El tranvía 13 a Opernplatz


por Frank Thomas Smith


Traducido por Mar�a Teresa Guti�rrez

Johnson�se despert� de la siesta y se sinti� como si se hubiera lanzado en paraca�das sobre territorio enemigo, algo que efectivamente hab�a sucedido una vez, sobre Francia el D�a D. No recordaba el salto mismo, s�lo el sacud�n al tocar tierra. Parecido a despertarse. Fue al ba�o para orinar y mojarse la cara con agua fr�a. Luego abri� la puerta de la sala, que le result� familiar. Hab�a algunas personas all� sentadas, pero a las �nicas que reconoci� fueron Fleur y Rafael. Fleur, aunque ya con signos de la edad (al fin), todav�a tan alta y hermosa como siempre, Rafael, m�s alto a�n, con una incipiente calva y con barba (hoy �la barba va y viene), callado como de costumbre. Nadie le prest� atenci�n a Johnson; �l se sent� en un sill�n y se puso observar a los dem�s, pero nadie lo observ� a �l. �Si queremos llegar a la �pera a tiempo, tendr�amos que salir ya �le dijo Fleur a alguien que no estaba en la habitaci�n, en su ingl�s brit�nico te�ido �o, si se prefiere, manchado� por el�veld�sudafricano.

�Coming! �grit� la esposa de Johnson desde la cocina, donde estaba lavando los platos o algo as�. Instantes despu�s entr� al living y todos se pusieron de pie, menos Johnson.��Vamos �dijo la esposa, bes� a Johnson en la frente y todos enfilaron hacia afuera. El �ltimo en salir, Rafael, se detuvo en la puerta y le dijo �Chau� a Johnson, que se hab�a quedado absorto mirando el piso. �Chau �le contest� sin levantar la vista. Estaba ofendido porque no lo hab�an invitado a ir con ellos, pero tambi�n cre�a recordar vagamente que quiz�s hab�a mencionado que no le gustaba la �pera, lo cual no habr�a sido cierto, si es que en realidad lo hab�a dicho. Se levant� y fue a la cocina con la intenci�n de prepararse un caf�, cosa que siempre hac�a despu�s de la siesta. Pero no encontr� el caf�.

�Que se vayan al carajo �murmur�. Voy a ir a la �pera solo.
Ya afuera, se encontr� en una calle que le resultaba familiar, aunque no pod�a ubicarla exactamente. Podr�a haber sido Viena, o Zurich, o quiz�s Frankfurt �alg�n lugar germ�nico, de todos modos. No sab�a para qu� lado quedaba la �pera y al principio anduvo sin rumbo. Ya se hab�a puesto oscuro, las calles estaban brillantes y h�medas como sucede despu�s de la lluvia. �Probablemente es el comienzo de la primavera o el final del oto�o, m�s bien esto �ltimo�, pens�, �ni c�lido ni fr�o, igual que yo�.

�Disculpe, �me podr�a indicar el camino a la �pera, por favor? �le pregunt�, en ingl�s, una mujer a un hombre que estaba delante de �l. �Americana�, pens� Johnson, que tambi�n era americano, �est�n por todos lados, y creen que todo el mundo tiene que saber ingl�s�. El hombre al que le hab�a preguntado le contest� en espa�ol: �Tranv�a 13. �O 18 �dijo otro hombre que estaba escuchando.��Tranv�a n�mero 13, s�, suena correcto�, pens� Johnson, �la �nica pregunta es en qu� direcci�n�; si lo tomaba de un lado de la calle, ir�a en la direcci�n correcta, del otro, en direcci�n equivocada. Los dos hombres se hab�an puesto a discutir en alem�n si era el 13 o el 18, as� que no les pregunt� de qu� lado de la calle porque seguro iban a discutir sobre eso tambi�n.

Anna Netrebko

Adem�s, sab�a que el 13 era el tranv�a indicado; lo �nico que no sab�a era en qu� direcci�n. �Tal vez cante Netrebko esta noche�, pens�. Nunca la hab�a visto en persona, s�lo por Film & Arts, pero era su favorita absoluta �una mujer joven y hermosa que canta y act�a como un �ngel sensual.

El tranv�a 13 era viejo y destartalado, un solo vag�n, una lata que hac�a chisporrotear el cable a�reo con su vara enhiesta. Hab�a un solo pasajero m�s �la mujer americana que hab�a preguntado c�mo llegar a la �pera. Estaba sentada adelante, del lado derecho; Johnson estaba atr�s, del lado izquierdo, as� que pod�a observarla. Llevaba puesto un enorme sombrero de ala ancha con flores que parec�an crecer all� mismo, como las de Ofelia. El Schaffner, un viejo de uniforme negro y un poco grande, con charreteras en los hombros y una placa color herrumbre en el pecho, se dirigi� hacia ella. Levant� la tapa de una caja que llevaba colgada al cuello y le pregunt� en alem�n ad�nde iba. Ella contestar�a, en ingl�s, que a la �pera, y si el guarda la entend�a, le vender�a un boleto, y Johnson entonces sabr�a que estaba yendo en la direcci�n correcta. Aguz� los o�dos, listo para traducir si era necesario. Pero ella respondi�: �Zum Opernplatz, bitte �en perfecto alem�n. �Jawohl, gn�diges Fra�lein �le contest� el guarda. (��Cu�nta formalidad!�, pens� Johnson. �Y �c�mo sabe que es Fra�lein y no Frau?�) El Schaffner�se humedeci� el pulgar con la lengua, cort� un boleto de su rollo, lo marc�, se lo entreg� y dijo: �Zwanzig Pfennig, bitte. �Ella abri� el monedero, sac� dos monedas y se las pas�:�Bitte. Danke.

El viejo sigui� hacia atr�s entre las filas vac�as, mirando los asientos a cada lado como si acaso hubiera pasajeros escondi�ndose agachados en el suelo. Lleg� a donde estaba Johnson y le pregunt� ad�nde iba. �Zum Opernplatz, bitte. El guarda abri� su caja y dijo:�Vierzig Pfennig.

Johnson lo miró con sorpresa: ��Cuarenta pfennigs? �dijo en alem�n�, pero a la se�ora le cobr� s�lo veinte. �El guarda lo mir� por sobre los anteojos y le dijo en ingl�s: �Eso no le incumbe.�Forty pfennigs, take it or leaf it �y se rio complacido por la expresi�n coloquial que hab�a usado. Johnson abri� la billetera pensando que, despu�s de todo, era rid�culamente barato. Lo que vio adentro lo dej� azorado: �S�lo tengo pesos argentinos �dijo levantando la billetera abierta para que el hombre mirara. �Cien pesos �dijo el Schaffner en espa�ol. Johnson iba a protestar que cien pesos era un precio exorbitante para un viaje en ese tranv�a de mala muerte, pero entonces se dio cuenta de que no ten�a idea de cu�l era la cotizaci�n del momento, as� que, exhalando un suspiro, le pas� un billete de cien pesos y recibi� a cambio un boleto de veinte pfennigs.

El tranv�a sigui� traqueteando pesadamente de un lado al otro con un balanceo que, al poco tiempo, puso a dormir a Johnson. Cuando se despert� minutos m�s tarde y mir� por la ventanilla, no se ve�an las luces de la ciudad, s�lo el resplandor intermitente de algunas casas aisladas a lo lejos, y el suelo estaba cubierto de nieve. �Es que s�lo hab�an pasado unos pocos minutos? Mir� su reloj, las 8 de la noche, s� s�lo unos pocos minutos, pero si no llegaban enseguida se perder�a el primer acto. Estaba por llamar al Schaffner y preguntarle cu�nto faltaba para llegar, cuando chirriaron los frenos y se empezaron a ver m�s luces afuera a medida que el tranv�a se iba deteniendo. Y enseguida la estaci�n �el cartel sobre el edificio de madera dec�a en letras g�ticas:�O p e r n p l a t z. La mujer se puso de pie, baj� su bolso del portaequipaje y se dirigi� a la puerta de salida. Johnson tambi�n se levant� y se golpe� la cabeza contra el portaequipaje. Ella se dio vuelta a mirarlo, le sonri� y le dijo: �Do svidanya. �Era Anna Netrebko! �Qu� suerte! �Qu� karma! Sin ella no pod�an empezar. Se apresur� a seguirla y vio c�mo la ayudaba a bajar un� �un cowboy!, que la tom� del brazo y la condujo al interior de la estaci�n. Johnson mir� a su alrededor. Era el lejano oeste. Europa jam�s hab�a sido as�.

El cowboy volvi� a salir de la desvencijada estaci�n y se recost� contra un poste. ��Ad�nde va, compa�ero? � le pregunt� a Johnson en voz baja, con un dejo de amenaza. Johnson no pod�a creer lo que ve�a: el hombre era Marlon Brando.

Marlon Brando

��Y usted, qu� hace aqu�? �exclam� Johnson. Brando dio una larga pitada a su cigarrillo, le sopl� un anillo de humo a la cara y dijo: �Eso es lo que te estoy preguntando yo, pelotudo.

Bueno, eh…yo voy a la ópera, dijo Johnson nervioso, a ver a …es decir, a escuchar a Anna Netrebko, quiero decir a ver…a ver y a escuchar.

¿Tenés la entrada?

No, todavía no, pero voy a comprar una. ¿Me podría decir donde queda el teatro?

�Frente a tus narices, Dagwood �dijo Brando con una sonrisa burlona, se�al�ndole la destartalada estaci�n con un movimiento de cejas. Johnson sinti�, desde adentro, el rumor disonante de los instrumentos al ser afinados: el chirriar de las cuerdas, el lamento de los vientos y el palpitar de la percusi�n.


�No me llamo Dag� �comenz� a decir Johnson, pero lo pens� mejor, es posible que justo a tiempo, y se corrigi�: � Bueno, eh� �d�nde est� la boleter�a?

�Frente a tus ojos.

Johnson miró para todos lados y después de nuevo a Brando: ¿Usted?

Sí. ¿Algún problema?

�No, no, claro que no. �Cu�nto es?

-Cien euros.

Johnson se llev� la mano a la billetera, pero Brando, de un manotazo, sac� su pistola, la hizo girar sobre el �ndice y le apunt� al pecho diciendo: �No te vayas a hacer el vivo.

�S�lo iba a sacar la billetera, vio, donde tengo el dinero, est� en mi bolsillo.

Brando frunci� el entrecejo; Johnson casi pod�a verle las neuronas sacando chispas: �OK, pero con mucho cuidado.

�Eh� �cu�nto ser�a en pesos argentinos? �dijo Johnson, con un mal presentimiento.

Brando se qued� mir�ndolo asombrado�y luego se ech� a re�r a carcajadas. Se re�a con tantas ganas que solt� el rev�lver y tuvo que sostenerse del poste para no caerse. Parec�a que no pod�a parar. Johnson estuvo tentado de agarrar el arma y dispararle al hijo de puta, pero presinti� una trampa, por lo menos esa fue la excusa que se dio a s� mismo para no hacerlo.

Al final, Marlon se pudo controlar y recogi� su rev�lver: �S�bete al tranv�a, est� por salir.

�Pero el�Schaffner�me acept� los pesos �gimote� Johnson.

�Qu� bien, entonces te los va a aceptar para el viaje de vuelta � gru�� Brando�. Ahora sube o te voy a perforar entre las cejas, sabelotodo.

�No soy ning�n sabelo�

Eso fue todo lo que alcanz� a decir, ya que Marlon Brando, d�ndose por provocado, le abri� un prolijo agujerito entre las dos cejas. Luego recogi� el cuerpo y lo arroj� dentro del tranv�a.

�Ll�vese de aqu� a este boludo,�Herr Schaffner �dijo�. Es todo suyo.

Traca-trac, traca-trac, el tranv�a 13 regres� a Frankfurt, Zurich o Viena, y Johnson nunca lleg� a ver y escuchar a Anna Netrebko cantando Madama Butterfly en japon�s.


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