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El quinto evangelio

Rudolf Steiner

Conferencias de Rudolf Steiner para miembros de la Sociedad Antroposófica

Colonia, Alemania - diciembre de 1913

 

Conferencia 1

Colonia, 17 de diciembre de 1913

Siento que, esta noche y mañana, debo hablarles de lo que hemos dado en llamar el Misterio del Gólgota, pero trataré de hacerlo de manera algo diferente de como lo he hecho hasta ahora. Lo dicho anteriormente, aunque ciertamente esotérico, ha tenido un contenido más esotérico-teórico. He hablado sobre la esencia y la importancia del Misterio del Gólgota para la humanidad, sobre cómo, en cierta medida, es el fenómeno fundamental para toda la evolución de la humanidad sobre la tierra y he analizado en qué medida es fundamental. Esto ha provenido, en su totalidad, de fuentes de investigación ocultista. He abordado las fuentes de pensamiento que emanan del Misterio del Gólgota y que se desarrollan y viven en nuestra evolución terrena. Si se observa la evolución humana desde una perspectiva clarividente, se puede captar la significación del Misterio del Gólgota.

Ahora, sin embargo, debo hablar de manera más concreta sobre los sucesos que tuvieron lugar al comienzo de nuestra era [cristiana]. Voy a hablar de los sucesos, de las fuerzas que viven en el aura de la tierra, y que pueden ser observados esotéricamente. Mañana me referiré a las razones por las cuales estas cosas deben ser reveladas ahora, en nuestra época, dentro de nuestros círculos antroposóficos. Hoy trataré de señalar algunas de las cosas que ocurrieron en Palestina al comienzo de nuestra era. Y espero que el suceso del Gólgota, que [hasta ahora] ha sido caracterizado de manera más conceptual, no pierda nada de su significación en vuestros corazones, en vuestras almas, si observamos de manera más directa y concreta lo que sucedió en ese momento.

Ya tuve oportunidad de hablar sobre este tema en algunos ciclos de conferencias sobre los Evangelios de Lucas y Mateo. Es un hecho que dos niños Jesús nacieron aproximadamente  en el mismo momento al comienzo de nuestra era. Señalé que esos dos niños Jesús eran muy diferentes en cuanto a carácter y capacidades. El Jesús tan bien descripto por el Evangelio de Mateo descendía de la línea de Salomón de la Casa de David. En él vivía el alma, o el “yo”, de la persona que conocemos como Zoroastro. [1]

Cuando pensamos en una encarnación de ese tipo, debemos tener en claro una cosa: que incluso cuando un individuo tan avanzado, como ciertamente lo era Zoroastro, se vuelve a encarnar –es decir, cuando nació como Jesús–, de ninguna manera se debe esperar que tenga conocimiento en su niñez o juventud de que él es ese individuo. No se da necesariamente que tal individuo pueda decir yo soy esta o aquella persona. Pero sí es cierto que en esos casos las capacidades superiores adquiridas a  través de tal encarnación se manifiestan temprano y, de esa manera, definen el carácter del niño. Sucedió así que el niño Jesús de la línea de Salomón –como quisiera designarlo – en el cual vivía el yo de Zoroastro, estaba dotado de capacidades superiores que le permitieron absorber con facilidad la cultura y el conocimiento que habían alcanzado sus contemporáneos terrenales. En el entorno de ese niño –especialmente en esa época – estaba presente toda la civilización cultural de la humanidad, en las palabras, los gestos y los hechos –es decir, en todo lo que se veía y oía. Un niño normal absorbía poco de lo que veía y oía. Este niño, en cambio, absorbía con gran facilidad todos los indicios dispersos que encerraban todo lo que la humanidad había alcanzado hasta ese momento. En síntesis, demostró tener grandes dotes para absorber todo el conocimiento erudito que existía. Hoy llamaríamos “superdotado” a un niño así . Hasta los doce años aprendió rápidamente todo lo que había para aprender en su entorno.

El otro Jesús era completamente diferente. Su carácter está bien reflejado en el Evangelio de Lucas. Descendía de la línea de Natán de la Casa de David. No tenía dotes para el conocimiento erudito, ni tampoco mostró ningún interés por dicho conocimiento hasta los doce años. Pero, en cambio, demostró poseer en alto grado lo que podemos denominar como capacidad del corazón, compasión por toda felicidad y sufrimiento humanos. Demostró esta especial capacidad en el hecho de que se concentraba menos en sí mismo y  tenía menos capacidad de lograr el conocimiento exterior. Pero desde su más temprana edad sentía el sufrimiento y la alegría de los demás como su propio sufrimiento y su propia alegría. Podía ponerse en el lugar de los otros, entrar en sus almas; poseía esta habilidad en el más alto grado. El Registro de Akasha indica que las diferencias entre los dos niños Jesús no podrían haber sido mayores.

Cuando ambos niños llegaron a los doce años de edad, se produjo un acontecimiento al que me he referido con frecuencia: cuando el Jesús de Natán viajó a Jerusalén con sus padres, el yo de Zoroastro, que había estado en el otro, el Jesús de Salomón, dejó su cuerpo y tomó posesión de los cuerpos físico, etérico y astral del Jesús de Natán. El resultado fue, entonces, que todo lo que ese yo de ascendencia real era capaz de hacer estaba ahora activo en el alma del otro, del niño Jesús de Natán. Y este niño, que ahora poseía ,sin saberlo, todo el poder de Zoroastro provocó el asombro de los sabios entre los que se puso a enseñar –como también lo refiere la Biblia. También he señalado cómo el otro niño, el Jesús de Salomón, cuyo yo había partido, enseguida comenzó a declinar y, tras un lapso de tiempo relativamente corto, murió.

Se debe entender que cuando el yo de una persona la abandona –como sucedió con el niño Jesús de Salomón–, la persona no necesariamente muere de inmediato. Así como una pelota continúa rodando un tiempo por su propia inercia, una persona en esa situación continúa viviendo por la fuerza que vive en ella. Ahora bien, alguien que no pueda observar las almas humanas con precisión no notará la diferencia entre una persona que ha perdido su yo y otra que aún lo tiene. Pues, en la vida normal, el yo de una persona que estemos observando no desempeña un papel tan dominante. Lo que vivenciamos en otra persona es en muy baja proporción la manifestación directa de su yo; es, más bien, la manifestación de su yo a través de su cuerpo astral. Y el otro niño Jesús retuvo su cuerpo astral. Sólo alguien que pueda distinguir con precisión –y esto no es algo fácil –si lo que continúa actuando en una persona son viejos hábitos y pensamientos o si aparecen nuevos elementos, puede determinar si el yo está aún presente o no. Pero comienza una declinación, una especie de extinción gradual, un marchitarse. Y eso fue lo que sucedió con este niño Jesús.

Entonces, por un toque del karma, la madre biológica del Jesús de Natán y el padre del Jesús de Salomón murieron al poco tiempo de que el yo de Zoroastro pasara de un niño al otro. Y el padre del Jesús de Natán y la madre del Jesús de Salomón contrajeron matrimonio. El Jesús de Natán no tenía hermanos biológicos, y los hermanastros que tuvo luego de esta unión eran los hermanos del Jesús de Salomón. De las dos familias se formó una, que a partir de ese momento residió en la ciudad que hoy se llama Nazaret –por lo que cuando nos referimos al Jesús de Natán, en el que vivió el yo de Zoroastro, usamos la expresión Jesús de Nazaret.

Hoy quisiera referirles algo sobre la vida de Jesús de Nazaret cuando era joven proveniente de la investigación en el Registro de Akasha de tal forma que les permita comprender cierto momento importante en la evolución de la tierra que preparó el Misterio del Gólgota.

Para un vidente, la vida de Jesús puede claramente dividirse en tres fases. La conversación con los maestros cuando tenía doce años ya había demostrado que poseía una capacidad interior, proveniente de la incorporación del yo de Zoroastro, para ser iluminado, para recibir iluminación y conectarla con las capacidades que residían en el alma de Zoroastro. Se puso en evidencia que su alma poseía una experiencia interior de enorme fuerza y, a medida que se desarrollaba y alcanzaba los diecisiete y dieciocho años, se podía observar cómo la iluminación interior se enriquecía cada vez más, especialmente la iluminación en cuanto a la evolución de los antiguos hebreos y del pueblo hebreo en general.

En la época en que Jesús vivió en el seno del pueblo hebreo, la grandeza de lo que había existido como secretos del cosmos en tiempos de los antiguos profetas ya no estaba presente. Muchas de las antiguas revelaciones de los profetas seguían vigentes, pero la capacidad de recibir secretos espirituales directamente del mundo espiritual se había extinguido hacía ya mucho tiempo. Esas revelaciones se estudiaban en las escrituras que se habían preservado. Existían aún algunos, como el famoso Rabino Hillel, que, debido a su desarrollo personal, podían todavía percibir algo de lo que los antiguos profetas habían proclamado. Pero la fuerza que existía en la antigua época del pueblo hebreo, la época de las revelaciones proféticas, hacía mucho tiempo que había dejado de existir en tales individuos. A todas luces era evidente una declinación en el desarrollo espiritual del pueblo hebreo. Ahora, sin embargo, lo que había sido revelado en tiempos de los profetas surgía de las profundidades del alma de Jesús de Nazaret como iluminación interior.

Pero, más que señalarles el hecho histórico de que apareciera nuevamente en una persona, por medio de la iluminación interior, lo que había sido revelado en tiempo de los profetas, quisiera recalcarles cómo afectó a esa alma relativamente joven –el alma de Jesús de Nazaret de los trece a los catorce años – sentir una revelación que le llegaba en total soledad, una revelación que nadie más de su entorno sentía –los más desarrollados quizás percibieran, a lo sumo, un tenue destello.

Traten de imaginarse a ustedes mismos en tal situación, en el alma de alguien que posee tan enorme conocimiento en soledad, y traten de comprender que el Misterio del Gólgota tenía que ser preparado por esos sentimientos de soledad y aislamiento que se apoderaron del alma de Jesús de Nazaret. La situación de alguien que se encuentra solo en una isla psíquica, como lo estaba Jesús, que desde su infancia había sentido tanta comunión con todos los hombres pero que, ahora, sentía que no podía compartir su conocimiento con ellos pues habían descendido a un nivel en el que ya no podían recibir la revelación. Jesús sufría enormemente por tener que conocer algo que los demás no podían entender, pero también por anhelar fervientemente que pudiera surgir en sus almas la noción de que había una misión que se estaba preparando.

Todo esto le dio el impulso fundamental para decir: resuena en mí una voz que proviene del mundo espiritual. Si los humanos la pudieran oír, les proporcionaría una infinita bendición. En los tiempos antiguos había personas que la podían oír. Pero ahora no tienen oídos  con los cuales oír. El dolor de la soledad pesaba sobre su alma cada vez más profundamente.

Tal era la vida interior de Jesús de Nazaret entre los doce y los dieciocho años. Por eso no era comprendido por su padre biológico y su madrastra, y aún menos por sus hermanastros, que a menudo se burlaban de él y lo consideraban medio loco. Trabajaba duramente en la carpintería de su padre. Pero mientras lo hacía, los sentimientos que acabo de describir estaban siempre presentes en su alma.

Entonces, alrededor de los dieciocho años, dejó el hogar para viajar. Trabajando en su oficio, recorrió Palestina y las regiones paganas que la rodeaban. Lo guiaba su karma. En sus viajes por Palestina, su extraordinario carácter fue percibido por todos los que conoció. Trabajaba durante el día y, a la noche, se reunía con la gente. Y la gente con quien se reunió entre los diecinueve y los veinticuatro años sintió, aunque no siempre de manera consciente, que se trataba de un individuo extraordinario, un individuo como ningún otro que hubieran conocido; ni siquiera podrían haber imaginado que tal individuo existiera. No sabían cómo tomarlo.

Si deseamos entender esto, penetrar en los secretos de la evolución humana, es necesario tener presente que vivenciar lo que el joven Jesús de Nazaret vivenció –como lo acabo de describir – causa una profunda pena en el alma. Pero esta pena se transforma en amor. Y mucho del amor profundo en la vida es pena transformada como esta.

La pena profunda, el dolor, tiene la capacidad de transformarse en amor, amor que no actúa simplemente como el amor ordinario, sino que por la sola existencia del ser que ama se derrama hacia afuera como auras que se expanden lejos. De modo que esas personas que estuvieron entonces con Jesús tenían el convencimiento de estar en presencia de alguien que era mucho más que un simple hombre. Y cuando él ya había  partido y ellos se reunían a la noche, tenían la sensación de su presencia real. Sentían como si él todavía estuviera allí. Y, cada vez más, las personas con las que había estado empezaron a tener visiones compartidas. Lo veían entrar como un espíritu. Todos tenían esta visión al mismo tiempo: que Jesús estaba de nuevo entre ellos, que hablaba con ellos, que les decía cosas igual que cuando había estado presente en forma física. Era visible entre ellos mucho tiempo después de haber partido. Lo que producía este efecto era el dolor y la pena transformados en amor. Las personas con las que tomaba contacto se sentían unidas a él de manera especial. Sentían que ya nunca más estaban separadas de él. Sentían que él permanecía con ellos y que siempre regresaba.

Pero no sólo viajó por Palestina, su karma también lo llevó a sitios paganos. (Sería muy largo describir aquí las razones por las que su karma actuó así.) Esto ocurrió después de haberse dado cuenta de la evolución declinante del judaísmo. Y pudo ver cómo, en los ritos religiosos de los paganos, lo que en un principio había sido revelación se había ya extinguido, igual que en el judaísmo. Así, pues, en la segunda fase, hubo de vivenciar la declinación de la humanidad desde una anterior meseta espiritual. Pero percibió cómo el paganismo declinaba de manera diferente del judaísmo.

Su percepción de la declinación del judaísmo fue más una experiencia interior, adquirida a través de la iluminación. Vio cómo las revelaciones del mundo espiritual que, en otros tiempos, habían sido proclamadas por los profetas habían cesado porque ya no existían oídos para oírlas. En cuanto al paganismo, observó su declinación en un sitio donde las antiguas ceremonias religiosas paganas se habían deteriorado y donde la caída del paganismo era físicamente evidente. Los habitantes del lugar habían sucumbido a la lepra y otras horribles enfermedades. Algunos se habían vuelto malignos, otros estaban lisiados. Los sacerdotes los habían abandonado y habían huido. Cuando Jesús fue visto por primera vez, se corrió la voz, como un reguero de pólvora, que había llegado alguien muy especial. Y es que, ahora, hasta en su apariencia exterior se manifestaba el sufrimiento transformado que era amor. Vieron que había llegado un ser como ningún otro que jamás hubiera pisado la tierra. Pronto se corrió la noticia y muchos acudieron hasta él corriendo, pues pensaban que les habían enviado un nuevo sacerdote que volvería a oficiar en los sacrificios. Sus propios sacerdotes habían huido –así que acudieron corriendo. El registro de Akasha muestra esto, exactamente como lo describo.

Jesús no tenía ninguna intención de oficiar en el sacrificio pagano. Pero vio, en vívidas imaginaciones, el enigma de la declinación de la espiritualidad pagana. Pudo percibir directamente lo que había fluido en los secretos de los misterios paganos: que las fuerzas de elevados seres divinos habían descendido hasta los altares de sacrificio; pero que, ahora, en vez de las fuerzas de los espíritus del bien, descendían a los altares sagrados todo tipo de demonios, emisarios de Lucifer y Ahriman. Jesús percibió la caída de la vida espiritual pagana no por medio de la iluminación interior, como en el caso del judaísmo, sino por medio de visiones externas.

Es muy distinto conocer cosas de manera teórica que visualizar cómo en un tiempo las fuerzas espirituales divinas fluían hacia un altar y cómo ahora lo hacían los demonios, que causaban estados mentales anormales, enfermedades, etc. La visualización espiritual de ese tipo es completamente diferente a conocer algo de manera teórica. Jesús de Nazaret hubo de ver esto en una visualización espiritual directa, hubo de ver cómo obraban los emisarios de Lucifer y Ahriman, cómo infligían daño a las personas.

Súbitamente Jesús se desplomó, como muerto. La gente huyó asustada. Pero mientras yacía allí como transportado a un mundo espiritual, Jesús recibió una impresión de todas las antiguas revelaciones que en otro tiempo les habían sido transmitidas a los paganos. Así, pues, tal como había percibido los secretos que les habían sido proclamados a los antiguos profetas y que ahora ya no eran ni siquiera una sombra en la cultura judaica, pudo, a través de la inspiración espiritual, oír de qué manera les habían sido proclamados a los paganos.

Lo que le causó la impresión más fuerte fue lo que traté de investigar, y lo que mencioné por primera vez durante la colocación de la piedra fundamental de nuestro edificio de Dornach. Se lo podría llamar El Padre Nuestro al revés porque se trata del opuesto del contenido sustancial de la plegaria que los discípulos le atribuyeran a Jesucristo. Jesús de Nazaret percibió algo como el opuesto del Padre Nuestro y pudo así sentir en esas palabras, de manera concentrada, el secreto de la evolución humana y de las encarnaciones sobre la tierra.

Amén

Impera el mal,

Evidencia de yoidad que se desprende.

Deuda del ser por otros incurrida,

Vivida en el pan de cada día,

En el que no rige la voluntad del cielo,

Porque el hombre se apartó de vuestro reino,

Y olvidó vuestros nombres,

Vosotros, Padres de los cielos.

 

Amen,

Es walten die Übel,

Zeugen sich lösender Ichheit,

Von ändern erschuldete Selbstheitschuld,

Erlebet im täglichen Brote,

In dem nicht waltet der Himmel Wille,

Indem der Mensch sich schied von Eurem Reich

Und vergaß Euren Namen,

Ihr Väter in den Himmeln.

Esto expresa –en palabras vacilantes– algo así como las leyes que rigen la manera en que los seres humanos se encarnan desde el macro-cosmos al micro-cosmos. Desde que conocí estas palabras, he comprobado que son una forma de meditación de extraordinario significado. Ejercen una fuerza sobre el alma que es absolutamente extraordinaria, y cuanto más uno las estudia mayor fuerza adquieren. Y luego cuando uno trata de resolverlas y entenderlas, uno se da cuenta de que en ellas se halla condensado el secreto y el destino de la humanidad, y que la inversión de las palabras revela cómo surgió el Padre Nuestro microcósmico que Cristo proclamó ante sus seguidores.

Pero Jesús no solo percibió este secreto de las revelaciones paganas originales. Cuando despertó de la visión, vio en la gente que huía y en los demonios la totalidad de los secretos  del paganismo. Ese fue el segundo dolor inconmensurable que le atravesó el alma. Primero había tenido conocimiento claro sobre la caída del judaísmo al distinguir lo que le había sido revelado al judaísmo antes de su caída. Ahora le ocurría lo mismo con el paganismo. De esta manera vivenció conscientemente el hecho de que, a su alrededor, la gente tuviera que vivir como lo expresan las siguientes palabras: “Tienen oídos pero no oyen cuáles son los secretos del cosmos.” Así llegó a comprender la ilimitada compasión que siempre había sentido por la humanidad y que se puede describir de la siguiente manera: ahora que él podía ver tales cosas, la humanidad debía recibir el contenido de sus visiones –pero ¿dónde estaban los seres que habrían de comunicárselo a la humanidad?

Jesús tuvo estas experiencias aproximadamente hasta los veinticuatro años. Entonces su karma lo llevó de regreso al hogar en el momento en que murió su padre. Allí vivió con sus hermanastros y su madrastra. Su madrastra, que anteriormente había demostrado poca comprensión hacia él, demostró ahora comprender más el enorme dolor que llevaba en su interior. Tuvo después otras experiencias entre los veinticuatro y los treinta años, en las que encontró cada vez más comprensión por parte de su madrastra, aunque las cosas eran aún algo difíciles. Estos fueron los años en que también llegó a conocer mejor a los esenios. Hoy me voy a referir sólo a los puntos principales sobre cómo Jesús conoció la Orden de los Esenios. Se trataba de una orden de hombres que se separaron del resto de la humanidad y desarrollaron una vida especial de cuerpo y mente para ascender nuevamente a las antiguas revelaciones del espíritu que la humanidad había perdido. Por medio de severos ejercicios y una forma de vida estricta, las empeñosas almas habrían de llegar a un nivel en el que pudieran reintegrarse a la región espiritual de la que habían surgido las antiguas revelaciones.

En este grupo, Jesús de Nazaret también conoció a Juan el Bautista, aunque en rigor de verdad ninguno de los dos era esenio. Esto aparece claramente en el registro de Akasha. Pero, de lo que he explicado, se desprende que había allí una persona excepcional que causaba una gran impresión en todos. Tanto impresionó Jesús a los esenios que, a pesar de que custodiaban sus actividades espirituales como secretos sagrados, que no revelaban a ningún extraño, de buena gana compartieron con él importantes secretos de su orden con referencia a lo que habían logrado para sus almas. De esa manera Jesús tomó conocimiento de que en esa época existían aún maneras para que los seres humanos alcanzaran las alturas en las que alguna vez la humanidad había morado y de las que había luego descendido.

Pero lo que también le causó una profunda y perturbadora impresión era que un esenio, si quería ascender a esas alturas, tenía que separarse de la humanidad y llevar una vida alejado de la sociedad. Ese no era el camino del amor humano universal, según lo sentía Jesús de Nazaret. No podía tolerar que existiera un tesoro espiritual que no fuera asequible para todos, sino sólo para unos pocos elegidos en detrimento de la humanidad en su conjunto.

Lo que sentía se puede expresar de la siguiente manera: Son pocos –y cada vez serán menos– los individuos que encuentran el camino de regreso a las antiguas revelaciones, pero es justamente cuando esos pocos se separan que el resto debe vivir en decadencia, pues tiene que realizar el trabajo material por aquellos que ya no están.

En una ocasión, cuando Jesús salía de la comunidad de la orden esenia, vio, en espíritu, a dos figuras que huían del portal. Tuvo la impresión de que los esenios se protegían de estas dos figuras, a quienes denominamos Lucifer y Ahriman en términos antroposóficos, ahuyentándolos por medio de sus ejercicios espirituales, su forma ascética de vida y las reglas estrictas de su orden. Nada de Lucifer ni de Ahriman debía tocar sus almas. Por eso Jesús de Nazaret vio a Lucifer y Ahriman huyendo, pero también entendió que debido a que tal comunidad había sido establecida, a la cual Lucifer y Ahriman no podían entrar y la cual no quería tener nada que ver con ellos, Lucifer y Ahriman se volvían cada vez más hacia las otras personas. Esto fue evidente para él. Una vez más, es muy distinto conocer esto sólo a través de la teoría que ver cómo lo que hacen ciertas personas concretas para su propia superación tiene como consecuencia empujar a Lucifer y Ahriman hacia otras personas, por haberlos expulsado de su presencia. Jesús advirtió que el de los esenios no era un camino de salvación, sino uno de aislamiento que, a costa del resto de la humanidad,  perseguía sólo la propia superación.

Lo envolvió una inmensa compasión. No sentía alegría por el ascenso de los esenios, pues sabía que otras personas tenían que caer aún más mientras que unos pocos ascendían. Esto se volvió cada vez más claro para él cuando vio lo mismo en otros portales esenios –había otras de estas comunidades–: la imagen de Lucifer y Ahriman parados frente a los portales sin poder ingresar, y luego huyendo. Así se dio cuenta de que los métodos y reglas de órdenes como la de los esenios empujaban a Lucifer y Ahriman hacia las demás personas. Y esta fue la causa del tercer dolor extremo que sufrió con respecto a la decadencia de la humanidad. 

Ya he mencionado que su madrastra demostraba cada vez más comprensión por lo que vivía en el alma de Jesús. De modo que lo que ocurrió ahora tuvo gran significación como preparación del Misterio del Gólgota: hubo una conversación entre Jesús de Nazaret y su madrastra –según la investigación en el registro de Akasha. Tanto había avanzado la comprensión de ella, que Jesús pudo hablarle sobre el triple sufrimiento que había padecido debido a la decadencia de la humanidad que había vivenciado en conexión con el judaísmo, el paganismo y los esenios. Y, mientras le describía su solitario padecimiento y lo que había experimentado, vio que esto afectaba el alma de ella.

Conocer el contenido de esta conversación es una de las impresiones más maravillosas que uno puede recibir en el campo del ocultismo. Pues en todo el campo de la evolución humana no se puede ver nada similar –no digo más grande, porque naturalmente el Misterio del Gólgota es más grande, sino similar–, nada similar se puede ver. Lo que le dijo a su madrastra no eran palabras en el sentido corriente, sino que eran como seres vivientes que pasaban de él a su madrastra, y su alma les daba alas a las palabras con su propia fuerza. Todo lo que había vivenciado con tanto dolor pasaba, en esta conversación, al alma de su madrastra, como si tuviera alas –palabras de su amor infinito y también de su sufrimiento infinito. Así, pues, le pudo describir, como en una gran pintura, lo que había experimentado tres veces. Y todo se volvió aún más vivo cuando Jesús de Nazaret gradualmente llevó la conversación hacia sus conclusiones sobre la triple decadencia de la humanidad.

Resulta muy difícil poner en palabras cómo Jesús le resumió sus propias experiencias a su madrastra. Pero como estamos preparados por la ciencia espiritual, podemos usar términos y expresiones científico-espirituales  para intentar describir el sentido del final de la conversación. Naturalmente, lo que digo aquí no fue expresado en las mismas palabras, pero dará una idea aproximada de lo que Jesús quería que su madrastra captara.

Cuando miramos hacia atrás, a la evolución de la humanidad sobre la tierra, ésta resulta similar a la de una vida humana individual: cambiada sólo en generaciones posteriores, y de manera inconsciente. La vida post-atlante de la humanidad se le reveló a Jesús de Nazaret: cómo, después del desastre natural de la Atlántida, se desarrolló primero una antigua cultura India, en la que los grandes santos Rishis le comunicaban su vasta sabiduría a la humanidad. En otras palabras, se trataba básicamente de una cultura espiritual. Sí, prosiguió, así como un ser humano individual es un niño entre el nacimiento y el séptimo año, cuando actúan fuerzas diferentes que en períodos posteriores de la vida, de la misma manera las fuerzas espirituales estaban activas en esos antiguos tiempos de la India. Pero debido a que esas fuerzas estaban presentes no sólo hasta el séptimo año, sino que se extendían a toda la vida del individuo, la humanidad se encontraba entonces en una etapa diferente de la evolución. Durante el curso de toda su vida sabían lo que hoy sabe y experimenta un niño hasta los siete años. Hoy pensamos de la manera que lo hacemos entre los siete y los catorce años, y entre los catorce y los veintiún años, porque hemos perdido las fuerzas de la infancia que son suprimidas a los siete años. En aquellos tiempos antiguos, debido a que estas fuerzas actuaban durante toda la vida, las personas de esa época post-atlante eran clarividentes. Se elevaban con las fuerzas que hoy sólo están presentes hasta el séptimo año. Sí, esa fue la Edad Dorada de la evolución humana. Le siguió luego otra época, en la que las fuerzas que hoy actúan sólo entre los siete y los catorce años, perduraban toda la vida.  Vino luego una tercera época, en la que perduraban toda la vida las fuerzas que hoy sólo están activas entre los catorce y los veintiún años. Vivimos después en una época en que las fuerzas que hoy actúan entre los veintiuno y veintiocho años se mantenían activas toda la vida.

Ahora nos estamos acercando a la mitad de la vida humana, dijo Jesús de Nazaret, que se sitúa después de los treinta años, cuando las fuerzas de la juventud dejan de crecer y comienzan a declinar. Estamos viviendo en una época que corresponde al período entre los veintiocho y los treinta y cinco años en la vida de una persona, cuando su vida comienza a declinar. Mientras que en el caso de algunos individuos hay otras fuerzas presentes, en la humanidad en general las fuerzas ya no están. Ese es el gran padecimiento, que la humanidad deba envejecer, habiendo dejado atrás su juventud y encontrándose en la etapa correspondiente al período entre los veintiocho y los treinta y cinco años. ¿De dónde han de venir nuevas fuerzas? Las fuerzas de la juventud están agotadas.

Esto es lo que Jesús le dijo a su madrastra sobre la inminente decadencia de la humanidad, que le producía tanto dolor, pues estaba claro que la situación de la humanidad era desesperada. Las fuerzas de la juventud estaban agotadas, la humanidad se enfrentaba ahora a la vejez. Sabía que los individuos continuarían viviendo desde los treinta y cinco años hasta la muerte como lo habían hecho hasta entonces, porque conservaban restos de las fuerzas, pero la humanidad en su conjunto no contaba con ellas, así que necesitaba que llegara algo más: lo que el individuo necesita entre los veintiocho y los treinta y cinco años. La tierra tendría que ser iluminada macrocósmicamente con las fuerzas con las que el individuo debe ser iluminado entre los veintiocho y los treinta y cinco años.

Que la humanidad como tal  estaba envejeciendo es lo que se lee en el registro de Akasha y lo que se siente en el relato de Jesús. Mientras le hablaba así a su madre sobre el significado de la evolución humana, se dio cuenta, en ese momento, de que lo que estaba diciendo era parte de sí mismo, y que algo de sí mismo emanaba de sus palabras, pues sus palabras se habían vuelto lo que él mismo era.

Ese fue también el momento en el que se introdujo, en el alma de su madrastra, el alma que había vivido en su madre biológica, que había muerto –luego de que el yo de Zoroastro pasara a él desde el otro niño Jesús– y había morado en regiones espirituales desde que Jesús tenía doce años. A partir de ese momento el alma de la madre biológica pudo espiritualizar el alma de la madrastra. Así, pues, la madrastra vivía ahora con el alma de la madre biológica del niño Jesús de la línea de Natán.

Pero Jesús de Nazaret había unido su ser tan intensamente con las palabras con las que había expresado su dolor acerca de la humanidad, que fue como si ese ser hubiera desaparecido de sus envolturas vitales [física, etérica y astral], de modo que esas envolturas volvieron a ser como cuando él era un niño pequeño –sólo que impregnadas por todo lo que había sufrido desde los doce años. El yo de Zoroastro se había ido y lo que vivía en sus tres envolturas era sólo lo que quedaba a través de la fuerza de sus experiencias. Y surgió un impulso en esas tres envolturas que lo puso en camino hacia Juan el Bautista en el Río Jordán. Como en una especie de sueño, que, sin embargo, no era un sueño, sino una conciencia realzada, siguió su camino con sólo las tres envolturas espiritualizadas e impulsadas por los efectos de lo que había vivido desde los doce años. El yo de Zoroastro se había ido. Las tres envolturas lo guiaron, casi sin que él notara lo que había a su alrededor. Vivió sin el yo, completamente consciente del destino de la humanidad y sus necesidades.

En su camino hacia Juan el Bautista en el Río Jordán, se encontró con dos esenios con los que había hablado muchas veces. Sin su yo, no los reconoció. Pero ellos lo conocían y le hablaron: “¿Adónde vas, Jesús de Nazaret?”  He tratado de poner en palabras lo que les respondió. Les habló de tal manera que no sabían de dónde provenían las palabras. Venían de él, pero, sin embargo, no venían de él. “Allí donde las almas como las vuestras no desean ver, donde el sufrimiento de la humanidad pueda encontrar los rayos de la luz olvidada.”

Esas fueron las palabras que parecían provenir de él. Ellos no lo entendieron; se dieron cuenta de que él no los reconocía, entonces le preguntaron: “Jesús de Nazaret, ¿no nos conoces?” Y ahora se oyeron palabras aún más extrañas. Fue como si les hubiera dicho: “Vosotros sois como corderos perdidos, pero yo era el hijo del pastor de quien huisteis. Si me reconocierais, volveríais a huir de nuevo. Fue hace mucho tiempo que huisteis de mí hacia el mundo”.

Los esenios no sabían cómo tomarlo, pues mientras les hablaba sus ojos adquirían un aspecto muy especial. Parecían mirar hacia afuera y luego también hacia adentro. Parecían ojos con una expresión de reproche hacia quienes iban dirigidas las palabras. Eran ojos por los que asomaba un tierno amor, pero un amor que se volvía una reconvención a los esenios, reconvención que surgía de sus propios corazones. Podemos describir lo que los esenios sintieron cuando lo oyeron hablar: “¿Qué tipo de personas sois vosotros? ¿Dónde está vuestro mundo? ¿Por qué os cubrís con ropaje engañoso? ¿Por qué arde en vosotros un fuego que no es encendido en la casa de mi padre?” Estas palabras los dejaron mudos. Y Jesús siguió hablando: “Vosotros lleváis la marca del tentador, que os atrapó cuando huíais. Con su fuego hizo que vuestra lana brillara. El pelo de esta lana me hace arder los ojos. ¡Vosotros, corderos extraviados! Él os ha llenado el alma de orgullo.”

Cuando pronunció estas palabras, uno de los esenios le respondió: “¿Acaso no le señalamos la puerta al tentador? Ya no tiene nada que ver con nosotros.” Jesús dijo: “Cuando le señalasteis la puerta, corrió hacia otras personas. Los ataca de todos lados. Uno no se eleva cuando degrada a los demás. Sólo cree estar elevado porque deja que los demás declinen. Uno mantiene su altura sólo porque hace que los otros estén más abajo. Entonces uno se cree grande.” Jesús habló de ese modo para que los esenios tomaran nota. Y tal fue la impresión que les causó, que no pudieron seguir viendo. Sus ojos se opacaron y fue como si Jesús de Nazaret desapareciera de su vista. Pero luego, cuando parecía haberse esfumado, vieron su rostro en la distancia, pero de tamaño enormemente aumentado como una fata morgana, y muy, muy lejos. Y se oyeron palabras como si provinieran de esa fata morgana. Los esenios sintieron que significaban: “Vano es vuestro empeño porque vuestros corazones están vacíos, los habéis llenado con el espíritu que esconde el orgullo tras un manto de humildad.”

Entonces el espejismo también se desvaneció y los esenios se quedaron allí consternados y abatidos. Cuando recuperaron la visión, vieron que Jesús se había alejado aún más mientras ellos contemplaban el rostro. Y se dieron cuenta de que él había continuado su camino. Desalentados, siguieron hasta el albergue esenio y nunca le contaron a nadie lo que les había sucedido, guardaron silencio sobre ello por el resto de sus vidas. Y llegaron a ser los más profundos de los esenios, pero guardaron silencio y sólo hablaban cuando era necesario para las cosas cotidianas. Sus hermanos esenios nunca supieron por qué estaban tan cambiados. Mantuvieron en secreto lo que habían visto y oído hasta la muerte. Por lo tanto, vivenciaron el Misterio del Gólgota de manera especial. Los demás, en cambio, no percibieron lo que ellos habían experimentado.

Tras continuar su camino durante un tiempo, Jesús se encontró con un hombre sumido en una profunda desesperación. Pero, como ya he dicho, Jesús se encontraba tan fuera de las condiciones terrenas que no se dio cuenta de que un hombre se le había acercado. Y el efecto que causó sobre ese hombre que tenía tanta desesperación fue tal que el hombre oyó que Jesús de Nazaret le decía algo así: “¿Adónde te ha llevado tu alma? Te he visto hace miles de años; ¡eras diferente entonces!”

El hombre desesperado oyó esto como si hubiera sido pronunciado por la figura de Jesús de Nazaret que se le acercaba. Y esas palabras lo impulsaron a decir lo siguiente (por un lado, sintió la necesidad de hablar, por el otro, la necesidad de encontrar la respuesta a su destino): “En mi vida, he tenido mucho éxito. Siempre estudié y, debido a ese estudio, me elevé cada vez más alto sobre otros hombres. Con cada honor, me volví más orgulloso y a menudo me decía a mí mismo: qué persona excepcional que eres, elevándote tan alto por sobre tus congéneres. Sentía que mi alma debía valer más que las de los demás. Mi orgullo aumentaba con cada nuevo honor. Entonces tuve un sueño. ¡Qué sueño horrible fue! Mientras soñaba, mi alma se llenó de un sentimiento de vergüenza. Tenía vergüenza de estar soñando eso. Era tan orgulloso en mi vida y, ahora, soñaba algo que jamás hubiera querido soñar. Soñé que me hacía a mí mismo esta pregunta: ¿Quién me hizo tan grande? Y entonces un ser apareció ante mí y dijo: Yo te hice grande, te elevé alto, y, por lo tanto, eres mío. Me sentí escandalizado ante la revelación de que no me había elevado por mis propios esfuerzos, sino que otro ser había sido responsable de mi éxito. Aún en sueños, hui del lugar. Cuando desperté, hui de verdad, abandonando todo lo que había logrado. No sabía lo que buscaba y por eso hace mucho que vago por el mundo, avergonzado de todas las cosas que alguna vez me causaron tanto orgullo.”

Cuando el hombre desesperado terminó de decir esto, el ser que había aparecido en su sueño se presentó ante él, se paró entre él y Jesús de Nazaret. Esta figura de ensueño ocultaba la figura de Jesús de Nazaret. Y cuando la figura de ensueño desapareció, disolviéndose en neblina, Jesús ya había proseguido su camino. Cuando el hombre desesperado miró a su alrededor, vio a Jesús a considerable distancia. Y tuvo así que continuar su camino con la desesperación a cuestas.

Luego un leproso se acercó a Jesús, uno cuya enfermedad y aflicción era muy avanzada. Y debido a lo que esa alma sentía, Jesús se vio nuevamente obligado a hablar. Dijo nuevamente: “¿Adónde te ha llevado tu alma? Te conocí hace miles de años, y eras diferente.”

Estas palabras alentaron al leproso a hablar, igual que lo habían hecho con el hombre desesperado. El leproso dijo: “No sé cómo contraje esta enfermedad, se produjo gradualmente. Y los otros ya no me permitieron estar junto a ellos. Tuve que vagar en el desierto, sólo podía mendigar lo que la gente me arrojaba. Una noche llegué hasta un denso bosque. Vi que un árbol se me acercaba desde un claro. Me hacía señales, parpadeando con su propia luz. Me sentí impulsado a acercarme. Me arrastraba hacia él. Y cuando estuve cerca, un esqueleto vino hacia mí como una luz salida del árbol. Era la muerte parada ante mí con esa forma. Y la muerte me dijo: ‘Yo soy tú. Vivo de ti. ¡No temas!’ Y agregó: ‘¿Por qué tienes miedo? ¿Acaso no me amaste durante muchas vidas sobre la tierra? Sólo que no sabías que me amabas, pues yo me presentaba como un hermoso arcángel que era a quien tu creías amar.’ Y entonces la muerte ya no estaba allí parada ante mí, sino el arcángel al que había visto tantas veces y sobre el que tenía esta certeza: Esa es la imagen que yo amaba. Luego el arcángel desapareció. A la mañana siguiente me desperté junto al árbol, más desdichado que antes. Y supe que todas las gratificaciones placenteras que había amado, que vivían en mí como egoísmo, tienen relación con el ser que se me apareció como la muerte y como un arcángel y que sostuvo que yo lo amaba y que él era yo mismo. Y ahora estoy aquí delante de ti y no sé quién eres.” Y entonces el arcángel apareció de nuevo, y,  luego, la muerte, interponiéndose entre el leproso y Jesús, y ocultaron la figura de Jesús de Nazaret de la vista del leproso. Cuando el leproso vio sólo al arcángel, Jesús desapareció, y luego la muerte y el arcángel también desaparecieron. El leproso tuvo que continuar su camino y vio que Jesús de Nazaret ya se había alejado.

Estos fueron los acontecimientos que sucedieron en el camino que recorrió Jesús entre la conversación con su madrastra y el bautismo en el Jordán por parte de Juan.

Mañana hemos de ver cómo estos acontecimientos –el encuentro con los dos esenios, con el hombre desesperado y con el leproso –siguieron afectando a los cuerpos físico, etérico y astral de Jesús de Nazaret cuando apenas entendía el mundo del cual se encontraba tan alejado, y cómo fueron reavivados por lo que recibió a través de Juan durante el bautismo en el Jordán.

Si estos hechos, que según he descripto tuvieron lugar entre la conversación con la madrastra y el bautismo en el Jordán, parecen improbables o extraños, sólo puedo decir: aunque puedan parecer extraños, es lo que verdaderamente revela la investigación en el registro de Akasha. Es la descripción de eventos singulares, como deben serlo, puesto que son la preparación de un acontecimiento que sólo puede ocurrir una vez –aquello que denominamos el Misterio del Gólgota. Quien rehúse considerar la idea de que algo muy especial ocurrió en ese momento de la evolución de la humanidad, habrá de encontrar difícil de entender la evolución de la humanidad.

[1] Nota del editor/traductor de la versión en inglés: Rudolf Steiner habló en más detalle sobre los dos Niños Jesús en otras partes. Pero en esta oportunidad, como la audiencia estaba familiarizada con el tema, sólo hizo una especie de resumen. Para quienes tengan interés, sugiero comparar los relatos del nacimiento contenidos en los Evangelios de Mateo y de Lucas. Habrán de notar inmediatamente que las genealogías de los dos niños son completamente diferentes desde el Rey David hasta José, el padre de Jesús. También verán que, en Lucas, había pastores y “no había lugar para ellos en el mesón”, y que también aparece el famoso establo en el que nació Jesús, pero no hay ni reyes ni magos. En Mateo, en cambio, los tres reyes/magos son una presencia importante. Pero no adoran al hijo de un carpintero nacido en un establo. No, ellos han venido a Belén a rendir homenaje al nuevo o futuro Rey de los Judíos. Aunque Mateo no describe el lugar del nacimiento, es improbable que haya sido un establo. La huida a Egipto no ocurre en Lucas. Sólo aparece en Mateo, donde los padres, viviendo con el futuro rey, tenían más que temer. Por otra parte, resulta sumamente extraño que Jesús, el hijo del carpintero, tuviera tanta erudición como para enseñar a los rabinos en el templo. Ah, pero ese era el Jesús según Lucas. El Jesús que describe Mateo descendía de una familia real y habría estado en condiciones infinitamente mejores para hacerlo. Tomando en cuenta todas estas cosas, y muchas otras, se puede considerar obvio que realmente existieron dos niños Jesús.




Traducida de la versión inglesa por María Teresa Gutiérrez

Conferencia 2

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