés cobrado por préstamos y el abonado por depósitos sería importe requerido para cubrir los costos operativos del banco. Estarían obligados, por sus estatutos y por ley, a otorgar préstamos a bajo interés a quienes los solicitaran y estuvieran razonablemente en condiciones de saldarlos

Re-estructuración de la industria

Las organizaciones de manufacturación pueden ser re-estructuradas de manera similar a la de la agricultura. Las corporaciones ya existentes deberían ser despojadas de sus actuales accionistas, reemplazándolos por las personas que trabajan en la producción, el planeamiento, las ventas, etc. Los accionistas recibirían una compensación justa por sus acciones. La remuneración de los ex-empleados, ahora dueños, dependería de sus necesidades (tamaño de la familia, por ejemplo) como también de su capacidad. Se acepta que un ingeniero o un gerente tendrían que recibir más que un portero, pero la diferencia entre la remuneración más alta y la más baja no debería exceder jamás una suma razonable, a diferencia de lo que ocurre actualmente, cuando los más altos ejecutivos se convierten en millonarios gracias a los beneficios que ellos mismos se asignan.

Financiando cultura

Un porcentaje de las ganancias, sería asignado por ley, aparte de los impuestos, para financiar escuelas, universidades y otras instituciones culturales. Los fondos serían transferidos directamente a estas instituciones (o a un concejo de representantes de las mismas) sin pasar por el estado, garantizando de ese modo la independencia de dichas instituciones, las escuelas y las universidades entre ellas. La educación debe ser considerada como el deber más importante de la sociedad y se le deben dedicar la atención y los medios adecuados.

Libre mercado vs. economía planificada

No es el capitalismo en sí – el trabajar con y aumentar el capital – lo que se condena, sino sólo la manera en que es utilizado. El capitalismo predica la economía del libre mercado; el socialismo, el control centralizado de la economía. Ambos extremos aciertan y se equivocan a la vez. Una economía con control centralizado se ahoga en la maraña de su propia burocracia e inhibe la iniciativa individual. Pero, del otro lado, el “libre” mercado es un eufemismo para designar la monopolización de la industria y las finanzas por parte de unas cuantas multinacionales y fondos de capital, y la explotación del resto. Es absurdo pretender que el mercado libre existe o podría existir. Los mercados siempre son controlados, si no es por el estado, como en el comunismo, lo es por las corporaciones, como en el capitalismo, a pesar de las leyes anti-trust.

Es necesario, por lo tanto, encontrar una manera de planificar el mercado que fomente la iniciativa y proteja a los débiles. Los débiles son los consumidores y los trabajadores. Hasta ahora, el estado democrático ha tratado sin éxito de proteger los derechos de los consumidores. El fracaso se ha debido a su rol simultáneo como protector de los intereses corporativos. La única alternativa práctica es que los consumidores se ocupen de sus propios intereses. Con ese propósito, se formarían, por ley, asociaciones de productores y consumidores, con autoridad para decidir sobre precios, cantidad y calidad de la producción de bienes y servicios, y todos los demás asuntos directamente relacionados con el proceso económico.

El método: desobediencia civil no violenta.

El resurgimiento del comunismo totalitario o del fascismo capitalista sólo puede evitarse cambiándole el rostro al capitalismo. Tiene que surgir una nueva estructura social que se eleve sobre los extremos inaceptables del capitalismo clásico y del sofocante comunismo. Esto sólo lo puede lograr el pueblo. El método ha de ser la desobediencia civil no violenta con el fin de convencer a los cuerpos legislativos democráticos para que promulguen leyes que pongan en práctica estas sugerencias u otras similares.



Traducción: María Teresa Gutiérrez



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